Entonces llegó el día en el que nuestro mundo colapsó, tocó fondo, sumido por los vicios más oscuros del ser humano. Valores como la tolerancia y el respeto eran cuestiones tan olvidadas como el uso de razón. Guerras atroces se libraban a lo ancho y largo de su extensión mientras que fábricas como monstruos consumían recursos y vomitaban veneno para sustentar la maquinaria bélica. Nada podía parar la sed de violencia que reinaba en el hombre, los niños nacían guerreros y si lograban sobrevivir hasta la madurez, se volvían despiadados asesinos. Aquel día, el creador del universo decidió venir a la tierra a ayudar al hombre, con la seguridad de que el libre albedrío había fracasado estrepitosamente.

Al llegar no tardó en percibir el trasfondo real de toda la división: el dinero. Disfrazadas de políticas o religiosas, las batallas en el fondo eran por poder económico. Era tal el afán por el metal que todo abuso de poder estaba avalado. Quedó espantado ante la situación. Vio como la gente luchaba por ideologías absurdas, caducas, oxidadas y obsoletas. No comprendió porque continuaban defendiendo algo que la misma historia había demostrado como inútil e inadaptable. Observó en lo que habían devenido las políticas de todas las ideologías y el resultado que habían tenido en las estructuras económicas y en los países, en la cabeza de la gente, se alarmó ante las enormes diferencias sociales, la marginalidad y la pobreza extrema de gran parte del mundo, causante de hambre y analfabetismo. Al contemplar los íconos y referentes mundiales, no pudo más que espantarse ante semejantes personajes. No comprendió como aquella gente tan poco humana podía manejar los hilos de los pueblos, como pretendían ser la imagen de sus naciones, como así tampoco comprendió como podía haber personas que toleraran aquello y profesaran una especie de culto hacia alguien tan desagradable. Se extraño al ver cómo el hombre rendía honores a antiguos estandartes, marchitados y desvencijados, personajes de antaño que nada trascendente le habían dejado al mundo. No entendió porque el humano seguía defendiendo y luchando por muertos que habían dejado el desastre que hoy era la tierra, ¿Cómo podían seguir desuniendo aún muertos? Entonces tomó la decisión de eliminar del mundo todos los males, con el mismo rigor que el hombre actuaba, hacer real el apocalípsis imaginario.

Con un simple chasquido, eliminó de la faz de la tierra a todos los dirigentes políticos corruptos, quedando solo un pequeño puñado en todo el planeta. Después decidió suprimir toda frontera, todo límite geográfico y en un segundo ya no había más mapas ni divisiones políticas. Unificó en un abrir y cerrar de ojos el lenguaje, no habrían más barreras idiomáticas tampoco.

Caminando entre las calles, observó cómo las religiones fomentaban el fanatismo y generaban una inmensa brecha entre los hombres, al punto de llevarlos a matar por verdades cambiadas y argumentos obsoletos. La única certeza que tenían era la de ser dueños de la razón. No le costó darse cuenta de cómo el hombre había podrido las ideologías sagradas de cada culto acomodándolo a su gusto, sin divinidad presente, tampoco entendió como los hombres sin fe ni creencias habían, inconscientemente, instaurado su propio culto y fanatismo contra las religiones. Entonces decidió acabar con todo credo y adjudicarse él mismo toda la creación ante los presentes. Por ende, hizo desaparecer a todos los fanáticos, tanto religiosos como científicos.

Su paso por el mundo continuó. Se le hizo imposible entender cómo el color de la piel podía generar odio y diferencia entre las personas, algo tan superficial, la cual varía simplemente para adaptarse al clima y nada más. Sentenciaban a un recién nacido por el simple hecho de nacer de color, sin siquiera haberlo visto caminar. Y como una secuencia horrorosa vio como el mundo a través de los años se había enfrentado por la tez. Guerras entre hombres azules, rojos, negros, blancos, amarillos, naranjas, matándose entre sí, destrozando pueblos y culturas por simples caprichos. Entonces decidió que todos fuesen de un mismo color, un color nuevo, distinto a todos los existentes. Abrió los ojos y decidió que todos serían verdes, además liquidó en el mismo instante a todos los xenófobos. No más diferencias de piel.

Era momento de darle un respiro a la naturaleza, así que con solo pensarlo se desaparecieron todas las fábricas, las minas, las armas y las industrias contaminantes, como así también el petróleo y los combustibles fósiles. No habrán más guerras por los tesoros de la tierra.

Aún así quedaba mucho por hacer. Asqueado vio como el hombre había perdido los conceptos de ser humano, atentando día a día contra la vida de los otros y contra su propia vida, pudriéndose, maltratando a los demás, haciendo daño a quien se pusiera en su camino, incluso hasta él mismo. Horrorizado contempló cómo se vendían mujeres y niños como mercadería, cómo se bastardeaba a los ancianos, cómo se traicionaba principios, con qué facilidad se corrompía el alma. Una lágrima transformo su furia en lástima, pero no vaciló en hacer desaparecer a todo el que atentase contra la vida de los demás o la suya propia. Y así, muchísimos desaparecieron. No habría más injustos en el mundo, nunca más.

Había que eliminar el mal de raíz y debía dejar un mundo para aquellas personas dignas. Estaba resignado y defraudado de su creación, pero creyó que aún quedaban seres que valían la pena, que merecían vivir en armonía. De nada servía dejar vestigios del mal, así que como instancia final eliminó a todo aquel que hubiese roto con los principios básicos del ser humano. Quizás debería haber empezado por aquí y no haber sufrido tanto.

Tan ardua misión lo había dejado abatido. Antes de volver caminó por muchos pueblos, observando la soledad en sus calles, el silencio del vacío. Anduvo por ciudades y valles, sin siquiera encontrar un alma en pié, contempló campos y metrópolis, sin ver un solo hombre. Pasó por lugares donde mares de gente inundaban las veredas y galerías, y no encontró más que objetos sin vida, inanimados. La angustia ahogó su alma, continuó buscando y buscando y no apareció absolutamente nadie. Las casas estaban vacías, las escuelas desiertas, los campos abandonados, los caseríos solitarios. No había rastros de un solo ser humano a lo largo de todo el planeta. Y así, con el alma destrozada por el fracaso de su creación, decidió acercarse a un lago a beber, con la pena de siglos sobre sus pies, con la tristeza que tiene quien lo ha perdido todo. Una sed insoportable le secaba el alma, se arrodilló para beber del lago y espantado vio como su imagen no generaba reflejo.

Incluso Él había desaparecido.

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