Esto que les voy a contar sucedió en pleno centro de Rivadavia, el lugar lo conocen todos… no hace falta que de detalles.

Anabel vivía con los padres y sus hermanos. Venían de la central y necesitaban alquilar algo barato y cómodo para que ella y la hermana terminaran la secundaria en el centro y no en el campo donde vivían.

Encontraron una casa para alquilar bastante cómoda, antigua, a muy bajo costo. La inmobiliaria pedía mínimos requisitos y no necesitaban mes de depósito. Ellos no desconfiaron para nada y la alquilaron.

Vivían bien y en armonía hasta que empezaron a pasar cosas raras en la casa. Una noche se había quedado a dormir Cristina, una prima de Anabel. Habían estado jugando y riendo toda la noche hasta que se fueron a dormir. En un momento a Cristina la despertó un un soplido frío en la cara. Se levantó y de la puerta que daba al pasillo le arrojaron un peluche. Peluche que ellas habían estado tirándose toda la noche antes de dormir… alguien quería seguir jugando. La chica entró en pánico y fue atacada por una crisis nerviosa, que devino en un llanto incontrolable. Esa misma noche se fue de la casa, no pudo quedarse a dormir del miedo.

El tiempo pasó y no notaron nada mas. Una noche, las misma chicas, estaban viendo una película de terror en la cocina, cuando de repente la mamá de la dueña de casa les tiró un vaso metálico asustándolas. Casi se mueren del susto, pero se rieron y se fueron a dormir. Eran cerca de las 3 de la mañana cuando las despertó un tumulto en la cocina… los tres vasos metálicos que habían quedado en la mesa se cayeron. No había nada abierto. Era invierno. No podía ser el viento. Sin dudas algo las estaba llamando… quería usar sus mismos códigos.

Se dirigieron temblorosas hacia la cocina, entonces vieron algo bajo la mesa. Era un bulto negro. No tenían perros ni gatos. Sentían un ruido horrible y estremecedor que provenía del bulto negro. La mamá de Anabel empezó a rezar en voz alta el Padre Nuestro… entonces vibró la habitación y cayó al suelo un crucifijo que tenia en la pared, partiéndose en varios pedazos.

Cristina volvió a irse esa noche de la casa de su Anabel, pero esta vez ambas se fueron juntas.

Empezaron a pasar mas cosas. Se cortaba la luz a la hora de la cena sin razón aparente. Los equipos de música fallaban después de las 22 hs. Se escuchaban risas, y lamentos… entonces decidieron buscar ayuda espiritual.

El párroco de la iglesia no quiso ir. Él ya sabia lo que pasaba ahí y sólo les aconsejó que se fueran. Intentaron irse a otra casa pero no podían. Siempre algo pasaba. La casa los tenía presos.

Los eventos se acumularon y decidieron llamar a una medium que vivía en el mirador. Se fijó una hora y un día y la mujer llegó.

Cuando abrieron la puerta la mujer estaba pálida. No contestaba los saludos ni nada. Entró directamente a la casa y fue a la pieza de Anabel. Se descompuso y pidió un vaso de agua. Luego de hacer un par de oraciones y estar en silencio por un largo tiempo, les preguntó como habían llegado ahí y porqué aún no se iban. Les dijo que la casa había pertenecido a un matrimonio mayor que aparentemente fueron brujos ambos y que aún estaban en la casa… y no pretendían irse, tampoco “jugar”, como la familia suponía. Esto era mucho más oscuro.

Les dijo que ambos fallecieron en la habitación de Anable, pero que no se habían ido en paz. Les aconsejó que como era gente mayor, procuraran hablar bajo luego de las 21.30 de cada día y que no pusieran la musica fuerte. Tal y como vivieran con gente grande. Sergio, el hermano de Anabel no lo aceptó. Hechó a la medium de la casa y le dijo que no volviera. Al irse la mujer vaticinó que tuviera cuidado, que no sabia lo que hacia, no podía faltarle el respeto a dos brujos anclados a un espacio terrenal.

El tiempo pasó y el chico hizo todo lo posible por “irritar” a los espíritus que ahí vivían. Los insultaba. Ponía la musica fuerte. Los provocaba y se reía de ellos. Para ese entonces, Anabel estaba embarazada de su primer hijo. Una noche, Sergio salió a bailar con sus amigos. Habían ido al mítico Nonquén.

De madrugada sonó el teléfono de la casa… eran las 6.30 am. Llamaba la policía. El chico había tenido un accidente a la vuelta del boliche. Subiendo por el puente se le había cruzado un perro negro, por esquivarlo, se dieron vuelta y él salió despedido del auto. Tuvo tanta mala suerte que su cuerpo impactó contra un árbol, partiendo su cráneo por la fuerza del choque. Sergio murió en el acto y sus amigos quedaron con heridas leves. Una vez pasado el entierro, a las semanas, sus amigos fueron a saludar a la mamá del fallecido. Lo que le contaron fue espantoso. Le dijeron que Sergio no había tomado nada en toda la noche y que había llegado a buscarlos bastante pálido y desencajado. Como siguió así, decidieron irse cuando amaneció. Subiendo por el puente, los tres vieron dos bultos negros que se cruzaron en forma zig zag por delante del auto. Provocando el choque. No había sido ningún perro como suponía la policía.

El tiempo siguió pasando, mi amiga tuvo a su hijo y el niño creció. Cuando empezó a hablar, lo cual fue recién a los tres años, lo primero que dijo fue “tío”. Al tiempo, le contó a su mamá, que el tío se sentaba a tocar el piano en la sala. Pero que siempre estaba triste y sucio, con sangre. Habían pasado tres años del accidente. Él nunca conoció a su tío. Tampoco vio fotos porque a Anabel y a su abuela le hacían mal y las habían guardado.

Es el día de hoy que ese niño tiene serios problemas de comunicación y Anabel y su madre aun están con depresión. Ella pudo irse de su casa, pero donde va, no va sola… algo la acompaña.

Escrito por Pau Martinez para la sección:

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