Es para mí muy aliviador quedarme en hoteles internacionales cuando la cuidad me aprieta, cuando ya no soporto a la gente que me atormenta día a día y últimamente me pasa más a menudo que antes. Reconfortante, esa es la palabra, es muy reconfortante, me saca del estado de batería baja, carga las pilas como se dice en las calles.

El sentirse extranjero en tu propia ciudad, es una experiencia diferente y única que se siente, o yo siento, en estos lugares, obvio que no es lo mismo estar en el Hyatt de Buenos Aires que en el Hyatt de Rio de Janeiro, pero tienen ciertos matices que te hacen sentir extranjero en mi lugar, ya desde el vamos el olorcito a otro país o a todos los países que hay en estos lugares es único, personas hablando en diferentes idiomas, música impersonal que a nadie les disgusta ni le encanta, y cuando uno se cansa de tanto confort, está listo para volver a la jungla, a su caos personal.

Desde al vamos, apenas uno baja del auto lo primero que encuentra es la puerta giratoria, parece que te lleva a otra dimensión, las piletas o piscinas, mejor dicho, son por lo general impresionantes, la descubierta para el verano y por las dudas que la señora sea muy friolenta, está por supuesto, la climatizada y cerrada, las puertas de las habitaciones dotadas de llaves magnéticas que siempre se descontrolan y hay que bajar a arreglar, en los más elegantes no puede faltar el piano de cola en el lobby que en las mañanas un estilizado pianista pondrá en funcionamiento.

En los hoteles cinco estrellas hay toda clase de personas, es como si todo el mundo fuera millonario o todos tuvieran iguales las cuentas bancarias, a nadie le importa que está haciendo el otro en el lugar, se puede ver al empresario en una reunión de negocios con sus clientes mientras baja una familia en traje de baño porque van a la pileta a disfrutar la tarde, a la señora con su vestido largo, de gala , porque su sobrino se casa en el salón del lugar y a los jugadores de un equipo de futbol que van a entrenar al gimnasio del hotel porque es ahí donde están concentrados, en general son personas que saben vivir la vida, y no porque sepan elegir un vino caro o un lugar lujoso dónde hospedarse, si no porque no les importa que hacen los demás a su alrededor y disfrutan el momento como buenos pasajeros, al final es casi seguro que nunca más van a cruzarse con esas personas.

Todo es más lindo en los hoteles cinco estrellas, desde el maní que ponen en la mesa, el agua que dejan en las habitaciones (que parece más pura), le temperatura siempre ideal, los empleados siempre están contentos y a la espera de una consulta, siempre adelantados, los perfumes de las personas son impresionantes y exquisitos, he visto tarjetas de  crédito de todos colores, unas más brillantes que las otras, los desayunos son espectaculares y pensar que normalmente uno no desayuna casi nada y ahí se devora la vida, el baño esta siempre impecable o quizás esta igual de sucio que en cualquier estación de servicio o baño público, pero a nadie le importa.

Todo es psicológico, quizás es una cosa ridícula, pero no me da cargo de conciencia ni lo quiero cambiar, cada vez que me canso de la rutina necesito hacer un retiro a estos santos lugares, es importante hacer estas estupideces antes de que la cabeza te explote, por eso anda al cine, salí a correr, comete un helado, anda al zoológico, lo que sea, pero hacelo, es importantísimo ver el momento antes de la locura y del desborde, solo es cuestión de relajarse, mirarse y llevarse cada uno a su eje, y pensándolo bien ¡Necesito un Sheraton ya!

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