Llevaban más de una semana caminando por una antigua carretera, costeando una ciudad que en su esplendor debió ser maravillosa. Grandes pirámides de metal se erguían cubriendo el cielo, rodeadas por autopistas de tras materialización que le permitían a los humanos en su época viajar a cualquier parte del mundo en solo segundos.

Bosques flotantes yacían en el piso, destruidos por la pérdida de la antigravedad que los mantenía en lo alto disolviendo el dióxido de carbono, pero como ya es sabido desde tiempos inmemorables, la naturaleza siempre vuelve para reclamar lo que suyo y los arboles volvían a germinar la tierra.

Los niños que acompañaban al anciano habían vivido toda su vida en una bóveda, no sabían que el mundo había sufrido un apocalipsis y que ellos, junto con el anciano, eran los únicos sobrevivientes. Damián, el mayor de los diez niños y por lo tanto el líder nato, miraba como la espalda del anciano trastabillaba con cada paso.

Desde que los saco de la bóveda debajo de la tierra, el hombre casi no hablaba, tenía un aspecto tosco y desgastado, como si hubiese estado bajo el sol toda su vida.

En la octava noche Damián no lo soporto más, quería conocer a aquel anciano, entonces se acercó y queriendo iniciar una conversación le preguntó:

—¿Porqué miras tanto a las estrellas?

El anciano sonrió sarcásticamente, como si conociera un secreto que Damián no supiese. —Hace muchos años que no veía la noche, había olvidado las estrellas—. Notó el cansancio de los chicos— creo que hasta aquí por hoy está bien. ¿O quieren seguir un poco más?

Todos se quejaron al unísono y al anciano no le sorprendió, pues sabía que habían sido concebidos y educados por máquinas.

Encendió una fogata, suspiró y observó cómo la rodilla de la constelación de Orión, Beathelguse, se extinguía lanzando débiles e intermitentes rayos de luz. Una lágrima surcó por las arrugas del anciano.

—¿Porque lloras? — preguntó Damián.

El anciano suspiro con amargura.  —Creo que es hora de que les cuente su verdadero origen, su historia, la historia de la humanidad.

Algunos niños se disponían a dormir, solo cuatro se acercaron alrededor del viejo para escuchar su relato.  — Hace mucho tiempo, en el año 2675, yo era un niño como ustedes, más o menos de su edad. En esa época circulaba una noticia que causaba alboroto en todo el mundo.

Íbamos a ser la generación que vería morir una estrella importante. Miles de hologramas y conexiones en red llegaban a mi mente y a la de mis conocidos todo el día, anunciando el día histórico que estábamos por vivir.

Aquella estrella que ven en el firmamento— señaló a Beathelguse— estaba a punto de explotar. Iba a pasar de ser una gigante roja a una enana blanca.

En ese entonces la tecnología era mucho mejor que la que conocieron ustedes en la bóveda de los Blancos, podíamos predecir todo, solo que el ego de la humanidad por haber concebido una utopía, era tan grande que nadie se tomó la molestia de seguir estudiando a Beathelguse, sabíamos que un día iba a llegar la luz a la tierra y con eso nos alcanzó.

Recuerdo ese día, todo el mundo esperaba que explotara y entonces la luz llegó, lo que no esperamos fue que su intensidad aumentara tanto. Nunca se termina de conocer al universo. La radiación fue tal que destruyó toda nuestra tecnología en el primer segundo. Todo funcionaba con electricidad y nos mal acostumbramos, la energía, el agua, la comida, todo era gratis.

De repente el mundo se detuvo. La gente se volvió loca, la sociedad mundial se vino abajo. La utopía que era el mundo y sus naciones murió ese día.

Varios niños se despertaron y se acercaron más a anciano.

—La tras materialización dejó de funcionar, nada conectaba al mundo, fue cómo volver a la edad de piedra— el anciano cubrió la cara con sus manos al recordar ese suceso tan doloroso. —Lo peor de todo aún no había llegado, faltaba más, al mes de comer animales y plantas de cualquier tipo, porque no sabíamos cómo cultivar o criar, los humanos empezaron a morir, los mataba la radiación, en solo un año la población se vio reducida a unos cuantos cientos de miles. Los que no murieron mutaron de dos formas diferentes.

