Me encantaría ser dueño de verdades que por lo menos a mi me convenzan. Tener la certeza sobre, al menos, lo más mínimo y poder regocijarme con mi hallazgo. Pero nada… cada verdad que creo haber descubierto algo, es solo un velo más en una infinidad de velos, es solo una capa menos, una cáscara menos de un fruto inaccesible, es solo un envoltorio más de un regalo que todavía no conozco.

Ilumino vagamente verdades como cavernas con tan solo un fósforo, tarda segundos en apagarse y quemarme los dedos, haciéndome sentir el dolor, que es lo único tangible que queda previo a la oscuridad nuevamente. Buscar duele…

Pero ¿cómo iluminar estas verdades cuando los vientos que corren son poderosos, las lluvias aguaceros y sostenemos fósforos vulnerables y frágiles? ¿Cómo y qué intentar ver si nadie conoce, nadie tiene la certeza de que es lo que hay más allá, de que es lo que se busca o que es lo que se encuentra? ¿Que se halla cuando se encuentra lo buscado? ¿Y si lo encontrado hoy es una certeza que en un futuro cambia? Porque cambia… todo cambia.

Padecemos una ceguera transitoria, que a muchos le dura toda la vida. La oscuridad nos permite mantenernos al margen, escondidos de los embates de la vida, al acecho de algo que no sabemos, pero que esperamos. Ocultos, tranquilos, no estamos a la vista de nadie, cómodos y en paz, agazapados. Pero ¿cómo conformarse con la mediocridad de lo gris, si sabemos que existe esa luz que nos puede mostrar el camino? ¿Cómo estar en paz viviendo una vida tras las sombras, al margen de la historia y los acontecimientos? ¿Cómo sentirnos vivos si lo único que loamos es la tranquilidad? La vida es buscar… pero para algunos. Y el que busca no encuentra.

Salir a buscar esa luz es lo que nos hace personas y nos diferencia de los animales, salir a buscar eso que no sabemos, que no conocemos, que quizás ya varios hayan encontrado, o quizás no. Y no todo en esta búsqueda es malo o peligroso. Seguramente hallemos manos que nos acompañen o que nos pidan compañía, hombros en los que apoyarnos o brazos que necesiten nuestros hombros de apoyo, botas para caminar o pies descalzos para compartir, empujones, apretones de manos, abrazos, besos, caricias y palabras de aliento. Y sin dudas muchas veces vamos a estar solos.

Quien se inicie en este viaje corre riesgos y el riesgo es simplemente la incertidumbre de no saber qué puede pasar, pero en esta incertidumbre caben tanto posibilidades negativas como positivas, entonces solo queda animarse y recorrer la oscuridad, esperando lo que nos toque esperar. Y quien decida no salir de esa paz que brinda la oscuridad, pasará inadvertido, no dejará rastros de nada, será una vida más en un mar de vidas, un grano de arena en un desierto, una hoja en un bosque, como tantos otros, como tantas hojas.

Lo importante es aprender a no quemarse los dedos y lograr prender un segundo fósforo con el primero. No parar nunca de buscar la luz, no atemorizarnos ante el dolor de quemarnos o sofocarnos por la oscuridad total, sino que seguir y seguir, buscar y buscar, iluminando paredes y rincones y reteniendo cada centímetro de paisaje. Quizás así logremos configurar, al menos en nuestras mentes, el mapa de la vida.

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