Salí a caminar de noche. Era tarde. Muy tarde, y el resto de la gente dormía. Solo alumbraban las luces de una ciudad en calma, las autopistas vacías con pocos autos, con sus choferes desvelados, así como estaba yo.

¡Cuánto cansancio! Tenía tantas ganas de tirar todo a la basura, dejar de estar pendiente de cosas que escapaban a mi control. Y de pronto, entre tanta mundanidad, la vi. Estaba sentada en el banco de una plaza, sola, con auriculares puestos, morocha, de pelo corto, jovencita, de unos 20 años, tenía los ojos pintados y estaba tan abstraída de todo que no me vio cuando me acerqué.

¿Qué le iba a decir? ¿Que me había cautivado con solo verla? ¿Que iría a pensar? Me trataría de loca seguramente. Nunca me había pasado algo así.

“Tranquila” pensé. Para no andar alarmando a semejante ser intrigante, fue que me fui hacia el banco siguiente y me quede ahí. Observándola.

Ya llevaba casi una hora viéndola cuando de pronto, se levantó de su asiento, y se acercó a donde yo estaba, mientras que yo intentaba mirar a otro lado, fingir que no estaba ahí solo por ella.

– ¿Qué me mirás tanto? – Me dijo.

– Sería medio inútil decir que no estaba acá solo por vos, ¿verdad? – Le respondí.

– No serviría de nada – me dijo. Y, acto seguido, se me subió encima de las piernas, dejó en el piso una mochila que llevaba y me acercó su boca a mi oído derecho y me susurró – yo también te estaba mirando –  y después de eso y sin ningún aviso previo, me comió la boca de un beso.

Todo aquello me parecía un sueño. Nunca había sentido algo similar con nadie, y esa plaza a esa hora sólo nos pertenecía a nosotras. Mi mente se puso en blanco mientras que nuestros labios se conocían y se entregaban, el uno al otro, en una danza íntima e hipnótica.

Nada me importó, durante aquel beso, todo lo demás estuvo afuera.

Abrí los ojos y nos vi a las dos en medio de la madrugada.

– Ya es tarde – me dijo, – me tengo que ir.

Yo no quería alejarme sin esa chica que, en un beso, me había vuelto loca.

– Necesito saber más de vos, necesito verte otra vez – le dije.

– Una sola vez es suficiente – me respondió.

– Vengo solo cuando es necesario, hago que la gente se replantee su vida, haga algo para cambiarla.

Y tenía razón. Yo me sentía con ganas de cambiar todo y volver a empezar.

– No te voy a ver más, ¿verdad? – Le pregunté, con un dejo de tristeza en la voz y en la mirada.

– Una sola vez es suficiente – me respondió, y se levantó, me dio un pequeño beso de despedida y se fue caminando entre la niebla de la mañana naciente.

Quizá era verdad. No lo sé. Pero nunca más la volví a ver, y eso que volví varias veces a aquella plaza, en distintos horarios. Un beso así jamás nadie me había dado, y no creo que lo vuelva a sentir.

Tenía que cambiar mi vida y ella fue lo que yo necesitaba, un beso suyo, hizo lo necesario. Y debe andar por la vida besando a los incautos. A los que necesitan despertarse y no lo saben.

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