Era una hermosa noche de agosto, se avecinaba la primavera y la ruta se encontraba impasible y tranquila, no había ningún auto alrededor. Lucas estaba solo en camino y eso le agradaba, aprendió a estar solo, a disfrutar el sonido de la soledad. Después de abandonar el Cañón del Atuel, un destino turístico al sur de Mendoza, tomó su celular y realizó una llamada que venia pensando hacer desde hace ya un tiempo. Siete años para ser exactos.

– Hola, se ha comunicado al 911 ¿Cuál es su emergencia? – preguntó Soledad, una oficial nueva y dulce, con muy poca experiencia.

– Eso por ahora puede esperar – respondió la voz del otro lado de la línea. Soledad pensó que seguramente se trataba de un estúpido haciendo un chiste.

– Señor esta es una línea para urgencias, si no tiene ninguna, corte, porque una persona que en verdad la necesita podría intentar comunicarse y por su culpa no recibiría la ayuda a tiempo.

– No oficial, disculpe. No me crea un bromista – la oficial le pidió a un compañero que oyera la charla y rastreará al sujeto – Le explicó, el motivo de mi llamado es porque necesito desahogarme.

– Si quiere desahogarse vaya a un psicólogo y no me haga perder más tiempo – El compañero empezó a rastrear la llamada mientras ahogaba su risa.

– No me entiende oficial, yo soy un suicida o mejor dicho, estoy por suicidarme – a Soledad se le encresparon los bellos de la nuca, y un escalofrío recorrió su espalda. “¿Sera cierto o era un mal chiste?” pensó. No sé arriesgaría, decidió seguir con la charla y averiguar mas, después de todo ella sabia que tenia cierta percepción para darse cuenta cuando le mentían.

– ¿Porque se quiere suicidar? – preguntó con escepticismo.

– A eso quiero llegar, pero primero le quiero contar todo desde el principio. Y para eso necesito saber cómo se llama.

– Soledad, Oficial Soledad Gutiérrez.

– Mucho gusto, es la última persona que voy a conocer, al menos por teléfono, creo que quiero ser educado. Eso me enseñó mi madre… a ser educado. Mi nombre es Lucas Morales.

– ¿Podría decirme donde se encuentra?

– Si, creo que al menos le debo eso. Estoy en la ruta que va desde San Rafael a Las Catitas ¿La conoce? Quería conocer el Cañón del Atuel antes de hacer esto.

– Si señor la conozco – el otro oficial le dijo susurrando que era verdad donde se encontraba Lucas. “Podía ser cierto” pensó. ¿Porque le diría su ubicación exacta, si era una broma? Comprendió muy en el fondo de su mente que era cierto, se trataba de un tipo que buscaba suicidarse. Se puso muy nerviosa, su corazón se aceleró y se le ruborizó la cara, además de que un sarpullido empezó a brotar en la parte baja de su espalda. El compañero le hizo gestos para que lo mantuviera en línea hasta que un patrullero lo interceptara. Por desgracia todos estaban ocupados. Se demorarían cerca de 40 o 50 minutos en encontrarlo si seguía el trayecto en el que detectaron en la llamada. Y para ese entonces ya estaría en la Ruta 7 – Le voy a pedir que no me corte señor – murmuró Soledad mientras intentaba calmarse.

– No lo voy a hacer señorita, no se preocupe. ¿Le molestaría que le cuente lo que me pasó? Siento que estoy perdiendo el tiempo y quisiera contarle todo antes de que me mate.

La oficial suspiro levemente, Lucas no lo detecto, ella no quería escuchar lo que el suicida tenia para contarle, al desviar la vista su compañero, este prácticamente le ordenó con la mirada que si oyera lo que Lucas tenía que decir. Al menos hasta que un móvil policial lo interceptara.

– Está bien señor, cuénteme. No hay problema.

– ¿Me podrías decir Lucas? No quiero tanto formalismo con la última persona con la que voy a hablar.

– Si señor, perdón digo Lucas – “este tipo es un pelotudo o un loco en busca de atención” pensó la oficial.

