– No, discúlpeme no soporté esa parte de relato y me puse a llorar a la orilla del camino.

– Es una estupidez lo que estás haciendo, tenés familia, gente que te quiere. Bajate del auto y quédate ahí. Si querés mando una ambulancia.

– No hace falta ya me calmé, ya me siento mejor – era mentira, nunca había llorado tanto. Se sintió tan mal que comparó ese dolor con el que sintió el día que su madre dejó este mundo. Creyó llorar más que en el velorio de su mamá, y eso lo hizo sentir peor.

Logró disimular bastante bien el llanto mientras conducía de vuelta a la ruta y entre lágrimas y sollozos mudos continuó su historia.

– Después de iniciar el juicio, vino una nueva cirugía y con ella otra biopsia, el cirujano removió toda la mama llegando a raspar hasta las costillas para eliminar cualquier rastro de cáncer. Se hicieron dos informes para ser analizados, uno en San Martín de Mendoza y otro en Córdoba, en un laboratorio de alta complejidad.

A solo 15 días de la cirugía, el resultado de la biopsia que se hizo en Mendoza llegó y mi mamá fue derivada directamente a un oncólogo llamado Ignacio Vargas, un gran profesional. Sin embargo ningún médico podía evitar lo que había acabado de comenzar. Una muerte lenta y dolorosa. Con quimioterapias y experimentación, era un tumor muy extraño el que mataba a mi mamá, se lo llamaba un sarcoma de mama, un tumor muy agresivo con un alto poder metástasis.

La pobre soportaba cinco quimioterapias a la semana, para luego descansar solo 21 días. El oncólogo nos mencionó a mí y a mi familia que ese era el tratamiento más intenso que había probado. Sin embargo, no nos daba garantía de nada, el tumor era muy agresivo y dañino, nunca se había enfrentado a semejante enfermedad. No perdimos las esperanzas e hicimos todo lo posible, no bajamos los brazos. Pero con el pasar de los meses todo empeoraba, de a poco la vida de mi mamá se iba marchitando, se apagaba como un vela, en el lento palpitar de una noche de tormenta.

Empezamos el juicio y el tratamiento con muchísima moral y esperanza, después de 6 meses las quimioterapias por fin se terminaron, y todo parecía haber mejorado. Los resultados de la segunda biopsia, la de Córdoba, llegaron. Parece increíble, pero con el tratamiento de por medio y con todas las cosas que pasaban nos olvidamos completamente de ese estudio. El día que llegó, mi mamá y yo nos encontrábamos solos. Me hice el enfermero personal de mi mamá, recuerdo que era un día caluroso de abril, a pesar de que estábamos en el otoño, leímos juntos el diagnóstico. El laboratorista afirmaba que nunca en 30 años de profesión vio un tumor así, sólo una vez vio uno relativamente similar y el hombre que lo tuvo falleció en solo 3 días.

Mi mamá se puso pálida, paso de pesar 65 kilos a unos tristes 45, su cuerpo era sólo unos hilos, movidos por la inercia de querer seguir viviendo. Creo que eso la mantuvo viva tanto tiempo, de lo contrario hubiera muerto antes. Y ahí cometí mi segundo error, del cual me arrepiento más que del primero. Le permití que tirará el estudio a la basura. Ese informe estaba más detallado. Hasta el día de hoy creo que si ese estudio hubiese llegado a manos del oncólogo quizás hubiese hecho otro tratamiento diferente, más efectivo y completo.

– ¿Te quieres suicidar por eso? – dijo la oficial sintiendo mucha amargura, pues sin quererlo se había puesto en el lugar de Lucas.

– No, pasó otra cosa, algo que sospecho no me creerás, sin embargo quiero sacármelo del pecho antes de irme – La voz de Lucas expresaba melancolía – Mas o menos por junio, el cáncer volvió con mucha más intensidad, pequeños tumores se diseminaron por la cabeza de mi madre, su brazo, su vagina, espalda, etc. Su cuerpo tenia alrededor de 50 tumores. Comenzamos a mentirle, como si ella no supiera la verdad, o fuese boluda. Le dijimos que era una alergia, un tipo de urticaria, etc. Nos creía lo que le decíamos, o mejor dicho nos quería creer.

Volvimos al oncólogo, mismo tratamiento, más se marchitaba mi mamá. De a poco se volvía una imagen más débil y esquelética. La muerte se mostraba distante, pero segura. Perdimos la pulseada y no había nada que pudiéramos hacer.

Llegó agosto, el mes de mi cumpleaños, siempre que ese mes llegaba, yo me emocionaba. Un palpito se regocijaba en mi corazón, pero esta vez no. Solo sentía un vacío y una impotencia imposibles de llenar, las ganas de desaparecer y nunca haber nacido. ¿Sabes algo Sol? uno ve que los problemas que tiene diariamente son avasallantes y abrumadores, piensas que es el fin del mundo, que todo se termina y no es así. Cualquier persona que a tenido una perdida grande, como yo a mi edad, sabe de lo que hablo. El saber que tu papá o mamá no te verá terminar la secundaria, la facultad, no conocerá tu primer novia, no te celará, no alzará a tu hijo, no discutirá por llegar tarde, no te esperará el primer día que vuelves del trabajo orgullosa porque su hijo está dejando el nido y aunque la nostalgia envuelve su corazón, está contenta, porque sabe que crío a un hombre de bien, que algún día será un padre de familia, será devoto a su esposa y a sus hijos, todo eso… no sucederá.

La oficial sollozo del otro lado de la línea, se sintió un poco egoísta en si misma, siempre se quejó por trivialidades, nunca enfrento algo como lo que le acaban de contar.

– ¿Estas bien? – le preguntó Lucas..

– Si, Lucas. Solo me emocioné un poco. Podrías seguir por favor.

