Teóricamente hoy se celebra el día del hombre. Y digo teóricamente porque hay otro día, el 19 de Noviembre, que también festeja esta fecha. Más allá del establecimiento formal del mes, ambos días se basan en los mismos “6 pilares” que festejan esta condición:

  1. Promover modelos masculinos positivos: hombres de la vida cotidiana, que viven vidas decentes y honestas.
  2. Celebrar las contribuciones positivas de los hombres a la sociedad, comunidad, familia, matrimonio, cuidado de niños y el medio ambiente.
  3. Centrarse en la salud y el bienestar social, emocional, físico y espiritual de los hombres.
  4. Poner de relieve la discriminación contra los hombres, en las áreas de servicios sociales, las actitudes y expectativas sociales, y la ley.
  5. Mejorar las relaciones de género y promover la igualdad de género.
  6. Crear un mundo más seguro y mejor, donde la gente puede estar segura y crecer para alcanzar su pleno potencial.

Debo ser sincero… me generan cierto escozor estos puntos. En un mundo donde la igualdad es un motivo de lucha, porque hay gente que “pelea” para que se produzca, un mundo atestado de femicidios, violaciones, aberrante trata de blancas, violencia de género, acoso y mal trato general por parte de hombres a mujeres, no siento muchos motivos para “festejar” mi condición.

Tengo morbosos flashes de situaciones e imágenes tan cotidianas que me generan espanto y horror… un hombre apretando con sus manos el cuello de su pareja, viendo cómo se le va la vida entre sus dedos sin poder respirar, con sus ojos explotados por el miedo, mientras él presiona con furia; un decrépito inmundo metiendo su pene erecto en la vagina de una niña o de una adolescente aterrada; drogada o mal tratada. Un malviviente enterrando decenas de puñaladas en la carne indefensa de una pobre anciana, transmitiendo toda la furia que le tiene al mundo en cada estocada; una bestia penetrando a una mujer de manera obligatoria, en sitios inmundos, de una manera horrorosa, rompiendo su fragilidad; un obsceno comerciante sexual, acarreando en una oscura camioneta un puñado de chicas inconscientes, víctimas de un comercio nefasto, siendo tratadas como esclavas y venidas al mejor postor, o utilizadas como objetos sexuales de cualquier transeúnte; un jefe acosando a sus trabajadoras, sin siquiera medir su capacidad laboral, sino que ansioso porque le propicien sexo oral en su escritorio, como una muestra de poder, de altivez, denigrando a la mujer; un enfermo de celos que jala el gatillo en las sienes de una aterrada esposa, esparciendo por los aires su vida, para luego enterrarla en algún lugar o sumergirla en las profundidades del olvido; un enfermo mental que se aprovecha del estado de una chica en un boliche, acarreándola como un animal y abusando de ella como si fuese un pedazo de carne, para luego dejarla tirada en el medio de la nada; un espantoso viejo borracho, con olor a casino, a grasa de las capitales o a polvareda de los caminos, entrando a su hogar, ante la mirada aterrada de sus hijitos, descargando su incompetencia y mediocridad a puñetazos contra una mujer, pareja, hija o nieta.

Podría seguir vomitando ejemplos todo el día, porque esto que te cuento son cosas cotidianas, cosas que pasan todos los minutos, de todos los días, de todos los años, de todos los lugares del mundo. Y es así de crudo, así de cruel, así de cierto.

¿Qué modelos de “hombres” estamos promoviendo cuando juzgamos por distintas varas a los culpables según su billetera o fama? Cuándo la imagen lo es todo y nadie escucha las voces de las víctimas que alguien acarrea. ¿Qué contribuciones positivas estamos haciendo al mundo, si cada día aumentan peligrosamente los niveles de violencia y muerte? ¿Cómo vamos a crear un mundo más seguro si somos nosotros mismos los que corrompemos con la paz?

Nos escandalizamos por “esas feminazis violentas” que rompen un patrullero o pintan una iglesia, mientras los “hombres” bombardeamos en Siria un hospital, o libramos una cruenta y brutal masacre en el Yemen. Esas “locas de mierda” que salen en tetas nos sacan de quicio, pero son las armas empuñadas por hombres las que asesinan civiles desde 1996 en la República Democrática del Congo. Nos parecen denigrantes sus “¡vivas nos queremos!” o sus maneras de manifestarse, mientras los jefes del narco y la trata son en un 99% hombres. No entendemos cómo pueden pretender decidir qué hacer con su propio cuerpo, pero nadie pone en duda que hombres de guerra de Estados Unidos, desde el 11 de septiembre de 2001 (hace 17 años) decidan sobre la vida de la gente Afganistán.

Yo no encuentro motivo que celebrar, no me siento orgulloso de mi condición, ni me creo ejemplo de nada. No me agrada que me saluden ni siquiera que se intente enaltecer un día como este, porque nos falta mucho tiempo para realmente cumplir con alguno de esos 6 utópicos puntos que se plantean. Y mientras las mujeres sigan teniendo que luchar por algo tan básico y elemental como la igualdad, la seguridad y la posibilidad de decidir sobre sus vidas, este sentimiento no me va a a cambiar.

Compartí, no seas paco