– Gracias Soledad, te voy a contar el peor momento de mi vida, todo comenzó un 25 de agosto del 2009, mi madre era una señora fuerte y decidida, se llamaba María, empezó a sufrir muchísimos dolores en los pechos. Lo que es normal para una mujer de 48 años. Se hizo una serie de estudios, ecografías, mamografías, etc. Y la ginecóloga pudo detectar un nódulo cancerígeno en la mama izquierda.

Yo la acompañé ese día al médico. Recuerdo la expresión de la especialista, estaba muy asustada y acongojada. Nos decía que todo estaba bien, que parecía benigno, pero que por seguridad no había que dejarlo estar. Era necesario una biopsia a cielo abierto.

– ¿Se refiere a una operación menor en la mama?- preguntó Soledad tapándose el rostro.

– Si la cirugía es simple, meten una aguja hasta donde se encuentra el nódulo, sacan un pequeño fragmento y lo analizan. Bueno continuando, el estudio del pecho no tardó demasiado, para el 29 de agosto el resultado estaba listo. Volvimos a la ginecóloga y lo mandó directamente al cirujano. Recuerdo que ese día al salir pasó la primer cosa de la cual me arrepiento.

Mi madre estaba blanca como un papel, yo tenía 18 años recién cumplidos, era un niño que creía que la muerte no existía, era algo lejano que nunca llegaría. Podría decirse que me sentía hasta inmortal. ¿Pero que chico de esa edad no se siente así? Creemos que la muerte es algo muy lejano y sin sentido, que quizás llegara en otra vida, pero no en esta.

Mamá se sentó en una baranda que hay en la esquina del sanatorio Argentina, estaba inexpresiva, con un aire ausente que reflejaba el pánico en su mirada. Esa es la verdadera expresión del miedo, porque ella sabía lo que iba a pasar y era inevitable.

– ¿Y ahora Lucas, que hacemos? – me preguntó como si yo supiese la respuesta. Ni en ese momento ni en mil años hubiese sabido cómo proceder.

– Seguir yendo a los médicos mamá, es simple. Para eso estudiaron.

– ¿Pero a quien voy?

– Hay dos especialistas en mama en San Martín. Está el doctor Franquis y el doctor Horacio Muerdas.

– No sé cuál elegir.

– Y mamá, yo te diría que el doctor Muerdas, te operó hace un año del fibroma y todo salió bien, aparte el otro atiende muchísima gente. Vas a estar un mes o mas esperando par que te de un turno.

– Si, tienes razón.

Fuimos hasta el consultorio del doctor Muerdas, el tipo es un hombre petizo, gordo, canoso, de muy mal aspecto, hasta parecía un borracho. Me dio una mala impresión esa vez, no era como lo recordaba, pero el año anterior operó a mi mamá y todo salió bien. “¿Qué puede pasar?” Me dije a mi mismo. El tipo miró los estudios, hablo muy altanero… “Señora” su voz era muy áspera, como si tuviera arena en la garganta “esto es sencillo, en dos horas está todo listo. Usted tranquila que está en las mejores manos”. El hombre al sonreír dejó ver unos descuidados dientes amarillos y percibí un leve olor a vino. Nunca supe si mi mamá también se dio cuenta de eso. Lo ignoro.

Al salir del lugar, mi madre estaba más tranquila, más serena. Creo que el doctor le dio un poco de seguridad. Pero todavía tenía el miedo.

Realizamos todos los estudios y el 2 de septiembre del 2009, mi vieja estaba lista para la cirugía adentro del quirófano.

– ¿Falleció durante la cirugía? – interrumpió la oficial.

– No, pero tal vez eso hubiese sido mejor.

La cirugía salió aparentemente bien, el cirujano estaba orgulloso de su trabajo y se jactaban en ser el mejor de toda la zona este, incluso de Mendoza. Pasó un día internada, recuerdo que un miércoles mi papá la trajo de vuelta. Yo limpie toda la casa, de punta a punta con mi hermano. Quedó impecable, llego mi mamá, muy dolorida y la recostamos en la cama. La cuidábamos como a una reina. Compartíamos cada momento como si fuese el último. Pero de apoco, los tres empezamos a detectar un olor un poco rancio en su habitación, por general ella tenia un rico perfume a orquídeas en su cuarto, pero se veía opacado por un hedor hediondo y nauseabundo. A los 14 días de la cirugía, mi papá la llevo al cirujano para ver qué pasaba. El tipo la revisó, según él estaba todo bien, solo que tardaba un poco más en curarse.

