– Buenas noches, usted debe ser Tulio – Dijo apoyándose en la barra.

– Sí, el mismo – El anciano lo miraba un poco sorprendido, atónito por el atrevimiento de aquel hombre, mientras secaba habitualmente la barra del clásico café Isaac Estrella.

– He oído mucho de usted, y de este lugar. Historias que supieron ser compañía y palmada en las noches más largas que tuve en mi vida. Le contaré mi historia, pero primero quiero pedirle una copa de un vino, una en particular, que es probable no encuentre en las repisas a su espalda, sino más bien en el depósito. Botella con una forma particular, color caramelo fuerte y una etiqueta que comienza con un tinte azul y pasa gradualmente al borravino, letras plateadas que brillan con la luz. Imponente y artística, aunque tímida en la oscuridad.

Don Tulio, quien aún continuaba un tanto sorprendido por la manera en que se había presentado aquel muchacho, sonrió y guardando el trapo, su fiel compañero de charlas y meditaciones, se dignó con su avanzada edad a ir al viejo y húmedo subsuelo, estuvo a punto de pedir a uno de los mozos más jóvenes que lo hiciera, pero la curiosidad le ganó la pulseada.

Recorriendo el depósito con un lejano olor a humedad, por momento se podía oír el movimiento de alguna silla en el piso superior, o la charla de los transeúntes que pasaban por la calle.

El viejo con la paciencia que la edad le otorgaba revolvió las cajas del depósito, las movía de aquí para allá, lenta y cuidadosamente.

De pronto vio en una vieja repisa de vinos una botella muy particular que llamó su atención casi de inmediato, con una forma extraña y de etiqueta llamativa, parecía tener destellos plateados cuando la luz daba en ella.

Se acercó y el corazón comenzó a latirle más rápido ¿Cómo sabía aquel joven de esa botella en el depósito? Se acercó y la tomó, el polvo cubría la botella, y una mezcla de ansiedad y nervios habitaban al longevo hombre.

Al sujetarla notó que era más liviana que una botella convencional, y en su interior no contenía ningún exquisito jugo fermentado, sino más bien un papel enrollado. Quitó la tapa allí mismo, con la experiencia de haber descorchado mil botellas antes, aunque esta vez, algo era distinto.

 

Comenzó a leer aquel añejo papel con olor a vino en roble, y recitaba algo así:

Esto es un testamento, o mejor aún, es quizás un conjunto de palabras que en líneas formen párrafos, y que si ellos se dignan a conjugar, sean mi desahogo, sean quizás y solo quizá, la última vez que escriba en tu nombre.

En silencio te amé, es posible que nunca lo comprendas, ahora que lavo tus camisas, en especial la a rayas que es tu preferida, tiene el perfume de alguien más lo sé. Con paciencia intento quitar las marcas que ese alguien dejó, y casi como negándomelo me doy cuenta de que no importa cuántas veces pueda sumergirla en el agua, nunca comprenderás mi manera de quererte. Me duelen ya los ojos de mirarte y que no me entiendas o que yo no te haya entendido, tanto así que son las lágrimas quienes calman ese dolor, dolor que cala hondo y quema arrasando con todo mi ser. Porque aunque no te lo diga, yo sé a dónde vas en esas largas noches en que el trabajo o tus amigos son la excusa.

Te lo di todo, y ese es quizás mi mayor orgullo, que no me guardé nada para mí, ni siquiera el recuerdo de lo que solía ser, me alegra habértelo dado, aún hoy puedo afirmar que eres un hombre único, y si tuviera que volver a elegirte, aún vaticinando el final, lo haría sin dudarlo.

Solo me arrepentiré de una cosa al salir por la puerta que ahora veo detrás de una cortina de lágrimas, complementando, el olor a café que vuelve la escena aún más nostálgica y dolorosa, las nubes tapando el sol y mi corazón partiéndose en mil pedazos; lamentaré tristemente no haberte dicho suficientes veces cuanto te amo y cuanto seguiré haciéndolo, no por siempre, o al menos no de esta manera, porque extrañaré tus ojos color café, tu barba abrazando mi rostro cuando me besabas y tus manos dibujando mi silueta en las noches en que totalmente desnuda te amé.

Cuando leas esto habrás encontrado la botella de vino que vimos aquella noche en una vinería, por el centro de Madrid en nuestra luna de miel, esa botella tan particular, color caramelo fuerte y una etiqueta que comienza con un tinte azul y pasa gradualmente al borravino, letras plateadas que brillan con la luz, imponente y artística, aunque tímida en la oscuridad, esa botella que descorchamos a la vela de un farol bajo el que nos juramos amor eterno; para entonces ya me habré ido muy lejos, o al menos mi existencia lo habrá hecho, porque me será imposible separarme de ti, es que no sabes cuánto te amo, y este amor que llevaré como estandarte a las próximas batallas, porque lo tengo cosido a mi alma y aferrado a mi pecho. Olvídame por favor, no quiero ser tu triste recuerdo, el que no supo amarte en tiempo y forma, es que nunca entendí que si te amaba debía decirlo a tu oído, cantarlo en tu ventana, dibujarlo en tu cuerpo y guardarlo en tu alma.

Te amo y te amaré Quique, eres el recuerdo que acariciaré en mis noches de soledad y el que recordaré al ver el atardecer, quizás eso fue nuestro amor, un constante y eterno atardecer.

Mariela.

El viejo Tulio se quedó un momento sentado sobre un cajón que rechinaba con cada movimiento, casi como el alma de Mariela. Tomó la botella, la carta y recuperando la compostura volvió al café, al llegar a la barra el misterioso hombre ya no estaba allí, uno de los mozos se acercó y le dijo:

– Don Tulio, el hombre que estaba acá le dejó esto – Pasándole como a escondidas de la luz una servilleta.

Al abrirla, encontró que había escrito algo en ella, aún sin entender bien la situación leyó el papel que decía:

Debía irme a trabajar, esto que ha leído, es parte de mi historia, historia que le contaré por completo, pero no hoy, no se preocupe, cuando menos lo espere, volveré. Quique.

NDR: podes leer la historia de Quique y Mariela haciendo click acá: Tierna y dulce historia de amor.

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