El postreformismo

El Postreformismo … el hombre, es amigo de los extremos. El hombre se queja, todo es culpa del gobierno o todo es culpa de la gandulez. Este es don Pedro:

Lo que hace falta, y de veras, es que resucite el vorticismo inglés y se instale en España. Don Pedro venía pensando en todo lo que iba a discutir con su amiga. Don Pedro siempre imagina los guiones de sus futuras conversaciones. Es un sensacionalista, o eso dicen algunos que ni se han molestado en investigar lo que es el sensacionalismo. Tenía que caer una guerra, ya verían esos jovenzuelos, esos nini, ya se darían cuenta de lo que vale un peine, ¡digo! Don Pedro es así, piensa que, por las circunstancias en las que nació, nunca fue joven. Es que, claro, con el gobierno que tenemos hoy en día, tan permisivo, tan amigo de la psicología, ahí andan los críos, maltratando a los padres, y los padres maltratando a los profesores, ¡el mundo al revés! Don Pedro dejó de pensar, así, de repente; es que ha visto una petaca en un escaparate. Sí, pues parece buena, ¿eso es plata? Y eso parece cuero; sí, sí, parece buena, y no se me va del presupuesto. A Don Pedro le gusta llevar una petaca encima, siempre, por si le cierran el bar, que eso sería una buena desgracia. Don Pedro, mirándolo así, a su manera, no piensa que bebe demasiado; sus conocidos, los que le llaman sensacionalista, piensan que sí, que se pasa de la raya. ¿Quién sabe? La cosa es que siempre lleva la petaca, y calderilla, para que no le falte ni haya sequía.

***

-¡Pero bueno! ¡Sinveggüenza, iho e p…!

Doña Marta ha pillado un enfado de los buenos. El autobús le ha cerrado la puerta en las mismísimas narices y se ha ido dejándola atrás, como los perros hacen con sus despojos. Doña Marta es la amiga de don Pedro, tiene una verruga muy notable encima del labio superior (eso es lo más característico, lo demás no importa), y le va a tocar andar; a doña Marta no le vendría mal andar un poco. ¡Todo esto es culpa del gobierno! Claro, es que hacen lo que les da la gana; como el transporte está subvencionado por la Junta, ahí van los enchufados, el amigo de Periquillo el de los Palotes de chofer, el otro de diseñando las rutas, y el otro rascándose el trasero sin más que hacer que limpiarse la roña de las uñas. Doña Marta va quejándose calle abajo. Es una mujer que explica las cosas con lo más asqueroso que se le ocurre; como la gente le ríe, pues ella sigue hablando groserías, tan contenta. ¡Ay, cuándo se lo diga a don Pedro! Ese es capaz de llamar y liarles la de San Quintín. Un vagabundo estira el brazo cuando la ve pasar; tiene un cenicero con calderilla en la mano.

-Una ayudita, preciosa, que mira que buen tiempo hace hoy.

-¡Oy! ¡Quite, hombre! ¡Gandú!

***

Don Pedro salió de la tienda con su nueva petaca. Esta la estreno yo con un buen ron, o un buen whiskey, aunque un buen vodka o tequila… No, no, el ron es más dulzón, aunque el azúcar… Don Pedro va muy entretenido pensando en qué echarle a la petaca, para él es un verdadero dilema. Es que, hombre, una petaca nueva y tan buena no se puede mancillar con cualquier cosa; al pan, pan, al vino, vino. Bajaba por la misma calle; el mismito vagabundo de antes vuelve a ofrecer el cenicero.

-Hombre, una ayudita, que mire como están los tiempos y el solecico que hace.

-Puf -don Pedro se palpa los bolsillos del pantalón y la chaqueta-, eh que no llevo un céntimo.

-Si lleva usted el cambio en la mano…

Don Pedro se ha quedado sin excusas.

-Ay, sí. Eh verdad, eh verdad.

Don Pedro le echa un euro y se echa a andar.