Los que se llamaban: “Los Blancos” así mismos, sé volvían cada vez más inteligentes, lograron recuperar algo de tecnología y usaron la misma radiación para crear un nuevo tipo de energía llamada “Manganer”, la obtenían de la radiación y así fundaron una nueva ciudad que bautizaron como “La Roca”. Al otro grupo lo denominaron “Los Negros”, nuestra inteligencia quedó intacta, es más creo que hasta se redujo. La mutación los favoreció a ellos, y sin darme cuenta pase a ser un esclavo de su régimen. Ellos eran según decían, “el nuevo orden mundial”.

Yo deseaba la muerte, la anhelaba como mis compañeros, pero está nunca llegaba, ese fue otro cambio de la radiación, de alguna forma las ondas de la estrella modificaron el campo magnético de tierra, eso alteró nuestro ADN y ya no podíamos morir, Beathelguse nos sustentaba, nos hizo parte de ella. La estrella en el cielo era como un segundo sol en el día y un sol potente durante la noche que ya no existía.

El tiempo se hizo difuso, olvidé mi nombre y gran parte de mi vida. En cambio “los Blancos” mejoraban cada día, solo había una cosa que les preocupaba y es que la radiación nos hizo estériles a todos. La humanidad tenía los días contados, a no ser que encontraran la forma de engendrar vida…

Todo se diluía, todo estaba perdido, hasta que un muchacho, harto de los abusos, se volvió nuestro líder y nos convenció para que lucháramos contra los Blancos.

Pasaron varios años esperando el momento, las armas de los blancos eran devastadoras, usaban el Manganer en pistolas de pulsos magnéticos, estás alteraban la radiación a nuestro alrededor causando tumores y otras enfermedades, pero no nos mataban, solo nos causaban un dolor atroz.

Una vez que el líder nos contó el plan, todos accedimos, estábamos tan cansados…

—¿Pero ellos no tenían mejores armas?— interrumpió un niño.

—Era verdad— respondió el anciano— ellos tenían más tecnología, pero nosotros éramos más en número. En eso nos basamos para atacar y tomar La Roca.

Un día cuando volvimos del campo, todos llevamos armas antiguas, lanzas, palos, piedras, etc.

Nos reunimos frente a la casa gubernamental y comenzamos el ataque. Solo mil Blancos defendían el lugar contra cien mil Negros. Los Blancos aumentaron la potencia de sus rayos y vi como varios de mis amigos se pulverizaban.

Una vez que acortamos el alcance fue sencillo apuñalarlos y dilapidarlos, el ataque fue sorpresa, no lo esperaban. Reducimos el número en la entrada y tomamos sus armas. El combate se emparejó demasiado, yo me acomode al lado del líder y combatí con él hasta el final. Cuando terminó la revolución, solo quedaba yo. Entré a la casa, vi en era el año 3680, me di cuenta que viví más de mil años siendo un esclavo.

Me sentía devastado, era el último ser humano sobre la tierra y no sabía cuánto más iba a vivir. Caminé por el palacio con mi pistola en la mano, halle la bóveda y los liberé.

Los niños lo miraban sorprendidos y asustados.

—Cuando los saque me di cuenta que eran el futuro del mundo, ellos los crearon porque sabían que Beatheguse estaba a punto de apagarse y todos íbamos a morir con ella. Es extraño, apenas los libere la luz y radiación de Beathelguse desapareció. Solo me queda enseñarles a trabajar la tierra y así podré morir en paz.

Los niños se acurrucaron junto al anciano y allí se quedaron. El anciano miró al cielo por última vez esa noche y vio que al fin la estrella se apagó.

—Solo me queda darles un consejo antes de dormir. Nunca confíen su vida de todo a la tecnología, sigan su visión, su instinto. Después de todo los Mayas predijeron en su calendario el día que Beathelguse explotó, afirmando que un cambio drástico se avecinaba, la Biblia decía el mundo se iba a sumergir en guerra durante mil años. Tuvimos todos los datos, solo que no hicimos caso, nos creíamos mejores, superiores.

El anciano notó por la respiración de los niños que ya estaban durmiendo.

—La generación que vio morir una estrella— murmuró en voz baja y se durmió…

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