Leer la Parte 1

Parecía ser un sueño, como esos que te vienen con la fiebre. Una oscuridad profunda me rodeaba. Mi atención iba y venía. Los aromas tenían un doble efecto, golpeaban despabilándome y luego me adormecían en un sopor casi inconsciente. Por momentos sentía que flotaba por un torbellino de emanaciones fétidas y metálicas. A veces calor y a veces un viento helado barría por completo el insano aire. Cuando la conciencia se hacía menos adormecida, sentía como unas garras correosas me sostenían del tronco y las piernas.

El estado onírico se continuó con la sensación de estar recostado en un suelo arenoso y húmedo. Los olores seguían siendo los mismos, solo que se agregaba el aroma de las carnicerías. Los ruidos ya no eran sordos, sino más bien nítidos. Agua goteando, cosas pesadas siendo arrastradas. Y el incómodo roce húmedo de sólidos orgánicos moviéndose.

El pánico empezó a invadirme cuando empecé a distinguir luces, rojas y amarillas. Intenté mover las manos, y las sentí muy pesadas, como cuando se te duermen los músculos. Estaba despierto. Pero ¿Dónde? Me toqué la cara y sentí mi rostro cubierto de una sustancia reseca, como barro. Me limpié los párpados y abrí los ojos.

Fue un instante, antes de volver a desmayarme. Las paredes y el techo estaban recubiertos de materia orgánica, como carne, recorrida por capilares rojos, iluminados por unos globos ovalados de una palma de largo, que colgaban del techo. Irradiaban una luz amarilla. En el centro, descansaban sobre un colchón de la materia de las paredes una docena de criaturas blancas…

No sé cuánto tiempo después desperté en la sala de un Hospital. A medida que mis ojos recuperaban el foco, distinguí un doctor y una enfermera a mi lado. Cuando se percataron que estaba reaccionando, se dijeron unas palabras y la enfermera salió rápido de la habitación. Me volví a desvanecer.

Volví en mí unas horas después y alrededor de la cama había varios doctores y la enfermera. Hablaban entre sí, salvo la mujer que me miraba seria. Intenté mover mis brazos y los noté esposados. Eso me despabiló un poco más.

– ¿Pero, qué…? – susurré. Tenía la boca seca. –Agua.

La enfermera se movió hacia mi lado derecho. Sirvió agua en un vaso y tomé de a pequeños sorbos.

Los doctores me miraban muy serios en silencio mientras uno de ellos tomó un estetoscopio y me escuchaba todo el tórax. Tomó una linterna y chequeó mis ojos.

– ¿Siente Mareos? – negué con la cabeza.

– Me siento aturdido. Y muy cansado, como engripado.

Todos se miraron, susurraron algunas palabras y salieron de la habitación.

Al otro día con la enfermera, entraron dos personas. Un doctor, y un militar. Luego de estudiarme el militar me dijo:

– Me han dicho que se está recuperando bien. ¿Puede contestar algunas preguntas?

No hablé, solo moví los brazos haciendo ruido con las esposas.

– Ya le explicaré enseguida las esposas. Por ahora necesito hacerles algunas preguntas.

Asentí.

– ¿Qué es lo último que recuerda?

Mientras se me secaba la boca y el aturdimiento se aumentaba, relaté como pude el encuentro con aquellas cosas. Omití el sueño, digo, pesadilla.

– ¿O sea que los vió? – preguntó el militar.- Al ser blanco y sus alimañas.

Asentí. Una sensación de terror empezó a crecer.

– Extraterrestres…-susurré. Los tres sonrieron.

– No, no lo son. Son bien de la tierra. Los han llamado Erks. Sabemos también que tienen su casa, o cubil, o nidal, o lo que sea, metido bien en la precordillera. La vez que salió el tema se definieron como una raza de súcubos.

Los tres estaban muy serios, hicieron un silencio para ver mi reacción, y al ver que no emitía palabras siguió hablando.

– Ellos nos informaron que lo habían dejado en el puesto de la quebrada. Por eso mismo es que lo esposamos.

– ¿Los otros que iban conmigo? Un grupo de policías…

– Son del grupo de tareas. No los hemos vuelto a contactar. Ni a sus familias. Pero viniendo de ellos, preferimos no investigar. Y el caso va a quedar cerrado. Los Erks nos comunicaron que pronto van a desaparecer. Están por conseguir lo que buscan.

– ¿Pero que ganan permitiendo esas matanzas? ¡Ese ser es abominable! – mi voz salió ronca y cortada.

– No mucho, pero lo suficiente. No han avanzado sobre la ciudad, nos mantienen libre de subversivos el pedemonte y la precordillera. Y nosotros les liberamos la zona. Una cosa nos llama la atención: usted es el único que ha despertado, de todos los que han devuelto. Por eso las esposas.

La enfermera, muy seria me inyecto algo y empecé a irme. Antes de dormirme pronuncié la palabra súcubo.

Desperté y la misma enfermera me miraba sonriente.

Acercó su cara a mi oreja derecha y escuché aquella voz entre sorda y graznido. Y sopló sobre mi rostro.

Sentí como un fuego salir de mi bajo vientre. Surgió un deseo profundo de poseerla sexualmente y la mente se me nubló. Desabrochó la bata que tenía, y dejó ver un cuerpo blanco como el del ser de la masacre. Sin mamas y el torso cruzado por musculatura anormal. Me bajó el pantalón piyama que tenía mientras yo hacía fuerza para soltarme y la miraba sacado y furioso. Mis ojos se fijaron en la tremenda erección que tenía. Nunca, hasta hoy fue como en ese entonces. Ella se sentó a horcajadas y se lo introdujo todo en una especie de vagina. Su piel exterior era fría, pero adentro no era tibio, sino caliente.

Yo seguía tratando de zafarme para agarrarla y ella se mecía. Arriba y abajo. Empujaba con mi pelvis pero chocaba con una coraza dura y fría en sus piernas. Su vientre empezó a ondular. Hizo su cabeza hacia atrás y empezó a graznar. A la vez que llegó mi orgasmo con espasmos terribles que bombeaban el semen hacia el interior de ella.

Duró bastante. Más que nunca. Cada contracción de la próstata fue haciéndose dolorosa acompañada de relámpagos de placer. Se bajó y empecé a desvanecerme. Se me acercó a la oreja y pronunció, con el sordo resoplido que entendí a la perfección:

– Ahora eres parte del Erk…

Compartí, no seas paco