Por fin llegaste… nuestro encuentro se había retrasado una hora, estábamos a varios kilómetros de distancia, unidos por unas ganas atroces de comernos como dos animales salvajes. Ambos teníamos que sortear obstáculos para que nuestros cuerpos se fundan en piel, sudor y saliva. La distancia entre cada cita hacía que se construyera un castillo de deseo de tamaños inconmensurables, donde cada bloque era una situación de placer que hacía estallar los sentidos.

Hasta que por fin llegaste, cerramos la puerta del mundo exterior, con sus miserias, tristezas y cotidianeidad, quedó afuera, lejos de nosotros. Ahora estábamos los dos solos, por fin.

Comencé a besar tu boca de fresa, a librar una batalla entre tu lengua y mi lengua, a succionar el sabor de tus besos, mordiéndote los labios desesperado, intentando transmitirte con besos lo que ansiaba este momento. Tus suspiros comenzaron a llenar de música mis oídos, melodía ardiente que encendía mi fuego.

Mis manos comenzaron a recorrerte por la espalda, bajo la ropa, pasando suavemente por tu cintura, hasta bajar a tus muslos y retorcerlos en mis palmas. Te apretaba contra mi para que sientas cómo me ponías de duro y firme, cómo estaba ya listo para entrar en lo más profundo de tu oscuridad.

Nos fuimos quitando la ropa, como en una danza perfectamente sincronizada, mientras disfrutaba cada centímetro de tu piel y me sumergía en tu olor, olor a ganas, olor a la más ferviente adolescencia sexual, a lo primitivo, a la necesidad básica de sentir placer extremo.

Te puse de espaldas a mi y comencé a frotar mi pene duro en tus piernas, al tiempo que me comía tu cuello, orejas y nuca. Mis manos esparcían magia en tus pezones, volviéndolos duros, excitados y altivos como mi entrepierna. Entonces lentamente fui hacia abajo, transmitiéndote el calor de mis manos al rozar la piel de tu abdomen. Poco a poco, lentamente, aunando nuestros gemidos en una melodía extasiante, exasperante y ronca. Llegué a tu flor, con mis yemas acaricié tus pétalos hasta dejar al descubierto tu interior, punto que fue víctima de mi pulso más salvaje y vibrante. Mis dedos tiritaban en sintonía con tu cuerpo, que se estremecía de placer, pidiendo que por fin entre bien adentro, bien profundo, bien mojado hasta el fondo de tu vientre.

Cuando la humedad regó tus campos, mis dedos entraron lentamente en vos, haciendo sentir cada milímetro de mis huellas rozando tus labios. Entonces, desesperada, te diste vuelta para verme en mi máximo esplendor. Te arrodillaste y me devoraste, sintiendo todo mi calor en tu boca, llenándote de mi, lubricando aquello que dentro de algunos minutos te haría desfallecer de placer.

No aguantamos más, ninguno de los dos, el tiempo corría aprisa y nuestros cuerpos ardían a fuego lento. Entonces te levanté por los aires y te senté sobre una mesa. Tus piernas se abrieron de par en par para dejarme entrar por completo en vos.

Primero fue mi cabeza, que al penetrar te hizo estallar de placer, luego ingresé por completo. Cada estocada era acompañada de mis manos que jugaban con tu piel, haciéndote sentir placer desde todos lados, tu cara no soportaba la emoción de sentir tanto deseo por fin librado, tus ojos se abrían como platos ante cada embestida. Entonces fuimos subiendo el ritmo, apurando cada movimiento, haciendo aquella danza cada vez más salvaje, despiadada y tiernamente violenta. Un rayo ingresó por tu nuca, te recorrió toda la espalda y terminó en tu vientre, haciendo que el placer te haga contorsionar y gemir como una fiera, fue entonces cuando también me dejé a merced de la batalla y mi lluvia regó todo tu campo…

Lo mejor de todo que esa sería la primera de varias batallas que nos tocaban comparecer aquella noche ardiente.

Escrito por Julián para la sección:

Compartí, no seas paco