Estaba sentado en la orilla de la entrada, esperando que se hiciera el café. Fue un miércoles, el primer miércoles frió de otoño, la gente pasaba deprisa ante mis ojos atentos al movimiento de afuera. Eran las 14:30  y las nubes pintaban un cielo gris, ese que en cualquier momento descarga una lluvia, y así fue.

Las gotas danzaban al compás de los pasos presurosos de la gente que aceleraba su marcha para no mojarse, aquel aroma a café brotando de entre mis manos que sostenían el vasito, y el petricor, una dádiva de los días grisáceos.

Me dispuse a escribir unas líneas en un pequeño borrador que guardaba en un bolsillo del saco, mientras seguía apreciando como las gotas tocaban el suelo y se desvanecían, formando unos cristalinos charcos. Traté de escribir un pequeño verso si quiera, pero mis letras, como la lluvia que surgía de la nada, se desvanecían antes de tocar suelo, solo terminaban formando una hoja en blanco cuasi trasparente como esos charcos sobre mis pies.

No tenía ni un cuento que contar, ni algo sobre que escribir, a lo mejor no tenía nada para escribir. Quise, al menos, anotar algo en esa hoja en blanco, así que solo trate de soltar unas palabras, unos versos para alguien, una desconocida por conocer, alguien anónima pero que imaginé en mi cabeza. Ella, la sin nombre, tenía una mirada de esas que no podes escapar, esas que te cautivan si las miras fijo y todo alrededor se ralentiza, y quedas perplejo por un instante, efímero, ínfimo pero intenso.

Volví a darle un sorbo al café antes que se enfriara por completo, dejé el cuadernillo en un costado y seguí pensando, ¿Cómo sería la mujer a la que todavía no conozco pero le escribiré en un futuro? Tomé mi birome.

Sus ojos me dibujaban una sonrisa al verlos, de esas que no podes evitar soltarlas.  Y ese pelo liso, que caía sobre sus hombros, tan liso, tan delicado…

Sin darme cuenta, estaba sonando mi teléfono, al mirarlo me percaté que debía entrar a cursar. Tomé deprisa mis cosas, deje el café a medias, guardé la birome no sé dónde y abrí la puerta del instituto.

Después de sentarme, y prender la computadora, saqué la birome, pero no tenía en mi bolsillo el cuadernillo borrador. ¿Dónde lo guardé? ¿Lo guardé a todo esto? Casi con pudor volví a salir después de haber entrado tarde. Pero fue en vano, estaba solo el vaso con el fondo de café frio, pero mi borrador desapareció. Levanté la mirada, y la vi. La vi a ella saliendo del kiosco junto al instituto. Casi en cámara lenta la vi acercarse hacia mí, mientras, sin saber porque, yo ya estaba soltando una animosa sonrisa al aire. Se acercó casi a centímetros de mí, y me revolucionó las pulsaciones a mil. Esbozando una sonrisa sacó algo de entre sus manos, y lo dejó en mi bolsillo mío que tenía mi saco.  Y antes que pudiera reaccionar se fue. Y se perdió entre la lluvia. Miré mi bolsillo y era mi cuadernillo. No supe que había pasado, pero no me quedo otra cosa que hacer más que volver a entrar al curso. Al entrar observe por la ventana, y había dejado de llover. Hojeé las páginas y faltaba la hoja donde había anotado lo de hace un ratito afuera. Lo miré de nuevo y no estaban, pero había otra cosa escrita, unas iniciales…

“E.F.”

Compartí, no seas paco