Todos me habían hablado del nuevo producto alucinógeno a base de uvas malbec. En una provincia donde ya no saben qué inventarse con el célebre varietal, siendo su única utilización secundaria decente la salsa para las carnes rojas, decidí no darle importancia al asunto. Cremas a base de malbec, helado de malbec, leche de malbec, perfume de malbec y cientos de rebusques alternativos de tristes resultados avalaban mi decisión. Pero el negro Tusán me había dicho que esto pegaba en serio, que muy pronto iba a salir de circulación legal porque los efectos que generaban eran un flash. Y cuando me llamó el gordo Avión para contarme sobre la experiencia me decidí a probar.

Llegué a la bodega boutique donde estaba ofreciendo la experiencia. Me llevaron en una trafic desde la plaza independencia junto a algunos hippies de Chacras y dos extranjeros rozagantes con un fuerte olor a chivo. La primer diferencia que encontré fue en la recepción. Siempre te reciben chicos jóvenes, políglotas, vestidos de forma elegante, con el pelo atado, sonrisa perfecta y buenos modales. En esta ocasión luego de pasar la tranquera, nos esperaba en una casona de finca un chanta, con el pelo hasta la cintura, un yoguin desgastado y una camisa casi transparente de tanto uso abierta hasta el pecho. “Pasen loco” fue lo único que nos dijo al vernos. No estaba perfumado con Pachuli, ni había estado cosechando pomelos. “¿Todo tranca?” fue la pregunta al público en general, seguido de un “¿están preparados para la experiencia?”.

Como una especie de chamán que digita la ingesta de ayahuasca nos sentó en una habitación con iluminación natural, vidrios abiertos y un cuadro enorme de una uva. Si, una sola. Una uva enorme, como un ojo que todo lo ve.

Trajo un racimo de uvas malbec, extrajo siete granos (eramos siete entre los conchetos, los extranjeros y yo), los puso en una copa y sirvió agua hasta la mitad. Luego de su bolsillo sacó un frasquito pequeño, lleno de un líquido negro, virtió una sola gota en la copa y todo comenzó a burbujear, las uvas se desintegraron y formaron una bebida morada, que manaba volutas de humo y efervescencia. Finalmente tomó una hoja de parra y la envolvió haciendo las veces de canuto, sorbete o “pajita”, como le decimos en Mendoza. De esa manera nos hizo probar un sorbo de aquel brebaje a cada uno. “Bueno locos, espero que la pasen bien, si quieren se pueden quedar acá en la habitación, sino pueden salir a caminar por los viñedos, también pueden ir a la sala de barricas. Lo ideal es que se relajen o intenten dormirse, pero a cada uno le pega de manera distinta, cualquier cosa me llaman, me dicen Rolo”

Me acomodé en el asiento, esperando a que comience a suceder el preciado efecto volístico del menjunje vitivinícola… y nada. Me crucé de brazos, respiré hondo y le di una mirada a mis compañeros de frula, para ver si a alguno le generaba algo, una risa, un llanto, una mirada perdida hacia el horizonte… nada. Agudicé los oídos para escuchar la música de fondo ralentizada, alguna palabra idiota de alguien, una filosofada apresurada o la cosmovisión revelada de una verdad absoluta… nada. Estábamos frescos y verdes como la lechuga. Uno de los hippies se paró bufando, el otro dijo “esto es una mierda bro” a su amiga y los lechosos extranjeros levantaban los hombros en señal de que no pasaba nada de nada.

Entonces apareció el Rolo… – Chicos tenemos un problema, nos cayó la federal y antinarcóticos, les pido que no se alarmen y que digan que estábamos degustando vinos – sacó dos o tres botellas, unas copas y un sifón de soda. Con una cara de preocupación abismal me pidió que sirva las copas y que simulemos que estábamos tomando. Se escuchó cómo frenaban violento dos camionetas de la policía y un auto, bajando no menos de doce uniformados. Del cagazo se nos pasó cualquier efecto que podría haber generado esa mierda. La cara de los yankys era mortal, imaginarse presos en el extranjero era una tortura. Los hippies estaban inmutados y yo pensaba a que carajos le hice caso al gordo Avión y al turco Tusán, drogadictos de mierda. Pensé que no estábamos haciendo nada malo y tampoco estábamos idos, así que nosotros íbamos a zafar rápido, el que se las iba a ver lungas era el Rolo, por estar promocionando este negocio ilegal.

Entró uno de los oficiales, con la típica cara de malo policial, lentes oscuros, bigote y una panza prominente.

– Nadie se mueva ni salga de esta habitación – dijo el bigote.

