Qué día gris. El cielo gris; el blanco de las casitas del pueblo se mancha de gris. Chispeaba el cielo unas gotillas grises, ahora llueven riachuelos por las calles, por el campo y los cañizales. La casa de Jimena tiene una atmósfera gris; el polvo de los muebles parece una piñata en comparación. Jimena se sentaba en una sillacon ruedas, grisácea, mirando por la ventana el día gris, a través de un hueco entre las grisáceas cortinas. En el firmamento, no sabría cómo, veía la cara del niño. Qué frío debía estar pasando la pobre criatura. ¿Cuándo volverá?Cuándo le devolverán. Jimena estaba sola en el gris del día, su marido estaba fuera, buscando con linterna e impermeable, empapándose de las lágrimas del cielo español, que llora y llora y vuelve a llorar. Qué maridito tan bueno, por Dios, que se lo guarde el cielo y que le viva hasta la muerte. Pero el niño, sin nada que ponerse encima, ¡qué frío, Dios mío, qué frío el pobretico!

Jimena espera que desde la ventana le vea pasar, desnudo y llorón, de la pena ceniciento, llamando a su papá, o su mamá, o a su perrito, si lo hubiera. Si lo viera pasar, sacaría las fuerzas de sus músculos plomizos y le daría brazos a la silla de ruedas; ¡escaleras abajo me tiro! Y a él me arrastro para abrazarle y darle el calor que tiña este día de colores. A cuánta falta debe estar esa madre desgajada, esa pobre pastora que no tiene a su ovejilla, que está perdida en la infinitud del bosque de los engaños, y en el bosque la busca sin encontrar más que desespero. ¡Es el error del desesperado el consumar su desesperación! Y buscando, con el río del desengaño se cruza y, en él, ve el cadáver de su amputación flotando. ¿No es esa la historia de siempre? ¡No es esa la historia de siempre! Esperar sin saber, saber lo que se espera, torturas de esta injusta vida.

Jimena tiene puestas unas fotos sobre una cómoda. Su marido, sus tres hijos y su hija. De su descendencia sólo conserva a su Mariquita de San Jordi, monjita de un convento trinitario; los otros tres murieron por esa gran heroína de la muerte española. ¡La movida, la movida! En fin, ¿quién le iba a decir que su hijica del alma se iba a ir por las ramas más estrictas de la religión? ¡Hay gente para todo, para to-do! Gente para casarse con el Señor, gente para morir de sobredosis y… ay… ay, gente para raptar, para llevarse a un niñito inocente y arrancarle el cordón umbilical que lo conecta a su madre querida. Señores, hay un niño perdido; mientras ustedes cenan y ven la televisión, hay un niño mojándose, si no de la lluvia, de sus lágrimas nubladas. Ay, mi marido, mi maridito que lo busca, sin ser su padre ni su abuelo, sin haberle visto jamás; el cocido está en la mesa, frío, y frío le espera al retorno de su fría búsqueda.

Gris está el cocido, tiritando, porque no hay quien le coma; si el cocido tuviera piernas, saldría resbalándose por la gris y fría superficie, en busca del niño, filtrándose por todos los rincones a los que los hombres no tienen acceso. ¿Por qué no viven los cocidos? ¿Por qué no hay seres líquidos? Ay, si el mar viviera, si en cada grano de sal tuviera un ojo, si en cada pez tuviera un espía, ¿habría algo que se perdiera? Si los bosques, las rocas y las plantas vivieran, en cada pájaro, animal e insecto tendrían ojos, y todo saldría a luz, de lo más escondido a lo más encontrado. El aire invisible sopla, silba, lleva olores, ¿quién lo podrá entender? ¿Nos habla el aire, se intenta comunicar con nosotros? Aire gris, dinos, ¿dónde está ese pobre niño? El aire no habla.

Jimena miraba por la ventana. Los árboles, el prado, las flores silvestres, alguna que otra piedra… todo sin color. El cielo sangra ceniza sobre la casa de campo, el campo absorbe las cenizas y contagia el decoloro por todo lo que con él se compenetra. Qué inerte está todo, qué inhóspito, los animales que campeaban, ¿dónde estarán? En sus escondrijos; ¿dónde están sus escondrijos? Quizá algún ser animal haya visto al niño; los tontines, en vez de acercarse a él para secar sus lágrimas y darle del calor de sus pelajes, se habrán asustado y habrán huido lejos, vigilando de reojo al pobre extraviado, temerosos de su intrínseca desconfianza. ¿Quién ha puesto esa enemistad? Puede ser que haya sido Dios, puede ser que haya sido el ser humano, con su despótica actitud frente a la naturaleza. ¿Por qué no podemos colaborar todos? ¡Imposible! Alguien, siempre, tiene que morir para que otro coma.

