– ¿Qué mierda? ¿Pero qué mierda paso? – gritó histérico Ignacio. Las palabras escapaban del entendimiento de Martin. “¿Cómo es esto posible?”, pensó. Miraba de reojo a Francisco que se golpeo con una tabla saliente del piso flotante y a Ignacio que gritaba desesperado. Su mente lógica reacciono, ese era su trabajo después de todo. Francisco era el valiente, él era el que los tranquilizaba e Ignacio era el relleno que le daba algo de humor a los videos, sin embargo ahora más que ser gracioso, era peligroso. Estaba entrando en pánico y lo peor de todo es que cada acción, cada palabra era subida en vivo a la plataforma social, no iba a poder editar esas cosas.

Se levantó como un torero a punto de ensartar un toro con una estocada final, sus ojos reflejaban decisión y certeza, como si hubiese encontrado la respuesta a una duda que lo martirizaba. Quitó las marionetas a su paso, notó el increíble peso que estas tenían a pesar de ser de no más de 50 centímetros de largo. Notó además que los torsos eran largos y que las extremidades eran cortas, era como si la persona que las fabricó encontraba algún placer bizarro en fabricar marionetas deformadas.

Aparto la ultima que tenía un disfraz de pirata,  la corrió con mucha fuerza y quedó a poca distancia de Ignacio, le dio una cachetada que retumbó en todo el hall y la cocina, parecía que la casa se reía en el eco que se repetía dentro de la habitación. “¿Cómo puede haber eco en un espacio cerrado?”, pensó mientras Ignacio perdía el equilibrio y casi cae al suelo.

– ¡Para un poquito pelotudo! – la templanza que caracterizaba a Martin se perdió por completo. Francisco lo miró de soslayo y se levantó rápidamente para detener una pelea que en verdad nunca iba a comenzar, Ignacio no se lo dijo, pero en realidad le agradecía el golpe, lo tranquilizó, no demasiado, pero lo calmó.

Francisco se paró de frente a Martin, dándole la espalda Ignacio. – Vos también cálmate.

Martin notó lo irritado que estaba, respiró profundo y se calmó.

– ¿Qué pasó? – le preguntó Ignacio, casi con miedo.

– No sé, tal vez el dueño colocó una trampa que se activa con algún mecanismo ubicado en piso de madera, nuestros pasos lo activaron y las marionetas cayeron sobre nosotros. No se olviden que la casa es de un cirquero. Ellos son muy ingeniosos, quizás preparó una broma para cualquiera que entrara.

Francisco lo observó con cara de que quería creerle e Ignacio con cara de que directamente no le creía. El ambiente era cada vez más tenso. Los suscriptores aumentaron de 600 mil a 850 mil desde que ingresaron. Eran tendencia en twitter e Instagram. Su fama creció exponencialmente. ¿Pero a qué precio?, pensaban los amigos.

– Veamos un poco de la casa y vayámonos a la mierda, me parece que con lo que nos pasó es demasiado para ganar un premio en YouTube – dijo Francisco.

Martin asintió – separémonos, veamos un poco acá abajo y después subimos.

– ¿Y la sombra que vimos? – Martin fulminó con la mirada a Ignacio.

– Era solo un animal Nachito – le respondió tratándolo como un idiota.

Los muchachos se separaron, Ignacio se quedó en el lugar filmando a las marionetas que se encontraban más cerca. Todas tenían un aspecto tétrico, algunas hasta mostraban dos o tres dientes en punta que se veían muy afilados, sintió el impulso de tocarlos. Al hacerlo comprobó que de hecho estaban afilados y parecían muy humanos. Eran como pequeñas agujas torneadas con un cuchillo oxidado.

Francisco se dirigió hacia la cocina, el aspecto era extrañamente enloquecedor, pero a la vez familiar. Le sorprendió el hecho de no encontrar suciedad en el lugar. Abrió una canilla y comprobó que la casa todavía tenía agua corriente.

– Martin la casa todavía tiene agua corriente – a pesar de que no era una pregunta, Martin así lo interpreto.

– Es una casa rural Fran, probablemente tiene pozo propio o la empresa reguladora del servicio no le interesa recorrer varios kilómetros para cortar el agua de una casa abandonada.

La respuesta les pareció pobre a los dos, entonces Ignacio refutó – o tal vez alguien vive aquí todavía.

Escucharon como Martin suspiró del otro lado del salón, era como estar en la niebla, las cuerdas  y las marionetas se enlazaban entre ellas y no dejaban ver nada a su alrededor. Se sentían en el interior de un laberinto de cordeles vivos, los cuales se veían amenazantes de atraparlo en cualquier momento para nunca dejarlos escapar.

Martin llegó al otro extremo de la habitación – Acá hay ventanas chicos – se acercó y miró la oscuridad infinita del campo. Podía ver con más detenimiento la parte trasera de la casa. Era espantosa, digna de una película de terror donde el asesino sale de la maleza como un león y mata a todos los protagonistas. Martin sintió un pequeño impulso en su espalda, la marionetas se mecían atrás de él.

Era como si algo lo hubiese picado en una fibra interior, tenía miedo, por primera vez en su vida se dio cuenta que es lo que sentía Ignacio. No le encontraba una explicación lógica a lo que sucedía. Retrocedió rápidamente hablando sobre cualquier cosa para que sus amigos le respondieran y así poder llegar a su encuentro.

– ¿Qué viste allá? – preguntó Francisco.

– Solo maleza y mamparas en cada ventana.

– Yo también vi mamparas, es raro.

– Es como si quisiesen tapar la visión al interior de la casa.

– Es una extraña forma de tapiar las ventanas.

– Llegamos al millón de suscriptores mirando en vivo – dijo Martin. No le dieron importancia, les pareció un logro vacío y en realidad los tres estaban arrepentidos de emprender esa exploración.

– Vamos al piso de arriba y vayámonos – dijo Francisco.

Llegaron a las escaleras, su aspecto era deprimente y rudimentario, los chicos subieron con cuidado al segundo piso. Cada peldaño era un rechinido que daba entender que la casa sufría un increíble dolor, el sonido era similar al de una tortura.

En la habitación de arriba habían cuatros puertas.

– Ahora no nos separemos – pidió Martin casi suplicándoles.

Los chicos avanzaron a una puerta donde rezaba un cartel con la leyenda: “taller y estudio”. Al abrirla Francisco palpó la misma electricidad que sintió Ignacio al ingresar a la casa. De pronto supo que detrás de esa puerta se escondía un secreto aterrador, el secreto del cirquero.

Continuará…

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