– No hemos hecho nada oficial – le dijo el hippie más alto.

– Callate hippie puto, no te dije que hablaras – le respondió y varios abrimos los ojos grandes por la reacción del cobani. – Todos contra la pared, Fernández cachá a las minas vos que sos maricón, Bermúdez vos a los tipos – les ordenó a dos de sus compañeros. Le hicimos caso y nos revisaron por completo, poniendo arriba de la mesa todas las pertenencias que teníamos en los bolsillos.

– ¿Qué hemos hecho, oficial? – le pregunté.

– Cerrá el orto pelotudo, ¿te crees que somos tarados nosotros?, se ponen todos en bolas – ordenó nuevamente y ahí nos cagamos en serio.

Las chicas comenzaron a llorar, los hombres titubeamos, entonces el policía sacó un revolver, le quitó el percutor de seguridad, hizo el mortal “click” y le apuntó a la cabeza al extranjero que empezó a orinarse encima – Se van a sacar la ropa manga de faloperos o me van a obligar a hacerlo a mi.

Nos pusimos en bolas, el miedo de la situación dejaba ver la pequeñez de los hombres. Las dos chicas se tapaban como podían.

– Bañalos Ramirez – le dijo al milico que estaba detrás de la ventana, que de inmediato se arrimó hasta la camioneta y trajo una enorme manguera. Desde la ventana la tomó con sus dos manos, gritó “¡ahora!” y un poderoso chorro nos estampó contra las paredes, mientras tratábamos de tapar nuestras partes, lloriqueábamos asustados, esto era una locura.

– ¿Nos van a contar la verdad drogones de mierda? ¿quién está a cargo de todo esto? – nos apuraba el rati.

– ¡Para un poco la concha de tu madre! – gritó desesperado uno de los hippies mientras el Ramirez le apuntaba el chorro en el medio de la cara. Entonces Bermudez, que estaba cerca del pibe, le asentó un macanazo en las cotillas y lo dejó rendido en el piso. El forro de Ramirez aprovechó para apuntarle el chorro en la cola.

De pronto escuchamos un estruendo explosivo, atronador: la cabeza del bigote explotó como una piñata, manchando toda la sala de sangre y restos de masa encefálica, nuestros cuerpos habían quedado teñidos de rojo como en una película de Tarantino. Desde el pasillo asomaba el Rolo con una itaka que aún humeaba por el disparo que acababa de efectuar.

Bermudez y Ramirez sacaron sus pistolas y abrieron fuego contra Rolo que se escabulló por las habitaciones de la casona, Fernández la mariconeó con un gritito agudo pero también sacó su revolver. Los oficiales corrieron tras el asesino. Los tiros alarmaron a los demás milicos, que ahí nomás comenzaron a gritar, dar órdenes y a correr hacia donde estábamos. Supuse que esto terminaba de la peor manera, así que con el corazón en la boca, me puse el calzoncillo y dije “¡Loco, ¡rajemos ya de acá!” saltando por la ventana y comenzando a correr hacia los viñedos. Sin dudar los otros seis me siguieron, los yankis ni siquiera se pusieron la ropa interior. Salimos corriendo desesperados entre las hileras, mientras pasaban zumbando cerca nuestro los balazos de los policías.

Sentimos cómo arrancaban una de las camionetas y comenzaban a rodear la viña para cerrarnos el paso, cambiamos de dirección atravesando vides y rompiendo todo a nuestro andar, hasta que llegamos a un enorme canal de riego. El agua corría a una velocidad mortal, pero era nuestra única escapatoria de aquella locura. A lo lejos veíamos la polvareda que levantaba la camioneta de la policía que venía hacia nosotros. Estábamos aterrados, no sabíamos qué hacer, quizás no nos habían visto, fue lo que todos pensamos.

Uno de los oficiales apareció en la caja de la camioneta y quitó una lona que tapaba algo que traían montado detrás… Era una Browning calibre 50, una ametralladora pesada que se colocaba en el suelo o en el chasis de los vehículos de guerra. Sin dudar abrió fuego contra nosotros. La primer ráfaga impactó contra un sauce que teníamos a unos metros. El árbol estalló en astillas y se partió al medio como una ramita de jarilla, el ruido del arma era impresionante. La primera en saltar al agua gritando fue la concheta de Chacras, sin dudarlo nos arrojamos todos al cauce infernal del canal.

