Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico
Aldous Huxley

No podía dejar pasar esa oferta, era tentadora, era la cura para mi insomnio crónico.

Era la redención.

La publicidad de la televisión no sería capaz de mentirme. Eso no podía ni debía ocurrir.

En fin, no me podía perder esa proposición publicitaria: un pornoscopio a la friolera suma de mil dolares. Por supuesto que no tenía esa cantidad, ni por asomo. Pero el hecho de ser el poseedor de ese artilugio hizo que me movilizara para poder conseguirlo.

Vendí todas mis pertenencias, pedí prestado y me animé a robar un banco, pero únicamente pude conseguir novecientos noventa y seis dolares. No encontré otra forma de proveerme de más dinero, hasta que recordé el alcancía de mi infancia. La busqué por toda la casa y la encontré en un rincón de mis recuerdos, en su interior había la cantidad justa para poder cubrir el costo de mi obsesión.

Llamé al 0-800 que se encargaba de vender esa maravilla.

Me atendió un señor muy amable, cortés pero distante. Le expliqué la situación en la que me encontraba, remarcándole la parte en que necesitaba de forma urgente el pornoscopio.

Él me preguntó si me gustaban más los chupetines de limón o los de frutilla. No me pareció desacertada la pregunta, pero no le vi relación con la compra que quería efectuar. Le contesté que no me gustaban los chupetines, salvo los de pera, pero sólo en determinadas ocasiones.

Sentí que nos alejábamos de mi deseo, y una angustia atroz socavó mi alma.

Creo que el señor vendedor intuyó mi estado y aceleró el tema.

Me ofreció varias clases de pornoscopios: el relámpago, el súper master y el catástrofe universal. Elegí el modelo más sencillo.

Me dijo que pronto llegaría a mi hogar por correo.

Me senté a esperar.

No hice nada más… no comí… no dormí… no respiré. Únicamente aguardé.

Pasaron semanas y llegué a estar al borde de la muerte.

Hasta que llamaron a la puerta.

Fui hasta la entrada trastabillando, a punto de desfallecer por la inanición, la falta de líquidos y la ausencia de sueño.

Abrí como en un ensueño y lo vi, ahí estaba la caja que contenía al Pornoscopio 1100.

Lloré de felicidad, las lágrimas salían de mis ojos y se convertían en libélulas chiquitas que lloraban a otras libélulas más chiquitas aun.

El manual de instrucciones estaba en alemán, francés y chino; pero eso no fue un obstáculo para que lo armara, creo yo, en tiempo récord. Lo puse en medio de la sala, latente, ansioso de ser usado para lo que lo fabricaron.

El pornoscopio era un máquina para ver sexo, pero no de una manera voyear, no estaba contemplada por los fabricantes esa parafilia. Las imágenes que proveía al usuario eran recibidas a través de un pornoradar que hacía un relevamiento de las acciones cotidianas que se estaban practicando en un radio de dos kilómetros, a esos actos el pornoscopio le daba un tinte sexual. El pornoscopio era un visor de sexo, con su respectivo periscopio y su pantalla receptora de intercambio de fluidos, gemidos y chas chas en la colita.

Con la boca chorreando saliva por la ansiedad puse en funcionamiento el aparato, éste emitió un zumbido, que fue subiendo de volumen hasta hacerse insoportable, luego de unos instantes cesó de repente. Quedó todo sumido en un silencio incómodo pero necesario.

Una suave vibración me indicaba que estaba en funcionamiento.

Puse los ojos en el ocular y le di play. De golpe se me aparecieron las diferentes opciones para elegir como posibilidades de uso.

Apreté un botón optando por la vecina de enfrente, que en ese momento estaba regando sus plantas del balcón. De la nada su ropa cambió por lencería de seda, negra y suave. Su pelo mutó de una permanente a un África look de ensueño, las ojotas en unos zapatos taco alto soberbios y contundentes y sus labios se volvieron de un rojo perfecto con la ayuda del maquillaje.

La regadera que tenía en su mano tomó una forma fálica. Con todo ya dispuesto, brindó un show de primer nivel, que ninguna página porno amateur podría igualar.

El pornoscopio funcionaba perfectamente, mi líbido estaba más que satisfecha. Pero quería seguir a toda costa. Estuve todo el día hasta entrada la madrugada haciendo funcionar el aparato celestial. Sin descanso, sin pausa, hasta que mis secreciones empezaron a escasear para ser sólo meras gotas en el espacio.

El pornoscopio había subido de temperatura por el continuo uso que le di, el manual de instrucciones indicaba que cuando eso ocurriese debía ser apagada la opción convertir realidad en sexo en el menú (la cual convertía al pornoscopio en un simple y tajante periscopio de realidades lejanas). Eso mismo hice y me fui a dormir, agotado, satisfecho, pringoso y ojeroso.

No descansé mucho, no descansé nada. Quería seguir usando mi nuevo juguete. De todas maneras creo que pude soñar con colores fríos y lunas verdes.

Me levanté al amanecer, desayuné rápido, frugal, fumando un par de cigarrillos entre medio del café y el pan con manteca. No podía esperar más.

Me fui directo a mi amado pornoscopio y me puse a buscar nuevas imágenes para mi gozo, para sentir el placer supremo de mi saliva cayendo.

Entonces la vi a Sara, mi esposa. Compañera de tantos años, buena mujer y aburrida en la cama. Nunca, pero nunca variamos la posición amatoria, ella abajo y yo haciendo lo imposible para pasarla bien.

Quería que Sara fuese protagonista de mí próxima excursión por las marañas del amor carnal. Quería verla en una acción cruda, prohibida, en una pose del Kamasutra. Quería verla desbordar jugos internos y pecadores.

El pornoscopio me daba la visión de Sara haciendo las compras, entró en carnicería de Don Héctor. El pornoscopio la seguía y hacía su trabajo. En cuanto entró al local se desencadenó una parafernalia de erotismo. Sin esperas y sin vergüenzas se sumergieron en la parte trasera del negocio. Sara se puso de espaldas y apoyó sus manos en la pared y don Héctor hizo lo suyo y lo hizo bien, profundo, duro y ruidoso.

Ambos terminaron con un gemido convulso.

Me generó una alegría mórbida ver a Sara sonriendo.

Entonces, en un segundo atroz, descubrí que en el pornoscopio seguía apagada la opción convertir realidad en sexo, solamente funcionaba su función de visor.

Todo fue real.

Por mi parte tiré a la basura al pornoscopio. Estaba anonadado pero me mantuve en silencio, guardé lo que vi en mi rencor.

Cuando llegó Sara preparó el almuerzo: zapallitos rellenos, de postre me trajó un chupetín de pera, que me guardé para más tarde.

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