Hoy se cayó. No se ha golpeado fuerte, pero cada vez que sucede, su espera se magulla otro poco.

Lo veo ahí sentado, durmiendo boquiabierto en un sillón que sabe de memoria su figura. Está más flaco. Muy flaco. ¿Te acordás que siempre lo retábamos porque comía mucho? Qué ironía.
Sobre sus manos, una pila de diarios. Los lee y relee, como queriendo atrapar una realidad que se le escapa, o buscando un atisbo de sentido.

A veces me cuesta verlo así. Me cuesta acordarme que a él le pedía permiso para levantarme de la mesa. El jefe máximo de la casa.

-Te comés eso que te serví. Si no, no hay helado de postre.

Y veo sus ojitos grises refunfuñar en su distante silencio.

Morir de un momento a otro es una suerte de pocos. Los demás estamos destinados a extinguirnos poco a poco, como rescoldos abandonados en una lenta madrugada de invierno.

Lo veo cómo se va vaciando. Se marchan, uno a uno, los espíritus que lo habitaban. Por momentos hay chispazos, emociones que lo conectan con cierto vigor palpitante. Por momentos, parece que volviera algún morador… pero no. Son solo ecos: recuerdos de recuerdos de días que fueron.
Ya no hay nueva producción. Sólo espera.

Lo miro y veo al último niño de la escuela, solitario y triste porque su madre no viene a recogerlo. Siento compasión y antes de llegar a la pena me recuerdo que también estaré ahí un día.
¿Cuáles serán las cosas que me preocupen entonces?

-Nena, ¿le podés poner comida a la gata, por favor?

(No, creo que él tampoco hubiera pensado que eso iba a ser el centro de sus preocupaciones).

Le doy un beso antes de irme. Y aunque no quiera, siempre me quedo pensando que quizás sea la última vez.

Compartí, no seas paco