Siempre tuve por costumbre hacer escapadas de fin de semana a la provincia de San Luis, salía del trabajo y luego empalmaba por la Ruta Nacional 7, no tenía un destino fijo, aunque siempre prefería El Volcán, Potrero de los Funes o El Trapiche, algunas veces hasta Carolina, previo baño termal en Balde. Donde me pintaba me quedaba, era indistinto para mí.

Era un verano de los calientes, las agujas del reloj se acariciaban allá en lo alto, mediodía, llegando a la zona de El Volcán una sensación extraña me decide a parar y quedarme en el lugar. Entro al estacionamiento de una hostería, luego a la recepción, me presento al recepcionista y pido alquilar una habitación con cama matrimonial y televisión, pregunté si había disponibilidad y recibí por respuesta que el sitio estaba vacío.

Me acomodo y desempaco las pocas ropas que había llevado, en extremo cansado, si apoyaba mi cabeza en la almohada no me levantaría por todo el fin de semana… hago el esfuerzo, me calzo las chancletas y me mando a la piscina, no muy grande no tan chica y rodeada de un parque, contiguo a él… La Hoya, una falla geológica con forma de pileta en piedra en el río Volcán; detrás la ruta y luego una fonda muy pequeña.

Un calor de locos, ni lo dudé, al agua pato. Después de un clavado y algunos largos me dio hambre, crucé a la fonda, un cartel a modo de propaganda y un aroma irresistible me indicaban que el menú del día era chivito con papas al horno, a eso le sumé un pan de campo, un malbec mendocino, flan casero con dulce de leche y delivery a la hostería.

La siesta se presentaba y se despedía la mañana, adentro y sin saberlo, cambio de turno y un nuevo empleado. Me arrodillaba ante el Supremo y pedía que el almuerzo llegara, salí de la piscina mojado y me mandé a la recepción, ante mis ojos la recepcionista. Aquellas súplicas por hacerme de sustento fueron un maná llegado desde el jardín del edén en forma de fémina, en mi mente muchas preguntas y ninguna respuesta, no pude dominar mi boca y menos mis labios, y de ellos:

 “No hace falta que digas algo, el silencio lo dice todo, tu mirada habla y mis palabras sobran, Dios no encuentra consuelo y los ángeles lloran, el Cielo ha perdido su estrella más perfecta y la Tierra ha ganado su más bella señora”.

Un silencio sepulcral en la recepción, choque de miradas, los milisegundos corren en pos de los segundos, el tiempo es tirano y algo tengo que decir; frente a mi… una mujer de una etnia desconocida hasta ese momento: piel canela -no muy alta- su frente estaba al mismo nivel de mi boca, cabello azabache con risos claros, ojos rasgados color miel y labios carnosos con tintes rosados; trajeada con pantalón y saco azul, camisa blanca y zapatos negros con taco bajo.

Sentí en mi interior que mi instinto y mi inteligencia estaban librando una batalla, por la forma de mirarme supuse que a ella le ocurría lo mismo, con la diferencia que los contendientes eran su mente y su corazón; ambos ejércitos de neuronas tenían por objetivo confrontar en el combate de la seducción.

No podía extender más mi silencio, ella así lo había dispuesto; veo que se abre la puerta de entrada, era mi almuerzo y mi salvación, sin bajar la mirada y sin esperar respuesta dije… ¡esta noche cenamos! No fue pregunta ni invitación, tampoco esperaba un sí o un no, el paso del tiempo y el transcurso de las horas serían testigos de la aceptación o no a mi propuesta, estaba planteado así y era una cita. Dejo la recepción y le indico al delivery la ubicación de mi habitación, le pago y pregunto…

– ¿Habrá alguna posibilidad que me alquilen la fonda desde las 20 hasta las 23 horas, que no abran al público y menú especial para dos?

– No sé, debo preguntarle a la dueña – contesta el delivery.