¡Digo! Se siente uno obligado a dar y regalar, como si le lloviera el dinero a uno, como a esta gente, que le llueven los euros, sin hacer más que sentarse en el suelo a llorar; después, van a sus casas, se quitan ese maquillaje, y a dormir a pierna suelta. Caminando en estos pensamientos, una cosica redonda en el suelo le destella un ojo; es una moneda de un euro, algo vieja, pero lo mismo vale. ¡Fíjate! Ahora podía haber tenido dos en vez de uno; en fin, ganado lo perdido. El agacharse para recoger la moneda le ha supuesto un esfuerzo, así que iba jadeando una miqueta, pero lo disimula bien. Oye, ¿y si le echo coñac? Ay, es que el ron…

***

-¿Qué pasa, Pedrico?

-Pueh ya ve uhté, Marta, tirando.

Pedrito y Marta ya estaban en su bar de mala muerte, el bar es cutre pero barato; conversan de lo que nosotros hemos estado leyendo. A doña Marta le gusta la petaca y piensa que debería poner un poco de pisco, pero don Pedro no ha probado nunca esa cosa; al final le dice que se deje de tonterías y le eche ron que, a fin de cuentas, es lo que don Pedro quería escuchar. Don Pedro le dice a Marta que el conductor del autobús es un sinvergüenza y un impresentable, sacó el móvil y se puso a hablar con mucho nervio.

-¿Cuál eh el numero de la empresa, eh? Leh voy a llamá y leh voy a poné yo rectoh. ¿Cuá eh el número?

-Da igual, Pedrito, si no vamoh a conseguí ná. ¿No veh que lo paga la Hunta?

-En fin… Ehtamoh buenoh.

***

Don Jaime ya se ha cansado de mendigar, ahora quiere darse un paseo, que para eso vive en la calle. Don Jaime, como habremos imaginado, es el vagabundo de antes. Este hombre no piensa mucho, se dedica a recordar cosas: de cuando era pequeño, de cuando tenía novia, de cuando iba al colegio. Don Jaime no tiene opinión sobre la sociedad ni de la gente, porque el no se siente parte de la sociedad ni de la gente. Ahora mismo, don Jaime se acuerda de su amigo Jerónimo y su madre; la madre de don Jaime decía que Jerónimo era una mala influencia, y sí que lo era; don Jaime, como es normal a esa edad, decía que su madre era una exagerada. En fin, las drogas, ya sabe el lector, que le sacan los cuartos a uno y lo dejan mendigando en la calle, igualito que don Jaime. El hombre ya no se puede permitir las drogas, pero esa no es una desgracia. Don Jaime se cansa de andar y se pone a mirar un escaparate de muebles; últimamente, siempre se para frente a ese escaparate. Qué agustito se debe estar en ese sofá rojo, sentadito como un rey, comiendo uvas y almendras. Don Jaime piensa que su madre debe tener un sofá rojo, pero hace años que no la ve ni sabe de ella y no la va a visitar sólo para preguntarle si tiene un sofá rojo.

-¡Eh! -la dueña de la tienda le dio unos golpecitos al cristal.

Don Jaime se aparta del escaparate. ¡Ni mirar me dejan!

-¡Eh, venga, venga! -la mujer ha salido a la calle- ¡Que le estoy llamando, venga aquí, señor!

Don Jaime está confundido, pero se acerca a la mujer por si le cae un sándwich o algo.

-Pase usted y siéntese, que ahora vuelvo. ¿Cómo se llama?

-Jaime, señorita.

Don Jaime no sabía las intenciones de esa mujer, pero, como no hay nada que perder, pues entró. ¿Vale la vida tanto como para perderse un sándwich? Él piensa que no.

Se sentó en el sofá rojo. Así es, este sofá es muy cómodo; yo me lo compraba y me lo ponía en la calle, ahí sentadito me pongo a mendigar y a dormir por la noche, con unas manticas de franela que me comprara… Pero la lluvia, no sé yo la lluvia, algo me inventaría. Don Jaime estaba ennortado, pero eso no es una palabra; estaba absorto en el sofá. Para él, el mundo podría estar entre los extremos de ese sofá, ahí podría pasar toda la vida. Escuchó a la dueña bajar por unas escaleras.

