Siempre nos preguntamos el motivo por el que es difícil que compañías de teatro de Buenos Aires, Mar del Plata, Carlos Paz o Broadway, recalen con sus espectáculos aquí en Mendoza. Por chimentos de pasillo y detrás de bambalinas, se dice que somos unos amargos y que nos tienen que hacer cosquillas con una pluma de cóndor rociada con óxido nitroso, también conocido como el gas de la risa, para ser felices.

Para desmitificar estos dichos, limpiar el buen nombre y honrar la sesgada reputación del público mendocino, es necesario volver el tiempo atrás. La historia por demás estremecedora no apta para personas impresionables, nos hace rememorar y visualizar a la maldición de Tutankamón como la de Heidi y los Siete Enanitos jugando al arroz con leche me quiero casar.

El quiebre de aquella relación de Mendoza con los famosos se produjo en el verano de 1805, fue en ese período que los mendocinos dejamos de ser cholulos, no por nuestra forma de ser, sino por la maldición Specciali. Más de un actor o actriz que ha incursionado en el under y que luego de una representación, en rueda mantra om sobre el escenario y charla de ultratumba por medio, sabe que es un tema del cual no se debe hablar, y si alguien se atreve a nombrarlo se lo aleja de las tablas con una cruz diablo o un juera bicho.

Corría el mes de enero… doña Francisca de Paula Zamora, hija legítima de Diego Zamora y Juana Castillo, se presentaba ante el escribano Josef de Porto Mariño para emitir su testamento, quedando rubricado a fojas 26 del Protocolo 152, y en el que declaraba que se había casado en segundas nupcias con Santiago Acasibar, y que éste, le había entregado 9.000$ siendo certificado ese acto en la Escribanía Parra que tenía sus oficinas en la calle de la Amargura en la ciudad de Cádiz, España. Que en viaje a la América y en medio del Atlántico tuvo una discusión con don Santiago, lo que terminó con sus pertenencias y el dinero en el fondo del océano, sumiéndola en una profunda depresión y un continuo llanto.

Al poco tiempo, llegaba a Mendoza en una tropa de carretas un tal José Antonio, esclavo de 20 años que practicaba el vudú y que no contaba con papeles que acreditaran su identidad, siendo apresado por el alguacil Rafael Vargas en el paraje la Dormida del Negro en lo que hoy es Santa Rosa a 100 km al este de la capital mendocina, lugar de parada obligada para los esclavos durante cuarenta días previo ingreso a la ciudad para constatar que no fueran portadores de enfermedades contagiosas.

Entre tanto y como en todo pueblo chico, la noticia del llanto de doña Francisca no se hizo esperar y llegó a oídos de José Antonio, el que pidió encontrarse con la dama asegurando curarla. Los vecinos habían probado con todo tipo de gualichos; Nicolasa la médica del Pantanillo, famosa curandera y partera de la época, no había logrado nada según contaba su yerno Esteban Pavón. A los gemidos de la mañana, le seguían los sollozos de la tarde y los llantos interminables en las noches y de madrugada.

El encuentro había sido pactado y el pueblo estaba a la expectativa, el lugar elegido era la Sala Alta del Cabildo frente a la Plaza Mayor -hoy Plaza Pedro del Castillo- doña Francisca muy temprano por la mañana era conducida allí; una vez dentro quedaron solos la dama con el esclavo, la puerta de la sala fue cerrada y no hubo testigos de lo sucedido, sólo se escuchaba algunos lamentos que fueron decreciendo mientras el reloj de la Torre de los Jesuítas expulsos seguía corriendo. Al mediodía, doña Francisca salía con una sonrisa que iluminaba su cara, Mendoza al fin descansaba.

Faustino Ansay que se desempeñaba como Subdelegado de Mendoza, enviaba sendas notificaciones a Buenos Aires alertando de la presencia de aquel esclavo para que fuera deportado a aquella ciudad o en su defecto que su patrón lo viniera a buscar. La respuesta no se hacía esperar, desde aquella capital se disponía a iniciar viaje a Mendoza unos de los actores más importantes de su época, Josef de Herrera y Ramirez alias Specciali, con escritura de compra en mano venía en reclamo de su esclavo, para luego partir a Santiago de Chile y culminar su periplo en Lima.

Al ingreso a Mendoza y después de sortear la acequia de Goaimalle, siguió derecho por la calle Larga en dirección oeste -hoy calles Pedro Molina y Allayme de Guaymallén- y según crónicas de la época, el espectáculo de su llegada fue apoteósico y digno de las grandes capitales europeas, el recibimiento hecho a Specciali desbordó lo impensado, mujeres despojadas de sus intimidades y algunos desmayos, niños y niñas corriendo a la par del carruaje y hombres de a caballo se acercaban.

La cholulización de Mendoza en su máxima expresión, como nunca se había visto y nunca más se volvería a ver. Lo que no sabían aquellos vecinos y vecinas es que la maldición Specciali y la descholulización del público mendocino se habían puesto en marcha, José Antonio su ejecutor.