Jimena, Jimena, ¿qué ves por la ventana? No sé, ¿qué veo? ¿Un duende gris? ¿Un hombrecillo? Un niño, ¡Señor, un niño! El frágil corazón de Jimena se alteró; una excitación suficientemente fuerte para dar la poca fuerza que sus brazos podían recibir. Rueda la silla, ¡rueda la silla! Y rodó la silla, muy redondas las ruedas, rotando su radio hacia las escaleras. Cambió el radio, más chico, más largo, la redondez se deformó, formando un óvalo. La silla ya no rodaba, pero Jimena se arrastraba hacia la puerta de entrada, la puerta de salida, arrastrando su peso muerto, sus piernas de piedra. ¡Oh, la lluvia! Cada gota un témpano que se clava en la piel, empapando las fibras textiles de la vergüenza humana, que cubren la desnudez que descubre la fragilidad. ¡Frío, frío! Animalitos, ¿por qué no acudís en mi ayuda? Apenas puedo arrastrarme para perseguir al que se ha perdido. Apenas puedo respirar ya. ¿De qué sirve la vejez? ¿Tiene alguna utilidad? La vejez nos frena, nos ralentiza, quizá para que no sigamos las pasiones que en la juventud perseguimos; quizá para que observemos con detenimiento. ¿Observar qué? Lo que hay fuera de las ventanas, lo que ya no hay, para ver como se escapa todo lo que anhelamos, como se pierden los perdidos.

-¡Niño, niñito! ¡Ven, que te buscan, ven!

¿Le habrá escuchado alguien? En todo el gris, ¿quién habrá escuchado los gritos de la anciana paralítica? Quizá una flor que no tiene boca ni ojos, quizá el aire que está harto de ser respirado, quizá una gota de agua que no quiere que la beban, quizá un insecto que no quiere ser muerto bajo el peso de un zapato. ¿Quizá un ángel? ¿Quizá Dios? ¿Algo, por pequeño que sea? Quizá la muerte la escuchó, que vino con su guadaña manchada de las cenizas que dejan los hombres al morir. Con la punta de su arma letal, se abrió paso al corazón débil de la anciana, que iba disminuyendo su pulso. Tas-tas, tas-tas, tas, tas, tas. ¡No puedo más, que llevo una vida entera latiendo! Estoy cansado, que ya no me queda sangre que bombear, sino las cenizas que ha dejado esta vida. Morir bajo la lluvia de un cielo gris. Qué frío el pobre niño, qué frío bajo la lluvia helada. El cocido, ¿quién se lo calentará a mi marido? Quizá el niño haya entrado a la casa, muertecito del hambre, buscando el calor de una chimenea. Quizá el niño se lo coma, quizá tenga unos ricitos de oro. Quizá un oso lo haya encontrado y lo ha despedazado con sus zarpas llenas de esa enemistad hacia la humanidad. Mi marido lo encontrará dormidito en una cama, ¿verdad que sí? Qué dulce es la muerte. Qué bonito el gris. Morir envuelta en un sudario de cenizas. ¿Y esa sonrisa de perlas grises?

-¿Quién eres tú? ¿Eres tú el niñito perdido?

¿Habló, acaso? Quizá fue un susurro del aire. Ah, qué manita tan suave. El niño… el niñito ha venido a recogerme. Cómo pesan mis párpados. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te vas con tu madre? Mis párpados se cierran. Ay, niñito, todos te están buscando bajo esta inclemente lluvia. Ya no veo más, mis párpados se sellan para siempre. Maridito mío, he encontrado al chiquillo, ¿sabes? Ahora te caliento el cocido, que estará más frío que la hoja de la guadaña. Oh, qué ligereza siento, me voy, me voy. Se acaba, se acaba la vida. Adiós, mundo cruel. El cocido…

Dedicada a Gabriel…

Compartí, no seas paco