Las revoluciones se producen en los callejones sin salida.
Bertolt Brecht

Estupefacto lo miré al mumo. Ni por asomo el piedrazo que le propiné en la cabeza era para matarlo. La única lesión que él tenía era la mordida que le hice en la mano, las huellas de mis dientes se veían perfectamente en su carne escamosa, de serpiente.

Ella mágica, sin dejar de mirar al cadáver, se acercó. Tomó la vara con la que el mumo nos daba las palizas y comenzó a golpearlo enloquecida, mientras que el resto comenzó a patear el cuerpo inerte.

Luego, ávidos de sangre, fueron en busca de los restantes mumos que trabajaban en la granja. Eran cinco, entre hembras y machos, quienes operaban las máquinas.

No se lo esperaban, nunca se imaginaron que ocurriría eso. Incrédulos los vieron entrar y sintieron la muerte en forma de escupitajos, convulsionaron cuando la baba tocaba su piel y cayeron al piso para fenecer en un par de segundos.

Fue una masacre, y me dio gusto presenciarla.

Luego de la algarabía de la sangre, en el descanso por las muertes causadas, traté de dilucidar cual fue la causa de la muerte del mumo.

La idea estalló en mi cabeza… inverosímil… imposible, pero era la única respuesta: el contacto con mi saliva. Esa era la explicación.

El concepto de que el ser humano es un virus se me presentó claro y potente.

Nos apropiamos del lugar y lo saqueamos, después profanamos sus cuerpos haciéndoles toda clase de humillaciones.

De alguna manera me proclamaron el líder, Ella mágica me miró con orgullo. Me entregaron la única arma del sitio, después de un rato de investigarla pude dilucidar su funcionamiento (era una vara metálica, que al presionarla en su parte más gruesa despedía por el otro lado un haz verde, que destruía lo que tocase).

Todos esperaban una respuesta, la ira asesina había desaparecido para dejar lugar a una inquietud angustiante: ¿qué haríamos ahora?… Sin dudas, después de lo que hicimos, nuestra muerte era segura, y no creo que fuese una rápida e indolora.

Lo pensé por unos instantes y decidí que lo mejor era ocultarnos en las lejanas montañas que se veían al poniente de los dos soles verdes. En ese lugar sobreviviríamos de la mejor manera posible.

Eramos quince humanos que conformábamos un grupo de diversas razas y nacionalidades, nos entendíamos entre nosotros con una jeringoza digna de Babel.

Caminamos sin descanso durante días por la planicie de color violeta, desfalleciendo a cada paso, consumiendo el poco líquido que llevábamos para hidratarnos, hasta que no quedó ni una gota.

No quedaba más opción que seguir adelante y morir en el intento. Sería peor que nos capturasen.

Avanzábamos a duras penas hacía ningún lugar; luego de un tiempo, de los quince que iniciamos la huida sólo quedábamos diez.

Nuestro destino se veía cada vez más lejos.

Las noches eran serenas, con tres lunas tornasoladas en su cielo azul y una epidemia de constelaciones tan brillantes, casi como el mismo día.

Ella mágica no podía dar un paso más, hacía tiempo que había perdido el calzado y sus pies eran una llaga. Los que quedábamos nos tiramos a descansar, usando unas rocas como resguardo. Entonces una luz se vio en el horizonte, a cada instante crecía su intensidad a la vez que se manifestaba un zumbido que ya conocíamos: era un transporte de los mumos.

Se detuvo cerca de nuestro escondite, a hurtadillas pude observar que llevaba un cargamento de personas hacinadas, sedientas y debilitadas, como ganado al matadero.

Los dos mumos hablaban en su lenguaje gutural, uno de ellos pateó una mano que sobresalía del transporte. Apunté con el arma que me había apropiado y disparé.

Un haz verde cruzó la noche y le dio en el pecho a un mumo, haciéndolo explotar; el restante, desconcertado, miró cómo Ella mágica y los otros se le arrojaban encima y lo llenaban de saliva.

Liberamos a los del transporte, serían una treintena. Nos miraban como si fuésemos sus salvadores, en especial a mi, creo que por portar el arma. Al ver que Ella mágica y los otros me tenían como su jefe los recién liberados hicieron lo propio y esperaron mis ordenes.

Les hablé en un ingles primitivo y todos siguieron mis mandatos, prestos y sin chistar.

Buscamos provisiones y más armas. Seguimos viaje hacía las montañas que, extrañamente, parecían estar más cerca.

No encontramos nada en nuestro camino, parecía ser que esa parte del planeta mumo era deshabitada, alejada de todo rastro de civilización. Cuando estábamos llegando a nuestro destino ocurrió algo inesperado. Nos encontramos con otra granja.

Desde la distancia podíamos ver que era un lugar mucho más grande que el del cual nos habíamos fugado. A través de las vallas metálicas se podían ver a seres humanos haciendo trabajos esclavizantes, constantemente azuzados como bestias por los mumos.

Sentía la mirada del resto en mi nuca, sabía que esperaban mi decisión.

Libramos una corta batalla contra los sorprendidos mumos, que cayeron muertos bajo la mirada atónita de los humanos prisioneros.

Con los nuevos liberados eramos una centena de fugados. Yo seguía siendo el que daba las órdenes.

Al fin llegamos a las montañas violetas y nos instalamos en un pequeño valle escondido a resguardo de las actividades de los mumos. Me llamó la atención que éstos últimos no saliesen en nuestra búsqueda, lo que no sabía era que las autoridades del planeta mumo habían tomado el asunto como una peste que estaba por salirse de control.

Con el tiempo prosperamos y construimos una pequeña aldea, teníamos una vida casi sin sobresaltos ni problemas; no nos faltaba ni techo ni comida; teníamos una sociedad regida por una especie de democracia, en la cual yo tenía la última palabra.

Pero no todo estaba concluido. Queríamos venganza, por la Tierra, por nuestros muertos, por nuestras vidas truncadas. Y empezamos a idearla.

Queríamos ser fantasmas en sus pesadillas.

Somos un virus.

Nacemos para destruir todo lo que nos rodea, nuestro hábitat: la tierra, el agua, la luz, la vegetación… Nos introducimos cómo parásitos y ya dentro asolamos sin razón y sin remedio, sin moral y sin tapujos.

Somos un virus, y los mumos sufrirían nuestra infección. Nos armaríamos sólo con nuestra saliva y tomaríamos revancha.

Compartí, no seas paco