El actor descendía del carruaje en la Plaza Mayor y pañuelo en mano saludaba a la multitud, prometiendo en breve y al desocuparse del trámite que lo había traído a la provincia, hacer una representación para el deleite de aquellos vecinos que amaban aquellos grandes espectáculos, los que eran habituales debido a que las giras de las compañías teatrales que comenzaban en Montevideo, luego Buenos Aires, después Santiago de Chile y terminaban en Lima, tenían como pasada obligada, Mendoza.

Specciali entraba al Cabildo y era agasajado por los Capitulares, en una habitación contigua se encontraba José Antonio, luego de sendos brindis con aguardiente acompañada con higos secos y uvas pasas, el gran actor se disponía al reconocimiento de rutina, una vez dentro, un grito ensordecedor y después un silencio absoluto, Specciali había enmudecido. A su vez, los vecinos que se encontraban en la plaza y en forma inexplicable pasaron del aplauso y los gritos a los silbidos y la reprobación.

El doctor Anacleto García que se desempeñaba en el cargo de Médico y Cirujano del Regimiento de Voluntarios de Mendoza se encontraba en el ayuntamiento, fue el primero en ingresar a la habitación junto al escribano Pedro Pablo Videla, también Melchor Laurel y Petrona Cárdenas que habían finiquitado una operación inmobiliaria por un terreno en el barrio del Infiernillo -hoy Dorrego en Guaymallén- a los que se sumaba el escribano Cristóbal Barcala.

García tomaba los signos vitales de Specciali, en principio todo estaba en orden y no entendía el estudiado qué había pasado con el gran actor que había perdido el don del habla. Afuera… la multitud encarnizada lo aclamaba en espera que cumpliera su promesa. Adentro… buscaban la forma de explicar lo inexplicable y trataban de encontrar una excusa a lo inexcusable. Mientras tanto, Specciali a partir de señas y a duras penas se expresaba.

Abrumado y sin respuestas, García daba a entender a los presentes que las ciencias médicas no tenían la solución y era hora de acudir a las ciencias ocultas para entender la situación, Nicolasa era la elegida y Juan Manuel Candia el encargado de ir a buscarla

Plena siesta del 15 de noviembre, un calor como nunca se había visto ni en el mesmísimo infierno, tanto que los demonios se sentaban debajo de los sauces contiguos al Zanjón y dejaban de hacer maldades. La gente alrededor del Cabildo copando la Plaza Mayor y abasteciéndose con agua de la acequia de Tabalque y el canal Tajamar. Al llegar Nicolasa el público se dispersó.

Ingresó al Cabildo, tuvo miedo, algo impensado para una mujer con su sabiduría y experiencia, evitó a José Antonio, sin dudarlo se dirigió donde Specciali en compañía de Candia, interpuso su mano sobre su frente y luego la bajó hasta su corazón y dijo “la libertad es la pesadilla de los que -aún hoy- sueñan con la esclavitud”, fue contundente el mensaje y Specciali lo entendió. Inmediatamente pidió una pluma, tinta y papel, y procedió a ceder todos los derechos que tenía sobre José Antonio en favor de Candia, a cambio de 218$ pensando en los gastos de su recuperación.

Nicolasa salió del Cabildo y exclamó ¡ no hay nada más que ver ! el desparramadero de mirones y curiosas se transformó en un aluvión de corridas, algunos tomaron por la calle de La Cañada, otros para las calles de San Vicente y San José, los menos para la calle del Tapón de Moyano -norte, sur, este y oeste- colapsaron de vecinos asustados. La calma volvía al Cabildo y a la Plaza Mayor, Specciali a la espera de resolver aquella difícil situación.

La incertidumbre crecía día a día y noche a noche, había pasado un año y ninguna compañía teatral había recalado en Mendoza, se desviaban a San Juan y de ahí pasaban a Chile. Las nuevas autoridades del Cabildo eran elegidas el primer día de 1806, los alcaldes Buenaventura Cavero y Nicolás Correas, sumado a los regidores Rafael Vargas, Bernardo Ortiz, Clemente Segura, Fernando Guiraldes y Pedro Rosas, le ordenaban al procurador José Vicente Zapata legalizar la venta de José Antonio y pasarla del papel simple al libro de protocolo y que Specciali saliera de la ciudad, pensando que así anularían aquella maldición y volverían los espectáculos de antaño.

El día elegido fue el 7 de enero, Specciali recuperado aunque sin poder hablar se presentó ante el escribano Barcala y los testigos José María Salcedo, Anselmo Jofré y Justo Correa, Candia hacía lo propio. El Oficial de Pluma tomaba el Protocolo 153 y comenzaba a hojear el libro hasta llegar a la foja 4, la primera que estaba en blanco y en la que rubricaba la venta de aquel esclavo, inmediatamente y después de firmar, Specciali dejaría la ciudad y nunca más se lo volvería a ver; aunque se supo que había recuperado su voz por sendas presentaciones teatrales que había representado en Santiago de Chile y en Lima también.

Aquellas autoridades y sin saberlo, habían firmado un pacto siniestro con los espíritus errantes del teatro y de los grandes espectáculos, pensaron que con la ida de Specciali todo volvería a la normalidad, más no se percataron que la solución hubiese sido otorgarle a José Antonio la libertad.-

Escrito por Mauro Jaja para la sección:

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