Escucho voces ahí fuera. Voces que, como aquél día, ignoraban el futuro.

Miro por la ventana. Allí los veo.

Dos niños estaban jugando con ella. Inquietos y exploradores por naturaleza, revolvieron sin saberlo un aluvión de emociones en mi memoria.

El destino quería que aquellos niños la encontraran.

-¿Recuerdas?-Preguntó el Fénix.

-Claro que sí. No has podido borrarlo.

El recuerdo aún seguía ahí.

Intacto…

Pequeños pasos marcaron su nacimiento. Yo no podía oírlos, escondidos tras el sonido que mis zapatillas rotas hacían al patear una desgajada pelota. Inocente paz en tiempos de oscuridad.

La nieve caía raudamente al son de aquellos pasos que avanzaban. Eran pisadas que apenas dejaban huella, pero que tampoco morían. Alas que todavía no volaban, pero que no dejaban de batir.

Fugaz paraíso de utopías que desaparece a cada parpadeo. La bestia crece lentamente, sin prisa.

Alguien me había visto jugando. El individuo se acerca a mí, viéndose reflejado en mi inocencia que no sabía de guerras. Me pidió permiso para jugar. Yo acepté encantado, viendo en él un nuevo compañero.

Un amigo. Un amigo lleno de medallas en el pecho.

Pateo la pelota, sin mucha puntería. Veo como rueda con suavidad y se detiene justo a los pies de un frondoso roble. El hombre sonrió, al tiempo que se apresuró a recogerla.

Súbitamente, se escuchó una explosión ensordecedora. Los pasos de la bestia resonaron con intensidad, viéndose animados con ello.

Recuerdos de un rojo que comienza a teñir y de sus contrastes en el blanco infinito. Rojo imposible en tiempo de paz. Rojo inevitable en la realidad que se abría ante mis ojos.

Subestimamos al que despacio va. Vemos debilidad en el, creyendo que nunca podrá alcanzarnos, que no tiene la valentía para lograrlo.

Pero esta vez el tiempo se vio superado. La bestia había crecido demasiado rápido. Sus alas se desplegaron y salió presurosa a mi encuentro.

Oigo voces que gritan y gente que se acerca hacia mí. Una presencia maternal que me abraza.

Mis ojos, ya vidriosos, se posaron donde había estado aquél hombre y luego lo hicieron sobre la pelota, sabiendo que nadie jamás volvería a buscarla.

Yo no lo haría jamás.

La nieve comenzó a cubrirla con furia, reflejo fiel de lo que yo dejaría en el camino. De lo que yo dejaba de ser.

Todo se volvió oscuro. La bestia apareció ante mí.

Solo yo podía verla. Solo yo podía percibir su presencia, tan injusta pero tan necesaria para afrontar el dolor de la pérdida.

Agitó sus alas con brusquedad, agradecida con su infeliz creador.

Solo cenizas quedan de aquel inocente niño. Cenizas sin valor que se dispersaban en una ráfaga de aleteos.

El Fénix se reflejó en mis pupilas. También lo hacía en las suyas.

Comprendí que era inútil luchar contra lo inevitable. Era necesario renacer.

Había llegado el momento de crecer.

Escrito por Mati Locamuz para la sección:

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