El Tulio lo vio entrar al café abatido como nunca. Hacía algunos meses que su semblante se veía alicaído y triste, ni siquiera se entusiasmaba con las charlas junto a Horacio, el vendedor de sellos de la galería Ruffo, sobre mujeres imposibles, entre ginebra, tango y mal de amores. Ese medio día gris se sentó en la mesa del fondo, y le pidió al camarero un café doble bien cargado y una lapicera, había perdido la suya en el camino. El Tulio le llevó la encomiendo.

No había vivido muchos años para definirse como un hombre de experiencia, pero si transitado los suficientes como para ser sincero con él mismo y reconocer que los años se le escapaban sin hitos o historias contundentes, de esas que dejan alguna que otra huella en el mundo. No recordaba nada trascendente ni importante, nada realmente de valor. No sabía qué contar cuando le preguntaban por su vida, por su pasado, por quién era o qué quería ser. Un puñado de cosas materiales, un sueldo incómodo de empleado estatal, un grupo de amigos que pululaban en el café Isaac Estrella, viernes de timba, sábado de flirteo y un manojo de revolcones tardíos en los recovecos de su departamento. Situaciones simples, pero siempre adornadas por tormentosos desenlaces.

Por todo esto había decidido hacer una lista, donde iba a escribir lo que más recordaba y reconocía, su atropellada manera de vivir. No sabía el motivo que lo llevaba a escribir algo tan triste como sus errores, pero se había decidido a hacerlo y estaba empeñado en eso. La lista de sus equivocaciones.

Comenzó escribiendo uno a uno sus defectos como persona, como animal social, detalló todos y mientras lo hacía pensaba en las veces que había materializado estos defectos en hechos, las veces que los había hecho tangibles. Se acordó de todas las personas que se habían visto perjudicadas por culpa suya y también anotó al lado de cada defecto el nombre de esa persona en cuestión. Nombres propios le retumbaban en las sientes, como martillos que el tiempo no logra olvidar.

Terminado con sus defectos, prosiguió con las características de su propia personalidad que a él mismo le afectaban. Su instinto autodestructivo y los permanentes atentados contra su salud. La lista fue un poco menos extensa, pero mucho más decadente y horrorosa. Una oscura mixtura de drogas sociales y vicios mundanos que le ennegrecían los pulmones y el alma.

Luego escribió una a una las cosas que había hecho mal, aquellas por las que volvería el tiempo atrás para cambiarlas o no hacerlas. Recordó cada momento en los que decidió no estar vivo o no haber actuado de ésta o aquella manera. Esta parte no incluía todos sus errores, sino aquellos por los que retrocedería en el tiempo para evitarlos. La tarde se fue apagando y el café se fue quedando vacío.

Tantos malos actos y obras le dieron como resultado una gran cantidad de personas que habían pasado por su vida. Como la lista tenía por objeto expresar sus falencias como ser humano, comenzó a escribir los nombres de la gente que se alejó de él, que había perdido y que hoy extrañaba, porque su ausencia lo hacía sentir menos humano. Escribió uno a uno, con nombre y apellido. Recordó con nostalgia la distancia que había tomado cada cual, lo poco que hizo por retomar contacto, reparar cicatrices, a veces imposibles, pero muchas otras subsanables. Maldijo su soberbia y egoísmo. Hay personas que es imprescindible no traicionar… y él lo había hecho.

Prosiguió con la cantidad de tiempo perdido, de actos inconclusos que hoy lo esclavizaban, recordó aquellas horas de su rutina en las cuales cada segundo se transformaba en hora y cada hora en día y así sucesivamente cómo se iba llenando de a poco su vida, con situaciones vacías y monótonas, los riesgos que decidió no correr, las oportunidades que dejó pasar, las veces que no se animó, los “no” que dijo, las puertas que cerró, las personas que defraudó por egoísmo y por ponerse primero él delante de todo.

Concluyó que la mayoría de sus días habían pasado como un barco de papel sobre un río, el cual está a merced de lo que el agua le depara. El último sorbo de su tercer café frío le dejó el sabor de haber transitado sus días sin crecimiento, sin disfrutar del exquisito sabor que a veces tienen los fracasos, sin vivir. “Quien siempre gana, nada sabe de la vida”, pero quién nunca arriesga, tampoco.

De pronto, al observar aquella lista que pretendía ser autodestructiva, notó que su vida se resumía en esas líneas, en fragmentos vacíos, de los cuales resumía que había sido parte de la mediocridad del ser, esa maldita costumbre que lo atestaba de seguridad pero lo ataba en el tiempo hasta el final.

Su cabeza empezó a dar vueltas, a recorrer distintos momentos de su vida, repasó lo escrito, mientras maldecía su comodidad. Su corazón comenzó a latir más rápido, los recuerdos volvían a doler, una vida plagada de indecisiones y errores lo agobiaban.

“La maldita comodidad”, retumbaba una y otra vez en su cabeza mientras su cuerpo indicaba que había perdido el duelo. Entonces miró por la ventana hacia la calle oscura. Las luces taciturnas tornaban todo de un amarillo gastado. De pronto se detuvo en su reflejo… su rostro tranparente mientras la gente y los autos pasaban detrás, sin reparo, ni prisa, ni pausa, sin sospecharse de él. Miró sus manos, se tocó las palmas… aún estaba vivo, aún tenía tiempo. Una pequeña utopía de un mañana mejor le susurro al oído y de pronto, sin más aviso, comenzó a desvanecer hasta quedar rendido en la mesa que adornaba aquel viejo café, perdiendo en su propio duelo.

La lista estaba terminada, sobre un gran bloc de hojas que aún quedaban por escribir…

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