Me cuesta discernir con claridad que pasó entre febrero del 98` y marzo del 99`. La infancia era una ensalada agridulce, donde mis manos presentían un desarrollo sexual precoz, pero mi olfato prefería seguir jugando con la tierra mojada del patio. La espera del nuevo milenio y el iceberg financiero del 2001, ocupaban el centro de mesa en casa, mientras yo alternaba mi tiempo libre entre psicopedagogos y PlayStation. El ritmo de mis pensamientos, era desordenado, discontinuo. Más acorde al jazz del siglo XIX que al pop televisado de Cebollitas. Mi familia se balanceaba sobre la cornisa de un matrimonio detonado y tres hermanos borrachos que compartían mi crianza. En casa se hablaba mucho de mí, pero poco conmigo. Victoria, mi mamá, les contaba a sus amigas que era superdotado, mientras la directora del colegio le contaba a mi mama que a fin de año me expulsarían.

La escuela no admitía repetidores y yo tenía que aprobar Matemática, Lengua y Conocimiento del Ambiente para pasar a quinto. La atención dispersa tartamudeaba para no confundir palabras esdrújulas con números decimales y la ansiedad, que hasta entonces solo era una sala de espera para mi cumpleaños, se convirtió en un montón de suspiros. Diciembre ya no era el mes favorito del año y Victoria me declaró el estado de sitio.

– ¡Hijito todo el día frente a la pantalla!

– ¡Roberto, evidentemente este niño no entiende!

– ¡Papino, la fotosíntesis convierte el sustrato inorgánico en materia orgánica!

– ¡Francisco, no hay tiempo físico, vas a repetir!

Esa era la cadena nacional con la que despertaba cada mañana de mis vacaciones. Daba igual si era martes, sábado o domingo. Ya no habían planes de Mar del Plata, ni campamentos de verano, la televisión era limitada y los videos juegos estaban prohibidos. Las horas de enero no tenían otra alternativa que deshidratarse entre las páginas plastificadas del manual Estrada. Sin embargo, ni el tiempo, ni la pena alcanzaron para esquivar el nocaut del último examen. La profesora nunca me lo entregó, simplemente lo llevó hacia la dirección y me pidió a cambio el cuaderno de comunicaciones.

-“Señores padres;

Se les informa que el alumno Francisco Lucas, no cumplió con las condiciones necesarias para pasar al siguiente ciclo lectivo. Por motivos institucionales el colegio no permite su continuidad en el establecimiento.

Saludos cordiales,

Dirección del Bachillerato Artístico y Musical – Niños Cantores de Mendoza.”-

La noticia fue muy polémica en casa y en el barrio. Si bien era casi un requisito entre mis hermanos repetir al menos un año escolar, yo lo hice en cuarto grado de la primaria. Para el qué dirán, mi situación tenía más que ver con una enfermedad terminal que con un problema de aprendizaje. Mi vida era la relación dialéctica entre un niño atípico y el vagabundo de la esquina. Como dije antes, no entendía muy bien que pasaba, pero podía sentir como un chorro amargo me atravesaba el esternón varias veces al día. De grande, me enteré que eso era gastritis nerviosa.

Fue así, que por primera vez sentí vergüenza. Pero no una vergüenza pasajera o un mal momento. La humillación era full-time y parecía no querer nunca bajar la guardia. Si me preguntaban la edad, respondía un año menos. Si juraba la bandera, lo hacía dos veces. Si mencionaban la secundaria, me largaba a llorar y me volvía corriendo a casa.

De golpe abandoné la doble escolaridad para sumergirme en lo profundo del colegio público y probar la nicotina, el colectivo de línea y el sexo oral. De ese modo conocer a Mauricio y armar mi primer banda, también conocer a Juan Andrés y con él la matineé. Enamorarme allí de Gimena y coger en los monoblocks del Champagnat. Cruzarme en la calle con Joel y Gino y agrandar mi familia. Topar con la esquina y empezar a escribir. Egresar de la secundaria y enamorame con Valeria. Probar el amor, el dolor y las drogas duras. Romper con la resaca y estudiar Comunicación. Apostar el desconsuelo con humor y la nostalgia con alegría. Terminar de nuevo con Gimena y dejar de vivir con Romina.

Desde aquel marzo del 99´, mi vida se trató de una sucesión imperfecta de eventos insolentes y afortunados. En fin, repetir cuarto grado, fue lo mejor que me pasó en la vida.

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