Volvieron a la casa. Mi papá y mi hermano tuvieron que volver a sus trabajos, yo en esa época iba a la secundaria y como sabían mi problema, ningún profesor se opuso a que faltara y a que después rindiese los exámenes.

Todo iba empeorando, el olor era más nauseabundo, no se podía soportar, era como abrir un ataúd. Descomponía el solo hecho de estar con ella. Un día, al mes que la operaron, mi mamá se fue al cirujano sola conmigo, a pesar de todo ya se podía mover y teníamos los resultados de la biopsia nodular.

El doctor Muerdas la vio, sonrió y nos dijo – El nódulo era de 3mm de alto por 7 de ancho, con gran capacidad quística, representando un 0,5 mm de carne buena. Vio señora – sonriéndose a mi mamá – el cirujano fue tan bueno que no hizo falta sacarle toda la mamá cómo recomendó la ginecóloga.

– ¿La doctora dijo eso? – preguntó mi mama asustada, con los ojos tan abiertos como si hubiese visto un fantasma.

– Si, no se enoje con ella. Usted tenía un tumor, no muy agresivo pero lo tenía. Y yo se lo saqué dejando solo 0,5mm de carne buena, salvando su mama. ¿No le parece que soy el mejor de todos? – Mi mamá tomo aire para responder, pero yo la interrumpí

– ¿Por qué se le pone morada la mama entonces?

– Nene – me dijo de mal modo, enojado, como un niño que habla fuera de lugar en una charla de adultos – es normal… le saqué un pedazo de teta – Desvió su atención a mi mamá. – Perdón señora. Le saqué un pedazo de carne, es normal que en algunos casos se machuque, y hasta haga mal olor. Usted confié en mi, hace 40 años que hago esto, y usted no tiene 20 años, tiene casi 50, le va a costar un poco más curarse.

La respuesta convenció a mi mamá, pero a mí no. El tipo me hacia dudar mucho. Y esa noche se iba a confirmar realmente lo que pensaba.

Mi mamá se fue a acostar temprano, no se sentía muy bien, estaba con mareos y náuseas. Cerca de las dos de la mañana mi padre la tuvo que llevar de urgencia a la clínica, no respondía, se estaba muriendo.

– ¿Muriendo? – preguntó Soledad atónita, cada vez metiéndose más en la historia y compadeciéndose de Lucas.

– Si, por suerte llegó rápido y el doctor apareció solo unos minutos después que mi papa. Esa noche mi mamá sobrevivió solo por el hecho de que tenía muchas ganas de vivir.

– ¿Qué pasó después?

Mamá le tenía miedo a todo, a estar sola, a la oscuridad, hasta a quedarse dormida. Ella tenía la impresión de que cuando se durmiera dejaría de respirar. Todo el proceso fue un calvario. No soportó más ir a la clínica y ver a ese viejo hijo de puta. Entonces cambiamos de cirujano. Cuando el doctor Franquis la examinó, se tomaba la cabeza, no podía creer lo que veía. Lo llamo a mi papá para que viniese solo y habló con él. Hace un año me confesó lo que le dijo esa tarde nublada y fría para ser un día de mediados de octubre. El doctor le comentó que mi mamá estuvo a punto de morir, que el pecho era una mezcla entre un tumor y pus. Nunca vio nada tan malo en toda su carrera profesional.

Mi padre llegó serio e inexpresivo a casa y decidió comenzar con acciones legales contra el doctor Muerdas. Lo único que querían mis viejos era que el tipo no operase más a nadie. Apenas comenzó el juicio, el abogado investigó un poco al médico, tenía cinco muertes por mala praxis y seguía operando, la justicia Argentina es increíble. De haber sabido esto nunca le hubiese dicho que se atendiese con ese viejo asesino.

El compañero de Soledad le informó que la señal de teléfono se detuvo en un punto fijo, ella frunció el ceño y le preguntó con una voz ahogada y angustiada.

– ¿Estas bien Lucas?

Continuará…

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