Era una jugada muy arriesgada, no sabía qué decisión tomaría mi dama. Regresa el delivery, no hubo problema y pactamos el precio, todo incluido. Sin darme cuenta la puerta de mi habitación había quedado entreabierta, podía escuchar una voz en la recepción, era ella, hablaba con una señora y le pedía que le trajese un vestido, cerré la puerta.

Luego de comer y beber, opté por una siesta. Me despierta el ruido de una ducha, pensé que habían alquilado a alguien en la habitación contigua, fui en silencio a la recepción, no la vi a ella, volví a mi cuarto. Indirectamente me estaba enviando un mensaje, podría haber tomado cualquier habitación, quería que la escuchara; no dudé ni un instante, ingresé al baño y comencé a ducharme.

Era una situación compleja, estuvimos por una hora bajo del agua, una pared nos separaba; en mi interior sabía que debía terminar de bañarme primero, así lo hice, ella prosiguió por media hora más. Ya tenía definido mi vestuario, previo, crema y hoja para afeitar, algo de desodorante y un poco de perfume, mi pelo aún mojado. Salí de la habitación y fui directo a la recepción, opté por mirar al parque en espera de lo que vendría.

Son las 19:55 horas y el ocaso se acerca, siento un perfume y la portadora se aproxima, doy la vuelta y acompaño con un paneo, comienzo en sus pies… subo lentamente… termino en sus ojos. Confirmo lo del vestido, era blanco y por sobre sus rodillas, se marcaba levemente su ropa interior y arriba nada… espalda descubierta era la escusa.

Yo había generado el noventa por ciento del encuentro, ella tenía que colaborar y hacerse cargo del resto, así lo hizo; apoyaba toda su estructura física en la mía, antes mi boca llegaba a su frente, ahora boca con boca y frente con frente, zapatos de taco alto con talón descubierto la elevaban más cerca del cielo; rozó mis labios y yo los suyos, ya no eran de color rosa sino rojo fuerte y ardiente.

Ofrezco mi mano derecha y ella toma mi brazo… cruzamos la ruta y llegamos a la fonda, un lugar discreto casi en penumbras alumbrado con algunas velas, piso en piedra laja negra, paredes con ladrillo visto y techo de cedro, no más de 5 mesas y una pequeña barra -en su centro- un Cristo crucificado mirando al frente, y un cartel en la puerta “Cerrado hasta las 23 horas”. Nos recibe la dueña, me pareció una señora entrada en años, no podía distinguirla muy bien.

Nos sentamos… la anciana desde las sombras pide sacarnos una foto de recuerdo, luego del clic… trae un malbec, no no, un cabernet sauvignon por favor, necesitaba para esta velada un grado más de alcohol. Comenzó la cena, pactamos sin decirlo y dándolo por entendido, que fuera en silencio y sólo intercambio de miradas, para qué más, los latidos de nuestros corazones eran los que hablaban.

La entrada, de base una media luna de melón de un lado y una de sandía del otro, ambas formaban una circunferencia perfecta y cubrían el plato casi por completo, por encima ensaladas verdes. Luego el primer plato y otra botella de vino, lomo mechado con salsa cuatro quesos y vegetales varios; se disculpó y pidió ir al baño; recién ahí pude verla por detrás, confirmaba que su espalda estaba descubierta, no había mentido.

Regresó… previo a sentarse subió su vestido a medio muslo, luego cruzó sus piernas y se sentó, lo que produjo que ese ruedo llegará más arriba de lo esperado, casi al límite de su intimidad. Al final… el postre, pensé… si la anciana se había lucido en los primeros dos platos, seguramente nos deslumbraría con una obra maestra culinaria.

Me equivoqué, no fue así, puso en el centro de la mesa una manzana, un papel escrito y unas llaves, luego se dirigió a la barra y dio vuelta al Cristo crucificado para que no observara, después llegó hasta la puerta y colocó un cartel “Cerrado el fin de semana…”, y se fue.