-Mira, arriba te he preparado una ducha, espuma de afeitar y una cuchilla. Aséese, y ahora le digo a mi hijo que le traiga algo de comer. Ah, también te he dejado ropica, para que se cambie y vaya limpio. ¿No le parece? -la dueña es una mujer de barrio acostumbrada a tratar a todos con mucha cercanía; el usted y el tuteo no los distingue muy bien.

Don Jaime no dice nada, pero hace como le mandan. Hacía mucho tiempo que nadie le mandaba hacer nada.

-¡Niño!

-¡Qué!

-Sal y cómprale algo a don Jaime de qué comer. ¡Y no me reniegues, eh, bacalao, que te conozco! Cómprate algo tú también, anda, y así vas más contento.

El hijo era un niño rellenito, no gordo, pero rellenito. Pensaba que su madre le hablaba con mucha riña, pero también pensaba que ese era el deber de las madres, hablar con riña y voz rota. Baja por las escaleras pisando huevos, muy a propósito de lentitud, con mucho estruendo, haciendo temblar lo que podía, refunfuñando, pero contento. Se va a comprar un Kinder Bueno, o un Kit Kat, o un Bollycao. ¡Hostia! O una palmerita de chocolate en la panadería, o un croissant, o una empanada de atún con huevo. ¿Un helado? No hace tanto frío. Estos son los dilemas del crío. ¿Y qué le compro al vagabundo? Lo primero que vea.

-Vale… Dame dinero.

El niño ve al hombre, le hace un gesto con la cabeza y le saluda con un hola. Hay un poquito de tensión, pero es una tensión llevadera, una tensión acostumbrada.

En fin, don Jaime sube por las escaleras y se encuentra con dos puertas.

-¡El baño está, conforme subes, en la puerta de la izquierda! ¡Encienda el extractor, que se va a morir usted de calor ahí arriba! ¡Mejor entra en la habitación a la derecha para secarse y cambiarte! -la dueña grita desde abajo, está un poco indecisa sobre que es lo mejor.

En la puerta de la derecha había una sala de estar con una tele y un escritorio. Ahí pasa las horas el niño, haciendo la tarea y quitándose el aburrimiento.

La dueña se llama Soledad, y su hijo se llama Marianito. Doña Soledad, como está cansada de la vida, quiere darle la vida a los demás. Marianito piensa que es raro lo que hace su madre, pero como no le hace mal a nadie, pues se calla porque es buen niño. Doña Soledad gana bien; el barrio entero le compra muebles y, como hace ventas por internet, pues también vende aquí y allá, en los extremos de España. Marianito, más o menos, le lleva las ventas online; recibe una paguilla con la que se compraba algún que otro videojuego. Doña Soledad es una mujer moderna y se las apaña bien. Además, nunca tuvo que pagar hipoteca, que la casa donde vive era herencia, que era hija única, y la tiene para ella, su hijo único y, en otros tiempos, su marido, que ahora está esparcido por el mar Mediterráneo.

Don Jaime se mira al espejo y no se reconoció*. Es joven, ahora que lo piensa. ¡Dios mío, que soy yo! No puede creer que bajo esas barbas y esa roña de suciedad yazciera ese jovenzuelo que él fue un día, o que es aún. Es que don Jaime no llega a los cuarenta. El hombre se quedó ahí arriba, frente al espejo empañado que desempañaba una y otra vez con la toalla rosa. En ese momento, el mundo entero estaba en el espejo, en su imagen olvidada. No sabía si bajar o quedarse ahí arriba para siempre; todo le parecía bien. El sofá rojo y este espejo, eso es todo lo que necesito. Al final, como había de ser, bajó.

-¡Oy! Pero mire usted que guapo está, no me lo creo. ¡Pero ese pelo! Ay, no. Tome, coma -Soledad hablaba con un tono infantil.

