Salí de mi casa una mañana bien temprano, para alejarme de la tormenta que de solo mirar el techo se desataba en mi mente. Buscaba prestarle atención a cosas que me distrajeran. Cuidando de no tocar ni la piedra ni la quemadura de la mano derecha, la cual estaba cubierta por una gaza que cambiaba dos o tres veces por día, y una venda que tenía ya un color amarillento, porque aunque era cuidadoso con la higiene, supuraba un suero amarillento.

No sé cuanto deambulé. Ni por donde. Llevaba dinero para moverme y comer y eso me generó la tranquilidad necesaria para bajar la ansiedad, que constituía un disparador de visiones. La cuestión que a la noche estaba en una de las playas ocultas por los barrios sobre el río Mendoza. En cualquier momento alguien vendría a sacarme de aquí, ya que había prendido un fuego para calentarme. Habría previsto muchas cosas, menos el frío que encontraría aquí en la zona de Blanco Encalada.

Miraba hacia el sur. Sentía solo el rumor constante del río. Detrás de mí se alzaba un cañadón de varios metros. Casi cien metros en frente, el otro lado del río también bordeado por una pared de tierra y piedra. Por arriba se veían las luces de la ruta. Y hacia el Este la ciudad brillaba como siempre.

Aquí estaba en paz. No sentía nada que pudiera desencadenar las visiones. Porque después del sueño y el encuentro con la que llamé Eris, debido al caos que desató en mi mente, las cosas empeoraron. Cuando me tocaba la lastimadura de la mano, o cuando cosas como el 238 se me aparecían, se superponían realidades aterrorizantes a la vida cotidiana. Vi criaturas de pesadillas perseguir, subirse, acechar y alimentarse de las personas. Personas que no eran tales, sino seres que se alimentaban de la que tuvieran al lado. Enjambres de “cosas” con muchas alas, patas y ojos construir colmenas en edificios públicos. Arkontes agitar sus diabólicas alas en la cornisa de los edificios. Y entidades que no podría describir con mi reducido vocabulario.

El fuego, era un fuego normal. Amarillo y naranjas royendo las maderas que había juntado. Tenía apenas cuarenta centímetros de altura. Daba el calor justo. Un ocasional crepitar reconfortaba mi corazón.

Un olor dulce, vaya a saber de dónde, tomó mi nariz. Sentí un ruido a un costado. De reojo me percaté de una sombra sentada a un par de metros.

No escuché ni sentí nada más por espacio de varios minutos. Cuando de reojo noté que aquella presencia se trataba de una adolescente, pero ahora estaba parada junto a mí.

La miré sorprendido. Una figura celta. Pelo rojo muy desordenado que le llegaba a la cintura. Ojos blancos transparentes que me miraban serios. Apretaba su boca de forma que sus labios se veían delgados. Lucía una túnica verde esmeralda con decorados célticos dorados.

Aprovechando mi sorpresa, tomó mi mano izquierda. Era fuerte, pero pude resistir el tirón. Aún así alcanzó a ponerla sobre las llamas. Con la otra sostenía una rama con el extremo en la fogata. Logré zafar mi mano, pero aprovechó el movimiento y quemó la parte superior de mi mano sana con la rama. En un acto reflejo me tapé la quemadura. Y se desató el infierno…

Todo a alrededor estaba en llamas. El agua del río fue reemplazada por lava ardiente. Sentía el calor en mi piel haciéndola arder. A la adolescente la reemplazó una gigantesca columna de fuego que se alzaba retorciéndose y se abría en tentáculos cerca de las nubes hacia todos lados. Sobre donde descendiera uno de esos brazos de fuego, el suelo y todo lo que estaba arriba ardía de forma violenta.

Me solté la mano pero nada cambió. Seguía en el infierno. Pero la gigantesca columna de fuego fue reemplaza por una mujer de piel azul y de altura que rivalizaba con los cerros de la pre cordillera. Cuatro brazos, pelo negro. Brillaba con una áurea dorada. Ornamentada con armaduras y armas de oro.

La reconocí de algunos libros. Era la contraparte de la creación. Era la devoradora de mundos. La diosa de la destrucción. Kali.

Dirigió su mirada a donde estaba, se agachó y me tomó en su mano. Su piel era correosa y olía a azufre. Me colocó en su hombro. La distancia era tan grande, que el movimiento hacia esa altura hizo que sintiera un huracán ardiente sobre mi cabeza.

Caminó hacia el norte, en dirección recta al centro del Gran Mendoza. Desde aquí poco se notaban las personas, pero si los incendios y ocasionales estallidos. Desde el cielo bajaban hacia la diosa ríos de fuego proveniente de múltiples direcciones. Más hacia el llano, el suelo no era del todo negro, sino con un leve brillo rojizo. El horizonte brillaba en rojo profundo.

El otro brazo, del lado que me subió, sostenía una cabeza de un hombre que me pareció inquietantemente familiar. Al liberarse de mí, sostuve una lanza de oro. Los brazos del otro lado sostenían una espada y un arco. Todos del mismo dorado material.

Llegamos a la zona del micro centro en no más de seis pasos. Se detuvo unos segundos a contemplar aquella desolación. Levantó la espada, gritó algo en Indi, y su voz sonó gravé, reverberante. La Espada trazó un arco hacia el suelo inclinando su cuerpo. Me sostuve como pude a su hombro. Al tocar el suelo, la hoja desató un tornado de fuego que extendía las llamas en todas direcciones. La onda expansiva me expulsó varios metros hacia arriba.

Caíamos juntos la diosa Kali que menguaba su tamaño. Mientras empezaba a ser presa de las corrientes de aire debidas a la explosión, su carcajada se fue cargando de maldad. También empezaron a aparecer personas jóvenes a nuestro alrededor con rostros sorprendidos.

No golpeamos en el suelo. Fue como una interrupción. En un instante nos acercábamos a la esquina de San Martín y Las Heras a toda velocidad y al instante siguiente estaba parado frente a una adolescente muy alta, de pelo castaño, cara redonda y de piel trigueña que me miraba asustada.

Había muchísimas más. Caminaban hacia nosotros. Muchas salieron de las construcciones destruidas y ennegrecidas.

El cielo era un gris oscuro uniforme.

No estaba tocándome las heridas en ambas manos, que ahora las atravesaban de lado a lado. La piedra, si bien permanecía en mi bolsillo, no era la causante. Entonces ¿Dónde estaba? Porque definitivamente no era la realidad ¿Me había sumido en un estado de locura tal que vivía en un universo de pesadilla? ¿O efectivamente me había trasladado a otra realidad?

Sentí un ruido de truenos viniendo de mis espaldas. Me giré y a raíz de la destrucción se podía ver la precordillera. Sobre la zona del Cerro Arco ardían las nubes.

Decidí, otra vez, ir para allá.

Me siguieron. De cerca y pegada a mí la que fue Kali. Todos en silencio. En medio del estupor de la destrucción que alguien tenga una dirección era un alivio. Y en cada boca calle de la subida, nos miraban y se unían a la procesión.

En ningún momento apareció gente mayor de diez y seis años.

Primero fueron cientos. Y la altura de la Iglesia de El Challado los miles se extendían a mis espaldas. Los que salían a nuestro encuentro, nos miraban pasar y se unían a la callada columna humana, solo que el murmullo de los pies constituía un apreciable rumor. A mis espaldas, el horizonte del este empezaba a clarear en grises.

Continuará…

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