Lo que no se puede decir no se debe decir. ¡Ya está dicho!

Pamela se ha emperifollado hasta la planta de los pies. Tac-tac, tac-tac, taconeo que va por Gran Vía. Es que la pobre va muy nerviosa, más bien enfadada; ni ella sabe. Y ese vagabundo de la esquina, ¡mal ladrillo le caiga! Casi me tropiezo con él, en toda la esquina se pone. Pamela se ha perdido, piensa que se ha pasado una calle, pero después piensa que quizá le quedan dos más. Es que, claro, yo no voy mucho por aquí, anda que va a ser más específico con las direcciones. Resopla para que los que pasan a su derredor la escuchen. ¡Qué mira ese con esa cara de tonto! Saca el móvil para ver el GPS.

– Señorita, ¿necesita ayuda? -un hombre, el de la cara de tonto, que a nadie importa.

– No.

– Ah… -el hombre está acostumbrado. La verdad sea dicha, el hombre tiene cara de tonto; él eso no lo ve, no se suele mirar al espejo para valorarse.

Se siente un poco mal por hablar seca como las pasas, pero se le pasa pronto; es muy olvidadiza, sólo para lo que le tiene culpa y gozo, la desgracia la tiene bien fresca siempre y habla muy a menudo de ella. Nada, que no me contesta; si ya lo veo, que me va a dejar plantada como los pinos, no como los del parque, sino como los de los hoyos.

– ¡Quién fuera patito de goma para flotar en tu bañera! -este hombre no es grotesco, es esperpéntico, es decir, asqueroso. Apesta.

– Em… Tt… -Pamela está a punto de soltar una barbaridad española, pero se calla, porque lo que no se puede decir no se debe decir.

Pamela va incómoda; lleva encima lo que reserva para bodas. A ella le gusta el deporte, corre todas las mañanas por Retiro, va al gimnasio cuando puede; le gusta ir ancha y cómoda. Pero, es que ese hombre la había citado en un café francés muy exquisito, un café restaurante, es decir; pues eso, que tiene que ir arreglada aunque no le guste. Ya ni siquiera sé si me gusta ese hombre, tan estirado que va, que parece que se ha tragado un palo. No hay hombres buenos en el mundo; o los hay tontos, o creídos.

Pamela no se da cuenta de sus falacias: falsos dilemas, generalizaciones, apelaciones emocionales; como dice Calderón, “a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse”. Vaya, tonta de mí, que también estaba dicho, casarse mal y pronto; ¿quién me iba a decir que me vería otra vez conociendo a gente? Qué mala es la soltería y la soledad. Es que no se escucha, hoy en día, no se escucha; después pasa lo que pasa. No, el autor piensa que sí se escucha, pero no se hace caso; sólo hay obediencia para lo que uno quiere hacer, pero no hay razonamiento crítico para convencerse de la verdad. Al final mi madre, pobrecita, tenía la razón.

Efectivamente, se había pasado una calle, pero por fin ha encontrado el local. Nada, que no le veo, que no le veo, y no contesta, no contesta. Pamela lo ha pensado con voz de niño llorón; después se da cuenta de que llega cinco minutos temprano y se calma un poco, sólo un poco.

– Hola, una mesa para dos, por favor. Ahora llega mi compañero.

– Por supuesto -un camarero muy guapo.

El camarero, mientras acompaña a Pamela a su mesa, piensa que el drama ya se huele, pero se calla, porque lo que no se puede decir no se debe decir.

– ¿Le pongo algo de beber mientras espera?

– Sí… Eh…-Pamela no sabe qué querer de beber, porque no quiere nada, pero algo habrá que querer.

– ¿Un coctel suave mientras espera?

Pamela piensa que se comería al camarero de aperitivo. Ya fueras tú mi cita, hijo de… Pamela no termina de pensar lo que piensa, ni lo dice, porque lo que no se puede decir no se debe decir.

– Sí, de acuerdo.

Pamela, el alcohol, no lo utiliza ni para desinfectar. Se bebe el coctel y ya se siente diferente. ¿Y este, dónde está? Ya llega cinco minutos tarde. Por ahí hay una parejita con anillos, Pamela se ofende al verlos, pero no dice nada, porque lo que no se puede decir no se debe decir. ¡Dónde está este gili…!

– ¿Le pongo algo más? -el camarero.

Pamela lo mira, le desea, quiere prensarle la cabeza entre las palmas de las manos y comérselo con patatas.

– Sí, un antidepresivo… Es broma. ¿algún aperitivo sano, algún vino que le vaya bien?

El camarero se ríe por compromiso.

– Sí, tengo… -empieza a listar cosas.

– No, no, no tengo ganas de pensar. Tráeme lo que más te guste a ti, no importa el precio.

El camarero siente presión. A mi me pagan por servir, no para estas cosas. El autor piensa que el camarero debería pensar menos en el dinero y más en su servicio. Hay que pensar un poco en los demás, aunque sea un poquito.

Es que soy tonta, si ya sabía yo que ese no iba a venir, pero es que no aprendo. ¡Ya estaba dicho! “Es hacer burla del daño adelantarse al consejo”. Y el camarero, madre mía, el camarero, cada vez que se acerca, madre mía, estoy perdida. Pamela piensa que el camarero le dirá algo; también piensa que algún buen hombre se le acercará como en las películas a solventar su soledad. Pamela no se adelanta al consejo, sufre todos los daños.

– ¿Le traigo la cuenta?

Y tu número, por favor. Le dice que sí, pero lo del numero no, porque ya está dicho, lo que no se puede decir no se debe decir.

El camarero viene con la cuenta; Pamela paga y le da una propina. Intenta mantener la dignidad, Pamela, intenta mantener la dignidad, no llores, sé fuerte, no llores. Estando a punto de salir por la puerta, alguien le agarra del hombro y la interrumpe. Es el camarero. ¡Ay! El camarero.

– Que se te olvidaba el móvil.

Del desengaño Pamela saca una sonrisa.

– ¿Te gustaría… hacer algo un día, o más tarde?

El camarero está muy cortado. Se ríe un poquito.

– La verdad… Ahora mismo…

– Sí, vale, ya, no pasa nada.

Pamela sale, da cuatro pasos y ya se le empiezan a caer las lágrimas. Claro, es que a la pobre le ha pasado de todo últimamente. El divorcio, un timo con las compañías telefónicas, malentendidos con su jefe, otros tantos con su madre y su hermano, le ha empezado a doler la rodilla… En fin. Llega a casa dando tumbos, tiene el maquillaje haciendo ríos, mejor dicho, ramblas de lágrimas secas. Está cansada de este mundo de orden desigual. ¡Que os den a todos! ¡Estoy ya cansada de todo! ¡Dejadme tranquila ya, con la mi… ya! Es que no, es que no hay remedio, de verdad, ¡ay, mísera de mí, ay infelice! ¡Dejando a una parte, cielos, el delito de nacer, ¿Qué más os pude ofender, para castigarme más?!

Pamela quiere llamar a su madre o a su amiga, mejor, quiere quejarse. Pero no lo hace, porque ya está dicho, lo que no se puede decir no se debe decir. Es que Pamela aún no ha aprendido la lección, cosa difícil de decir, pero que se puede decir: que el mundo es injusto, eso no tiene duda, es verdad, no va a cambiar; y sí, la vida es injusta, ya lo sabemos, y no hay más que uno pueda hacer que aguantar, porque lo que no se puede decir no se debe decir; en otras palabras, hay que dejar de quejarse. La queja no va a cambiar nada.

Compartí, no seas paco