Si a la vista nos parecía peligroso, estando dentro del agua nos dimos cuenta que era aún peor. Íbamos a toda velocidad por un canal de barro, sin chances de tomarnos de nada para salir, a merced del las vueltas del mismo. Pasamos debajo de algunos puentes, gritábamos desesperados, pero en una ruta nadie nos podía escuchar. Intentando no ahogarnos mirábamos hacia el frente para ver que venía y un poco hacia atrás para saber si la camioneta nos seguiría o no. Teníamos que salir pronto de aquel infierno acuífero, porque sin dudas la policía nos esperaría en algún lado dispuestos a destriparnos a balazos con aquella máquina del diablo. Y vimos a lo lejos lo peor… toda el agua terminaba en un acueducto. Un oscuro agujero de unos dos metros de diámetro que devoraba todo. No se que me daba más terror, si pensar en ir dentro de un caño de agua sin poder respirar o en el destino de ese ducto de agua. Tratamos de salir del cause pero era imposible, el barro no permitía trepar y no había nada de que aferrarse. Un motor acelerando seguido de una nueva ráfaga de balazos que dio contra la cara opuesta del canal no avisaba que la policía nos había encontrado. Si salíamos de ahí nos esperaba una muerte dolorosa, si nos quedábamos dentro una espantosa… íbamos a morir ahogados.

El ducto nos tragó y todo se puso oscuro, el ínfimo espacio que quedaba con la parte superior nos permitía a duras penas respirar. No se veía absolutamente nada, era la oscuridad total, mientras que todos llorábamos, gemíamos o gritábamos. Era la sensación más espantosa que una persona puede sentir. Luego de varios minutos de golpes, gritos, agua que nos tapaba y el terror de que se acaba el pequeño espacio, mientras nos orinábamos y cagábamos del miedo, logramos ver un pequeño punto a lo lejos… era luz, era el fin del túnel, ¡íbamos a llegar! Nos agarramos los siete de las manos, llorábamos de la alegría, era la experiencia más impactante que habíamos vivido, no sabíamos donde saldría tanta agua, pero sin dudas era mejor estar al aire libre que acá dentro. Unos cincuenta metros antes del fin pudimos ver donde iba a parar todo…

El caño terminaba en una montaña, logramos ver que abajo había un hilo de agua, y unas pequeñas casitas cerca, el problema era la distancia, la caída… a simple vista nos dimos cuenta que eran por lo menos cincuenta metros… que terminaban en las afiladas rocas de un río. Entonces nuestras risas se opacaron y comenzaron los gritos aterradores nuevamente. El ducto cobró mayor pendiente y aceleramos a fondo, la luz se hacía cada vez más fuerte, como así también el paisaje donde íbamos a terminar… la caída sería mortal, faltaban segundos para nuestra muerte. Entonces se acabó el caño… y todo pasó en cámara lenta, pude ver los cuerpos de los hippies y los extranjeros desesperarse entre agua y aire mientras caíamos en picada. Hacia abajo filosas piedras en punta nos recibirían, hacia arriba el cielo azul, ¡que muerte más espantosa la de morir estrellado contra el suelo! Iban a tardar horas en encontrarnos, seguro que alguno moriría en agonía, otros en el acto, pero ninguno se iba a salvar. Maldije la hora en la que decidí venir a esta mierda, ¿cómo se nos fue todo de las manos? Seguí cayendo, al tiempo que manos, piernas, cabezas, pelos y agua se revolvían por los aires como una ola mortal, ola que no terminaría contra la arena, sino contra una pared asesina.

Vi el conjunto de cuchillas que recibiría mi cuerpo, el lugar exacto donde moriría, entendí mis manos, por instinto, como para intentar frenar el impacto y no dar con la cabeza, los gritos de los siete estallaban en el silencio del campo, se fue acercando mi muerte, abrí los ojos para ver si a último momento podía zafar, pero no… entonces todo fue oscuridad y dolor…

– Loco ¿estas bien? – me dijo el Rolo ante la mirada atónita de los conchetos y los rozagantes extranjeros – Te pegó para la cagada, estas todo meado y cagado, hace dos horas que te estamos intentando levantar con agua…

– Chicos… ¿nos salvamos? – fue lo primero que dije, sorprendido, mientras el olor a mierda infectaba mis narices y mis compañeros estallaban en risas.

Y si… sin darme cuenta me había pagado para la cagada. Luego de cambiarme y que el Rolo me lavara la ropa nos pasó a buscar la trafic. Nos alejamos de la casona mientras miraba las viñas, por donde creía haber corrido. Llegamos hasta la entrada a la bodega y salió un tipo a abrirnos la tranquera al tiempo que nos saludaba y se reía… tenía lentes oscuros, bigote y una panza prominente.

 

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