Se encontró confundido entre luces que lo cegaban y un repentino abrir de ojos, le costaba recordar qué hacía en una farmacia llena de ansiedades y medicamentos para serenarlas, parado frente a la farmacéutica, que lo miraba como esperando una respuesta, y por más que intentaba no tenía ni siquiera un indicio de cómo había llegado allí, mucho menos recordaba la pregunta de aquella joven mujer. Metió la mano en el bolsillo, sacó su teléfono y fingió que hablaba con alguien.
– Hola ¿sí? Ahora voy – guardó el teléfono y se dirigió a quien lo observaba con preocupación.
– Disculpe después vuelvo – Por supuesto, nadie creyó aquella escena.
Salió de prisa y con la expresión desesperada, caminó dudando de la dirección en que lo hacía y reprochando cada paso que daban sus pies, intentaba recordar en un esfuerzo sobrehumano, imploraba poder identificar algo que le explicara cómo había llegado hasta ese lugar, alguien que pudiera contarle cómo había llegado hasta ahí, por cual motivo tenía un puñado de caramelos en sus bolsillos y por qué solo recordaba a la mujer del vestido floreado sonriendo con el sol a sus espaldas, encandilando todos los demás recuerdos.

Ningún lugar le sonaba completamente desconocido, pero tampoco podía vislumbrar ni  un añejo recuerdo en ellos, una extraña segregación de adrenalina lo hacía caminar, y correr por momentos, algo lo impulsaba a andar unas cuadras más, como si al girar la esquina se daría cuenta de que todo era un extraño sueño.

Luego de recorrer más de quince cuadras sin rumbo ni dirección, la desesperación le hizo un nudo en la garganta, la vista se le nubló de lágrimas y un hormigueo le recorrió las piernas hasta dejarlo caer de rodillas. Rompió en llanto, y rendido en seis viejas y sucias baldosas imploró por el fin, ni siquiera sabía el fin de qué era que pedía, solo pedía un final.

Nadie parecía verlo, caminaban a su lado sin notar su existencia, agotado de llorar y de no poder recordar se puso de pié y revisó meticulosamente cada uno de sus bolsillos, quizás al menos así encontraría un documento o una libreta que lo vinculara de alguna manera, con alguien que pudiera ser su socorro.

En vano realizó aquella maniobra, ni un documento, ni una billetera, solo unos caramelos, un teléfono sin contactos, y un arrugado papel que decía “Let it be”, sintió un rayo caerle sobre el hemisferio izquierdo de su mente, recuerdos de él tocando la guitarra, partituras, libros y una infinidad de letras de los míticos Beatles.

Con una dolorosa cefalea, distinguió al otro lado de la calle un café y sin lograr leer claramente el nombre, cruzó improvisando, entró y dejó caer de manera pesada su cuerpo sobre una rechinante silla de madera.

Continuará…

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