Kiran era un genio como cualquier otro, iba de mano en mano en una lámpara oxidada por el tiempo y al frotarla aparecía él. Suerte de gordo morocho con rasgos indios, incluida una barba prominente, los ojos amarillentos, y una sonrisa pícara de vendedor ambulante. Aunque hablaba todas las lenguas, era bastante escueto de palabra y tenía una especie de prólogo estudiado y preciso que repetía cada vez que un humano fregaba el artefacto:

“Tienes un deseo, piénsalo muy bien al momento de pedirlo porque lo cumpliré tal cuál lo solicites”

Y el placer de Kiran estaba precisamente en eso… cumplir al pié de la letra con lo pedido. Aunque había recorrido el mundo entero de mano en mano (ya que para que el deseo se cumpliese la lámpara debía ser entregada a otra persona), en ningún lugar del planeta disfrutaba tanto como en Argentina. Es que había una pequeña trampa, un chascarrillo, una especie de broma de mal gusto que se daba porque, por lo general, los hombres no lograban ajustarse a la consigna. Entonces pedían, pensando en el fondo y no en las formas, lo deseado de una manera mundana y el genio pícaro cumplía su cometido, respetando por completo el deseo.

Entonces no paraba de reírse del pobre Roberto, que había pedido “quiero que me crezca el pene”, pero no había aclarado hasta cuánto… entonces un enorme falo manaba de su entrepierna de manera constante y ya no había amputación que frenase su crecimiento, como así tampoco mujer que se animase a tocar tamaña monstruosidad. Ni hablar de Federico que pidió “tenerla como un burro” o Andrés que quiso “poder durar mil años garchando” y lleva 37 años sin poder eyacular.

“Quiero tener la guita loca” le había pedido Marcela y sus billetes jamás dejaron de bailarle y zamarrease frenéticos en sus bolsillos y billetera. Ernesto quiso “mucha moneda” y ahora padece el karma de tener que acarrear bolsones pesadísimos de vil metal a diario para ser cambiado por escasos billetes. “Quiero ser rico” pidió Juan y si lo lamés sabe muy bien, pero es pobre y no tiene un puto mango.

También hay muchas personas con deseos cumplidos prácticamente nulos o inútiles, “quiero levantarme a la mina que me guste” le rogó Javi… y en teoría podría alzar cualquier yacimiento esparcido por la faz de la tierra. “Poder viajar donde me pinte” fue el deseo de Raquel y ahora tiene la libertad de pintarse donde ella quiera, debiendo costearse los viajes si así lo desea. Karen le pidió “una banda de rock” y ahora tiene a cuatro drogadictos viviendo en su casa, tomando merca todo el día, rascándose las bolas y haciendo música, pero ella ni siquiera sabe lo que es una guitarra. O Pablo que pidió que “todo me chupe un huevo” y apenas compra un maple las cosas que están a su alrededor se le arriman para succionar alguno de la docena.

Hay algunos que han padecido desastres psicológicos severos, como el caso de Belén que le pidió “no quiero sufrir más”, luego de dos noviazgos paupérrimos. Y ahí anda por la vida, como una caja vacía a la que nada le escuece el alma. Se le murió la mamá y no sintió nada, la rajaron del laburo y no sintió nada, se golpeó el dedo chiquito contra la pata de la cama y no sintió nada, atropelló a una gatita con crías, matando a todos los animalitos cuyas vísceras quedaron esparcidas por toda la calle España y no sintió nada. Ni siquiera llora viendo “El oso”. Ramiro pidió “olvidarme de mi pasado”, por una serie de sucesos trágicos vividos en su infancia, los cuales no especificó, así que anda como un pez por la vida viviendo el día a día y olvidando al instante lo acontecido, como en un alzhéimer constante y patético. “Me gustaría recuperar el amor de Estela” fue el deseo de Patricio y ahora no sabe cómo sacársela de encima, le tiene las bolas al plato la mina.

Y con algunos otros se ha ensañado y la están padeciendo fulero, los más fabuleros que han pedido alguna especie de súper poder, “quiero cagar a piñas a quién yo quiera” fue el deseo de Lucas y ahora puede expulsar infinitos ananás como misiles contra sus enemigos. “Quiero volar” pidió Sofía y ahora no puede aterrizar ni para hacer pis. “Mi deseo es ser invisible” sentenció Agusto y nadie sabe dónde está desde esa vez.

Y así se pasa los lustros el muy pillo, haciendo padecer a pobre e inocentes humanos que solamente tienen ansias de salir de su cotidianeidad, de conseguir algo de arriba, de trampear, de sortear los sinsabores del esfuerzo. Yo pedí “ser un escritor muy leído” y acá estoy… sin una puta idea sobre qué escribir, con la certeza de que algún día mucha gente me va a leer… algo, no se qué.

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