La Peste, parte II

Cuando la directora del colegio se dio cuenta de la magnitud de la tragedia, decidió pedir ayuda a la provincia, por lo que llegaron varias psicólogas para tratar el trauma colectivo que atravesaba la comunidad. Vale aclarar que al no haber violencia en las muertes, los casos pasaron por debajo del radar de las autoridades policiales.

Durante los dos años siguientes el grupo de psicólogas se instaló en el colegio, se abocaron a la atención de los alumnos que habían perdido algún familiar cercano, pero se encontraron con un panorama algo extraño, teniendo en cuenta la tragedia que atravesaba a prácticamente todos los habitantes del pueblo. Por lo general, los niños suelen transmitir sus emociones de forma mucho más natural que los adultos, y aunque suelen ser crueles en algunos aspectos, generan una gran empatía colectiva, por lo que el ánimo general se transmite instantáneamente, exaltación cuando están alterados, entusiasmo cuando algo les genera expectativa; y angustia cuando están tristes. Para no era el caso, esperaron encontrarse con niños atribulados, pero los encontraron fríos y hasta indiferentes ante la tragedia que los atravesaba de lleno.

Viviana Cardozo, una de las maestras de los grados inferiores, se dio cuenta de que algo extraño estaba pasando con uno de sus alumnos más pequeños, de apenas 7 años, parecía no inmutarse ante la reciente muerte de su madre. Viviana tenía un hijo de su misma edad, muy parecido físicamente además, por lo que se sintió especialmente identificada con el chiquito. Al salir de clases lo siguió y vio como se adentraba en una finca totalmente invadida por la maleza, el pequeño sacó un gatito de su mochila, lo tomó en sus manos y le quebró el cuello, tirándolo a un pozo. Ella gritó y corrió, trató de evitarlo, pero los yuyos que cubrían el lugar hacían difícil que un adulto se adentrara fácilmente. Su primera reacción fue darle un cachetón al niño y sacarlo de los pelos, pero ni siquiera la agresión logró alterar en lo más mínimo la expresión del pequeño.

Al día siguiente Viviana llegó al colegio con un pésimo aspecto, contó lo sucedido y se retiró a su casa por orden de la directora, no podía sostenerse en pie. Nunca volvió al colegio ni se supo más de ella.

Cuando volvieron a tratar al niño, este se había convertido en un ser incapaz de mostrar sentimientos, antes del incidente era especialmente frío, pero después del mismo, parecía no tener alma. Cuando se derivó a otros especialistas no dudaron en calificarlo como un caso de autismo inducido por el trauma, aunque este diagnostico es poco usual y suele ser una manera de decir “no sabemos exactamente lo que está pasando aquí”.

Sumado al caos y tragedia que envolvía al pueblo, un pestilente hedor lo había convertido en un lugar inhabitable, que parecía consumirse en su propia peste. Las reiteradas quejas de los vecinos llamaron la atención del municipio, que envió un camión atmosférico en búsqueda de la fuente de la putrefacción, imaginando que se trataba de pozos sépticos colapsados, pero no dieron en el clavo. Fue una cuadrilla de poda la que dio con la fuente de la podredumbre al adentrarse por error en la Finca Pereyra, afirman que al desmontar un muro de yuyos, fueron envueltos por un moscambre que llegó a nublarles la vista.

Lo que encontraron los dejo estupefactos: en uno de los cuartos de maquinas, ubicado por debajo del nivel del piso se encontraron con una pila de animales en descomposición, cientos de perros, gatos, tortugas, canarios y cuis. Era tal la podredumbre que aun retirando los cadáveres, el hedor siguió inundando el lugar durante semanas, puesto que los líquidos en descomposición se habían colado por la tierra y penetrado los muros de adobe.

Continuará…

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