El feminismo, como sabrás, tuvo tres movimientos históricos, llamadas olas. Las primeras dos olas fueron marcadamente liberales, otorgando un gran avance para las mujeres en distintos ámbitos de la sociedad: el sufragio, las mismas oportunidades que los hombres en materia laboral, la posibilidad de explorar su sexualidad sin el prejuicio de ser consideradas unas putas, no necesitar cumplir con el mandato familiar y no formar una familia si así no lo deseaban.

Pero esta nueva ola feminista de los últimos años, en cambio, es marcadamente socialista. Ahora, al igual que los marxistas en el siglo veinte, las feministas creen que el feminismo es un título nobiliario, como si por solamente llamarse así se les otorgara un manto de verdad. Creen poder ser todo lo violento e injusto que quieran sólo por decir representar la igualdad entre los hombres y las mujeres. Pero se olvidan de que la nobleza no está sólo en la conciencia, sino también en los actos.

Es frecuente ver hombres sentenciados mediáticamente por la sola denuncia femenina, juzgados socialmente sin previo juicio, sacándole el derecho humano de la presunción de inocencia —base central de todo estado de derecho—, mientras las feministas aplauden desde la tribuna, extasiadas. Dato curioso, por cierto: muchas de las feministas hoy en día se identifican con el socialismo, que en el último tiempo intentó relacionar los derechos humanos con su ideología; pero poco les importa ahora, cuando los derechos de otra persona interfieren con su pensamiento.

Quemar o cagar en las iglesias e insultar a curas y feligreses, son medidas retrógradas. La libertad religiosa es otro de los ideales más sagrados de una democracia, y nunca nos tenemos que olvidar de ello. Más en un país como Argentina, donde supimos tener una ideología como el peronismo, que quemaba iglesias la de década del 50 y sinagogas en los 60.

Pero a mí no sólo me jode la violencia que generan en la sociedad. Por mí, que las feministas se maten y destruyan todo; que el resentimiento las carcoma por dentro. Lo que a mí me molesta es que le hagan creer a las personas que, comportándose así, siendo un grupo de resentidas y malhumoradas, van a lograr cambios en la sociedad; que difundan la muy conocida práctica socialista en la que uno puede cambiar la sociedad siendo violento e intolerante.

Nada cambia al pensar y actuar como están haciendo las feministas actuales. Reducir toda la discusión al patriarcado, así como antes se hablaba de la burguesía para explicar todos los males —lo que en semiótica se llama el significante vacío: una abstracción carente de realidad—, es infantilizar la discusión a un nivel de sentimentalismo, condenar a nuestros nietos a seguir padeciendo nuestros problemas.

En vez de hablar de cuestiones técnicas y concretas, el nuevo feminismo ha logrado que hablemos con un diccionario de términos vacíos, —heteropatriarcado, micromachismo, falocentrismo—, palabras que tienen más connotación emocional que definición técnica en alguna disciplina. Le hacen creer a las feministas que están usando términos científicos, cuando en realidad están repitiendo frases vacías de sobrecitos de azúcar, pues solo un bruto, convencido de tener la verdad revelada, puede ser un violento.

Ojalá entendamos que sólo hombres y mujeres, juntos, podemos solucionar los problemas de toda la sociedad. No necesitamos que las feministas digan si los hombres podemos ir o no a una marcha. No necesitamos que las feministas opinen si algunas mujeres, que eligen libremente un estilo de vida contrario a lo que ellas desean, están haciendo mal o bien. No necesitamos que nadie más se quede sin sus derechos humanos. Caso contrario, si seguimos así, vamos a continuar teniendo más violencia en la sociedad, más mujeres tóxicas, más hombres pidiendo perdón por haber nacido con pito. Vamos a ser una sociedad más conservadora. Porque el liberalismo destruye los prejuicios, mientras que el socialismo los sustituye por otros.

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