Juan había nacido en el seno de una buena familia, pero desde chico se había dado cuenta de las circunstancias. A los 3 años acariciaba las manos arrugadas de su abuelo el cual había perdido cuando tenía 4.

A los 5 años la ilusión de ver a papa Noel o los reyes magos se esfumaron cuando, espiando, en una noche de verano vio a su mama poner el muñeco que le había pedido al gordo en una carta mal escrita bajo el arbolito de navidad.

A los 10 años los padres de Juan se separaron, y sintió como el amor de padres se fueron en esas viejas valijas y el interés de ser un niño trofeo entró por la ventana.

Ya no había navidades, ni pascuas, ni reyes ni cumpleaños, se habían ido para nunca más volver.

Pasaron 12 años para cuando conoció el primer amor, y así, el primer desengaño.

A los 18 obtuvo su primer trabajo, el primer sueldo que se gastó en lo primero que encontró.

A los 20 era un desempleado más y engrosaba  la gran lista negra de la no dignidad del trabajo.

Después las cosas empezaron a enderezarse, pudo encontrar estabilidad. Casa auto y una mujer estupenda. Hijos.

Y ese matrimonio se fue al tacho, se acabó.

Y los padres de Juan fallecieron.

Y  los hijos se casaron, se fueron de la casa, el nido vacío.

Los amigos, casi no había amigos, no había tenido tiempo de sembrarlos.

Otra vez el desempleo, out, ya estaba viejo para entrar de nuevo en la búsqueda laboral. Y encima toda la guita que había hecho, se le había escurrido como arena entre los dedos.

La amante se  fue a la mierda, se fue la guita, se fue la dama.

Para peor la salud, empezaban los achaques le dolía todo y hubo que empezar a usar anteojos.

Los hijos, casi no lo visitaban, por ahí, un fin de semana de vez en cuando, no tuvo tiempo de entablar una relación importante con ellos, desperdició mucho tiempo trabajando.

Ya no pasaban en la TV los programas que él añoraba.

El pelo se había caído, los músculos desaparecieron, las arrugas, el hombre gris había mostrado su peor cara. Adiós dientes, se fueron cayendo, dejándolo a pie.

La gigante casa que había construido para envidia de sus vecinos y familiares empezó a caerse, no podía darle mantenimiento.

Hasta Rokko, el perro fantasma que tantas veces dejó de garpe, su último compañero, dijo adiós y entregó el equipo.

Y al final de todo, solo, aturdido, amargado y desconsolado frente al espejo se da cuenta. Perder, era la opción, eso era lo que debía aprender, ¡perder!

Todo lo que tengas, lo vas a perder para entender. Entender ¿qué?

Al final se trataba del desapego. Tantas horas mal invertidas, ¿para qué? ¿Para esto?

Y con el último suspiro, perdió la vida.

Escrito por por Jtorcuato26 para la sección:

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