Qué paradoja, me había puesto en una encrucijada con más un algoritmo que debía resolver; entendí que el lugar quedaba a mi disposición, al dar vuelta el Cristo crucificado era evidente que habíamos sido libertados de culpa y cargo, pero no capté lo de la manzana; leo el papel que decía Génesis 3:1-24, recordé en el pasaje bíblico a Adán, Eva y el fruto prohibido en los inicios de la creación.

Mi dama arrebató la manzana de mi mano y se deslizó sobre el asiento de la silla y dejó un espacio entre su espalda y el espaldar. Era mi oportunidad de actuar, me incorporé y me senté detrás de ella, yo pujaba hacia adelante por más espacio y ella lo hacía en sentido contrario, no mediaban palabras entre nos, era hora de empezar a conjugar el verbo “amar” en todos sus tiempos verbales.

Mi objetivo su punto G… era evidente que su espalda y muy amplias caderas eran el punto A y el B… comencé a respirar en sus oídos y su piel se ruborizó, había encontrado el C… algunos besos en su cuello y por la presión que ella ejercía en mis labios, supe que era el D… pasé mis manos por sus muñecas y brazos hasta sus hombros, no surtió el efecto que esperaba, debía cortar camino por algún lado me urgía bajar, lo hice rozando con mi dedo medio sus pechos, seguí por debajo de sus axilas y de ahí me propuse llegar hasta su cintura, obtuve una sonrisa seguido de un gemido, llegué al E y el F, uno en cada costado.

Luego la gran duda, ella bajó su vestido hasta sus rodillas y cerró sus piernas, un mensaje encriptado, millones de combinaciones posibles y una sola clave, si me equivocaba su sistema sexual se reiniciaría; sabía que mi dedo medio había sido un soldado fiel y lo ascendí a cabo principal, lo puse al frente de cada mano -meñique, anular, índice, pulgar- conformaban el resto del escuadrón, uno en cada flanco y juntos en avanzada tomaron por la parte interna de ambos muslos, llegué hasta su intimidad y logré divisar una ínfima bandera blanca a modo de rendición, era su ropa interior.

– De su boca escucho, es mi primera vez…

– Con la mía contesto, será mi última vez…

Alguien golpea muy fuerte la puerta, las velas se apagan y todo a mí alrededor se oscurece; siento que llaman, pasan varios segundos y abren la puerta, era el recepcionista de la hostería; yo no entendía nada y estaba empapado en sudor.

– Disculpe Señor, me pidió que no lo molestara el fin de semana, no salió de su habitación ni a tomar agua desde el sábado al mediodía y estamos a lunes…

– No, no… disculpá, estoy algo confundido, pero… estuve en el parque y la piscina, luego el delivery con el almuerzo y la recepcionista de la tarde…

– Dudo que haya venido alguien de la fonda, están de velorio, hay un cartel en la puerta que dice “Cerrado el fin de semana… por duelo”, el sábado al mediodía un rato antes que usted llegara nos avisaron que había fallecido la dueña. Soy el único recepcionista en el lugar y a medio turno por la mañana, nadie más.

Me levanté… salí de la hostería y fui a la fonda, había un cartel que indicaba el lugar del velatorio. Llego y entro, doy el pésame correspondiente a cada uno de los presentes y escucho de ellos la antigua tradición que al morir virgen una mujer la visten de blanco, luego ingreso a la sala mortuoria y a los lejos diviso a la difunta; a medida que me acerco veo que sus facciones son de una etnia que había visto una sola vez en mi vida.

Miré para todos lados y cuando nadie me observaba corrí el tul apuntillado y descubrí su torso, el vestido blanco me era familiar y aunque se veía avejentado estaba muy bien cuidado; entre sus manos una foto muy antigua y desgastada por el paso del tiempo, comencé a observarla y noté una pareja joven, me acerqué para verla mejor… era la recepcionista y a su lado estaba yo…

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