La sociedad en la que vivimos es hipócrita, mentirosa, oculta cosas permanentemente. Se hace difícil visualizar con efectividad qué es verdad y qué es mentira. Son dos conceptos que a pesar de ser antónimo, hoy en día, van de la mano paseando por el camino de las relaciones interpersonales. Lo más llamativo, es que todos nosotros somos cómplices. Y, más allá de que soy partícipe de muchas de las mentiras que ves a diario, de igual manera estoy muy indignado.

Mi nombre es Marcelo pero como pretendo ocultar mi identidad, es que me autodenominaré “Castro”. Hace algunos meses comencé a transitar la década de los treinta y ya estoy comenzando a peinar algunas canas hacia atrás. Lamentablemente aún no tengo un título universitario, por razones de fuerza mayor tuve que dejar de asistir a la universidad pública y comencé en un instituto terciario. Más adelante, a medida que vayamos ganando confianza, queridos lectores, seguramente les relataré con más lujo de detalles lo sucedido.

Pero no todas son pálidas. Actualmente tengo un trabajo en la Municipalidad de Las Heras, ganado de una manera honrada, es decir, milité en la Franja Morada varios años para obtenerlo. Al no ser de la provincia hace varios años que vivo solo y he conocido gran parte del Gran Mendoza viviendo en diferentes departamentos. También he tenido el placer de conocer muchas mendocinas a quienes he invitado a compartir momentos en mi depto, y ahí comienza el tema que quiero abordar.

Estoy harto de la mentira.

Estoy harto de que me mientan. Los otros días me levanté a un travesti tremendo, media como 1.85, espalda ancha, codo puntiagudo, nuez de Adán del tamaño de una pelota de tenis. Vamos a mi departamento y a la hora de los bifes resulta que era una mina. ¡Qué hija de puta! Hemos llegado al punto de que las minas se hacen pasar por trabas. Yo no sé si esta chica era nadadora profesional o se alimentó a base de testosterona pero ya ni en ellas puedo confiar.

Las mujeres más que mentir, ocultan información. Prefieren evitar decir tal o cual cosa para evitar una discusión. Ocultan que les escribió el ex, ocultan que el pibito que se están comiendo va a ir a bailar al mismo boliche donde ella saldrá con sus amigas, fingen orgasmos y dicen el famoso “Está todo bien, hacé lo que quieras” y yo realmente no sé qué corno hacer.

Una vez viajé con una ex al sur, íbamos en el avión y de repente algo empezó a fallar. Se fue a pique hacia el suelo, se caían los bolsos de mano, las viejas gritaban, un tipo vomitó y entre tanta confusión mi ex gritaba “¡¡¡Perdonáme, perdonáme!!!” y yo que estaba totalmente cagado encima le gritaba “Te perdono mi amor, te perdono mi amor”… bueno, hasta el día de hoy no sé qué mierda le perdoné. Cuando cortamos me preguntó si estaba llorando, le dije que no, que estaba meando por la córnea.

Paralelamente, me hago cargo, miento. Cuando era chico le dije a mi mamá que tenía dos noticias: una buena y una mala. La buena era que había aprobado todas las materias. La mala, es que era mentira. Ahora, bastante más grande, voy a la psicóloga a quien nunca le digo la verdad. Básicamente, porque no quiero que se preocupe.

Sin embargo, debo admitir que a veces digo la verdad. Cuando estoy con una chica en la cama le digo: “No te preocupes, no te va a doler”. Y efectivamente no le duele. Son los puntos positivos de tenerla chiquita. Y en coherencia con las verdades que alguna vez digo, se me hace muy difícil justificar que sigo soltero o que aún no me recibo. Al principio de la nota les comenté que tuve que pasar de la Universidad pública a la privada, también les dije que les iba a decir por qué había sucedido esto.

Se las voy a hacer corta: compré materias en la Universidad Nacional de Cuyo. A veces es relajante decir verdades aunque no sean propias.

Recuerden, queridos amigos, en definitiva hay mentiras y mentiras, mentiras verdaderas, verdades mentirosas. Cada uno es libre de optar qué camino elegir.

Compartí, no seas paco