Doña Soledad le da un plato de paella que su hijo compró en la tienda de la esquina. Por alguna razón, en España, todas las tiendas son “la tienda de la esquina”. Doña Soledad se entretenía viendo como don Jaime come. La verdad es que da gusto ver a don Jaime comer, sentado en el sofá rojo; el hombrecito come despacio, porque, viéndose joven y guapo, ya parece que se va introduciendo en la sociedad. Marianito se come una palmerita de chocolate; tenía los dedos embarrados en chocolate derretido y se los chupa para no desperdiciar ni un céntimo de lo comprado.

-Cuando termines de comer, le voy a dar dinero para que vaya a la peluquería y se de un corte. ¡Y que le peinen al final, eh! Que esos de la peluquería siempre te quieren echar a la calle sin peinarte. Mi hijo te va a acompañar, ¿a que sí? Que esperar solo en la cola es un coñazo. Y cuando vuelva, yo le ofrezco trabajo, que ya me hago mayor, ya ve usted, y mi hijo no puede atender el negocio, porque es un gandul y no llega ni a los dieciséis. Oye, pero sin compromiso, ¿eh?

***

Doña Marta y don Pedro ya han bebido lo suficiente para contentarse y no zigzaguear después por la calle. Hombre, es que hay que guardarse un poquito la dignidad, uno no debe andar así, borracho por la calle. Los amigos discuten algo, que no importa mucho para el transcurso de la historia, pero bueno, es de lo que estaban hablando.

-¡Ehtoh taxihtah! Oiga, pueh que se modernicen.

-Eso digo yo, que se modernicen. Si Uber entra a Ehpaña, yo me hago conductó de Uber; oye, que en loh ratoh muertoh, pueh uno se saca un dinerillo ehtra.

-Claro, lo que no puede ser eh que anden prohibiendo cosah. Eso no. ¡Qué bajen lah licenciah de loh taxihtah y que se modernicen!

¡Boooom! En la calle se ha escuchado un golpe que ha callado a todo el bar. La gente dejó de hablar y se acercó a los ventanales a ver qué había pasado. Pues, ¿qué va a pasar? El lector ya se imagina. Doña Marta y don Pedro salen, porque son más curiosos que nadie. Doña Marta y don Pedro se meten a empujones en el círculo que se había formado alrededor del accidente. Doña Marta se lleva la mano a la boca. ¡Dios mío! Don Pedro se lleva la mano a la frente. ¡Uff, madre mía! ¡Ay, Dios mío! ¡Ah! ¡Oh! Pues esto: un coche bollado, un conductor arrepentido, y, en el suelo, un niño y un hombre. Ahora los acentos no importan, ya no hacen gracia, ya todo suena igual.

-Qué pena, de verdad, ay, estas cosas me parten el corazón -dijo doña Marta-. No puedo mirar, no puedo.

-Qué lástima. Fíjate, ahí iba este buen hombre con su hijo, a comprar algún juguete o algo -dice don Pedro.

-¿Estarán vivos?

-Sabe Dios. Es que el gobierno, con esta mala señalización… Al final, pasa lo que pasa.

Don Pedro tiene un ojo de halcón; por ahí se percató del destello de otro redondel, no muy lejos del hombre tumbado en el asfalto. La moneda se le había salido del bolsillo al cadáver, eso se daba a entender. Sabrá Dios qué disimulo se gastaba don Pedro que, de unos fingimientos y unos movimientos, se agachó y recogió el euro sin que alma ni dios viviente lo viera. ¡Hoy voy ganando, aunque podría haber tenido tres!

-¿No te suena la cara del hombre?

-Mira que sí, ¿lo conoceremos?

-Quién sabe… -doña Marta da un suspiro- Quién sabe… Ay, don Pedro, es que… la vida… Es… -¿quién sabe? Se le salta una lagrima, pero se le vuelve a meter, porque empieza a hacer frío.

-Sí, doña Marta, la vida… la vida es…

Los únicos extremos de la vida son la vida y la muerte; dar vida, quitar vida.

Pobre doña Soledad.

Adiós, don Jaime, adiós, Marianito.

* En este movimiento que llamo el Postreformismo, los tiempos verbales se intercalan sin concordancia gramatical. El posreformismo no atiende a presentes, pasados o futuros. El tiempo es uno sólo.

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