– El 17 de agosto tenía un mal presentimiento, algo malo iba a pasar, no la muerte en si, pero algo muy parecido. ¿Crees en el subconsciente como algo que piensa por sí solo? Sí no lo sabes yo tengo la respuesta, si me tildas de loco, no importa, no me queda mucho. Esta es la parte de la historia que me lleva a optar por el suicidio, mi tercer error. Ese lunes era feriado, los cuatro estábamos en el fondo de la casa tomando mates como todos los sábados, en esa época éramos muy unidos y nos amábamos mucho. Cómo a las 17 mi mamá se fue al baño, yo la seguí de atrás. Tomé mi celular y lo puse a grabar. Esperé a que saliera y cuando salió le pregunté “¿Vos me queres a mi?”, “Yo te amo con todo mi corazón”. Esas son palabras que se grabaron a fuego en mi memoria y en mi alma. Espero nunca olvidarlas, porque es el único recuerdo nítido que tengo de la voz de mi mamá. “Pero si eso es lo que él quiere, yo lo entiendo”, me dijo.

Los dos nos abrazamos fuertemente y yo sentí como su respiración cálida mojaba mi hombro al igual que sus lágrimas, se movió hacia atrás, se limpió la cara y me embozó una sonrisa de mamá, esa que dice todo va a estar bien, y su perfume a orquídeas se impregnó en mi ropa.

Me metí al baño y escuché por primera vez lo que sería el tesoro más grande de mi vida, la voz de mi mamá grabada una y otra vez… hasta que dejé de llorar en la taza del inodoro. El día transcurrió muy rápidamente, a las doce de la noche ocurrió el hecho mas grave de la enfermedad de mi vieja. Vi desesperado que ella se había caído en el baño. Todos estaban acostados, mi mamá sufría de insomnio y yo me quedaba con ella todas las noches hasta que se dormía. Llamó mi atención que no saliera del baño y tuve otra vez ese mal presentimiento, solo que esta vez era mucho más fuerte.

La tomé en mis brazos y la levanté, grité “¡Papa, papá, papá!”, mi papá se levantó como un rayo de la cama, me la quitó de los brazos y la llevó corriendo a la cama. Llamamos a la ambulancia, la llevamos rápidamente a un sanatorio. Yo me quedé solo con mi hermano en casa, sufrí un ataque de nervios, esa imagen hasta el día de hoy me hace temblar y me causa pesadillas. Verla tumbada en el suelo, mi primera impresión era que ella estaba muerta. Quizás eso hubiese sido mejor. Allí comenzó mi problema de adicción.

– ¿Te drogas?

– Si, pero no con drogas ilegales, comencé a ingerir ansiolíticos, no lograba dormirme después de lo que pasó. ¿Quien podría? Me tome tres pastillas y caí rendido 12 horas, no recuerdo haber soñado nada, al otro día fui al sanatorio, al verme entrar en la sala mi mamá comenzó a llorar. Yo la abracé y lloré junto con ella en la cama como un bebé que tuvo una pesadilla. Me quedé ahí todo el día. La cuidábamos por turnos, yo mi papá, mi hermano y otros familiares. Lo que la llevó a esa condición fue un ACV, un pequeño fragmento de tumor reventó una vena en su cerebro y dañó toda la corteza cerebral, perdió la capacidad del habla y toda la movilidad del lado derecho. La vela se estaba apagando lentamente, y ya no podíamos hacer nada.

-¿Falleció en el sanatorio?

– No, todavía quedaba por pasar lo peor de todo. Uno de los peores recuerdos que alberga mi memoria, fue mi cumpleaños numero 19, lo pasé sentado al lado de ella en la cama con un reloj nuevo que eligió para mí antes del ACV, fue el peor cumpleaños de mi vida, y el último que pase con mi mamá. Después de una semana de internación el oncólogo vino a visitarnos y a despedirse de mi mama, fue la ultima vez que la vio. Nos advirtió que nos hiciéramos la idea que todo estaba por terminar, la vida de mi mamá pendía de un hilo y nos dio la opción de internar a mi mamá en mi casa.

Mi papa aceptó la idea y la trasladamos a casa junto con una cama de hospital, la instalamos y mi papa volvió al trabajo, al igual que mi hermano, no pudieron seguir pidiendo permiso. Sin embargo les daban uno o dos días a la semana, esos días yo iba a la escuela e intentaba ponerme al corriente.

Mi adicción empeoró, tomaba dos o tres pastillas al día y con eso lograba dormir dos o tres horas. Mi cuerpo estaba sobre estresado, no comía, no dormía y en solo dos semanas perdí diez kilos. Parecía un espantapájaros humano.

El dolor de mi mamá aumentaba, gritaba por horas hasta que lograba dormirse. El doctor Vargas nos consiguió morfina, debíamos administrar solo 3 mm por día, más de una dosis podía significar la muerte. Por eso, solo colocamos una dosis en la mañana y las otras eran placebos. Ella creía que porque le poníamos morfina en la inyección, pero solo era suero estéril, se aliviaba y se dormía. Es increíble como trabaja el cerebro humano.

Un día yo había tomado 5 ansiolíticos, más que nunca, me sentía adormecido, quizás estaba al borde de una intoxicación. Mi mamá comenzó a quejarse, saqué un poco de líquido estéril y se lo inyecte, a los 5 minutos se durmió. Yo la acariciaba, cuando de repente la pieza se puso oscura, apenas podía ver en lo que había a mi alrededor. El sol seguía afuera en lo más alto, y una voz irrumpió en el costado de la cama.

– ¿No sería mejor que me dirías morfina?

– No, eso la mataría – la voz era extrañamente familiar.

– De eso se trata.

– ¿Quién sos?

– Es algo un poco difícil de explicar…

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