Una semana agotadora de trabajo estaba pasándome factura, probablemente las ojeras ocupaban la mitad de mi cara, el cuello tenso y un agudo dolor de espalda eran el martirio conjunto que señalaba que necesitaba dormir.

 

parálisis de sueño

Honestamente el sueño no ha sido mi mejor amigo, somos una pareja fracasada en una constante y tensa relación de amor – odio. Duermo por necesidad y evito hacerlo hasta altas horas de la noche, pero lo extraño cuando las fuerzas me abandonan.

Es entonces que con su resentimiento no viene, me evita y destroza de cansancio haciendo que llegue la luz del día dejando un harapo de mi pobre persona para todo el día. Esa fue mi semana, durmiendo poco y a deshora.

Como siempre las reconciliaciones son la mejor parte de toda relación tortuosa, el viernes a la noche caí rendida en sus brazos en medio de una película, con tanta pasión que casi tiro mi computadora.

Me levanté tarde, pero no fue suficiente, otro round de entrega profunda en sus brazos ocurrió después del almuerzo, sin despertadores ni ruidos, sólo estaba mi mamá y también descansaba en su habitación.

Pasó el tiempo, tal vez más de una hora, completamente relajada me desperté sintiendo alguien sentarse en la cama, su peso había hundido el colchón. Abrí los ojos aterrada, era una sombra difusa que tapaba la tenue luz de la ventana.

Intenté de despabilarme, era imposible, me sentía adormilada y confusa, aún ni llegando a la etapa de recién despierta. Intente incorporarme pero estaba atada de pies y manos, mejor dicho sujeta pero tampoco, una ambigua sensación me invadió reconociendo que mi cuerpo no me obedecía.

La desesperación me tomó por asalto, haciéndose un nudo en mi pecho que también permanecía sumido en el letargo de una suave y continua inhalación y exhalación. Aún así intente gritar, la primera vez solo salió aire, la segunda un suave “má” fácilmente confundible con una bocanada y por último un tímido “mamá” que no hubiera despertado a nadie.

Dejé de intentarlo, el letargo se apoderó de mí y volví a dormir plácidamente. Desperté horas más tarde, completamente repuesta y en plena tarde. Me senté sobre el borde de la cama y miré hacia la ventana, la luz cálida que entraba serenamente, sin límites, ni obstáculos, ni sombras difusas…un atisbo de horror me recorrió la espalda y ya con los ojos bien abiertos recordé haber sido presa de mi propio sueño.

Para más de mis pesadillas podés leer “Unos meses en cautiverio” o soñar con la serie “La dirección equivocada

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