La ciudad estaba construida detrás de un muro que la separaba del bosque. El motivo de este muro era para proteger la naturaleza de la ciudad, marcando definidamente hasta donde se podía edificar y también para proteger la ciudad del bosque, velando por la seguridad de los ciudadanos ante el ataque de posibles fieras.

De todas maneras, el muro tenía varios portales hacia el bosque y mucha gente, especialmente niños y adolescentes, escapaban de la rutina y el aburrimiento de la ciudad para pasar sus tardes ahí. El bosque era el lugar de aventuras y morada de encuentros amorosos de los prematuros galanes de la ciudad. Limitaba el verde del gris, el caos de la paz, el ruido del silencio, la vida de la muerte, lo único que compartían era la particularidad de ser ambos lugares salvajes y peligrosos.

A Eduardo le gustaba salir a correr luego de trabajo. Partía desde su departamento por la avenida principal hasta llegar a uno de los pasajes del muro hacia el bosque. Su trayecto continuaba entre árboles y naturaleza, subiendo montes y siguiendo senderos trazados. Había algo que siempre le llamaba la atención, cada vez que pasaba por la calle por la última calle de la ciudad veía a un hombre de edad espiando por un pequeño agujero en la pared. Saliese a la hora que saliese, cuando pasaba por ahí veía aquel hombre del traje gris, apoyando su ojo contra la pared y mirando hacia el otro lado. Siempre, todos los días, durante todas las estaciones.

La gente del barrio había apodado con todos los sobrenombres habidos y por haber, desde motes elaborados y cómicos hasta vulgares y sarcásticos. Incluso había niños que le temían y mitómanos que juraban que era una estatua.

Un día Eduardo se preguntó que habría del otro lado que tanto le llamaba la atención al particular espía, así que decidió cambiar su circuito y pasar por el lugar del bosque que era observado por el hombre con tanta admiración y ahínco. No muy lejos del espía había un portal, así que se adentró en el bosque por ahí. No había senderos que llegaran hasta el lugar puntual que el espía observaba, por lo que tuvo que atravesar una parte espesa y frondosa. Entre ramas y arbustos y luego de varios arañazos, llegó a destino.

El lugar no era más que bosque en estado natural. Unos niños jugaban a lo lejos, había varios pájaros y nada distinto, particular o extraño. Se preguntó que quizás aquel hombre de traje gris era un científico que esperaba la aparición de algún animal en particular, o quizás uno de esos locos que esperaba ver algún ser paranormal, algo extraño, algo fuera de lo común, un monstruo tal vez. A lo mejor era un fisgón que solo pretendía ver el amor adolescente, pero era extraño que alguna pareja de jóvenes se animara a llegar hasta aquí, era absurdo. Eduardo se sintió intrigado, así que decidió volver y preguntarle al hombre quién era o qué hacía o, sencillamente qué miraba.

Volvió por el mismo sendero, otra vez peleó para salir del espesor del bosque, atravesó el portal y ahí seguía el espía observando por el pequeño agujero.

– Buenas tardes, buen hombre – saludó Eduardo.

– Buenas tardes – contestó el hombre sin siquiera quitar la vista del agujero, sin mover la cabeza para observar de donde venía el saludo.

– Disculpe la intromisión, ¿Es usted un científico?

– No, ¿por?

– Por nada, simplemente lo veo aquí, día tras día observando, me pregunté que quizás sea un hombre dedicado a la ciencia, por eso observa.

– No, no soy científico. Era empleado del banco de la ciudad, hasta que me mudé cerca de este lugar y encontré este agujero.

– ¿Qué pasó, se jubiló?

– No, me despidieron, creo. Pasa que desde que encontré este agujero no pude ir más a trabajar. No hay nada que me guste más que venir a mirar por acá.

– ¿Y su familia?

– No los veo nunca, tengo dos hijos, pero prefiero estar acá.

– ¿Y qué es lo que tanto le gusta observar?

– ¿Qué es lo que me gusta observar? – repitió la pregunta el hombre, al tiempo que salía de su postura como espía y daba media vuelta para ponerse frente a Eduardo. Sus ojos eran grises como una tormenta de verano. – ¿Vos no te has dado cuenta lo hermoso que es el bosque que hay del otro lado?

– Si, siempre salgo a correr por el bosque, todos los días.

– ¿Entonces? ¿Para qué voy a seguir trabajando o haciendo todas esas cosas ordinarias cuando tengo este hermoso lugar para deleitarme?

– Entiendo, ¿pero no es mejor atravesar alguno de los portales y disfrutar el bosque a pleno en vez de mirar por ese miserable agujero?

– ¿Vos estás loco? ¡Mira si alguien me espía por acá! – El hombre dio por finalizada la conversación y volvió a observar por el pequeño agujero.

Eduardo quedó confundido, supuso que el hombre era un loco… o quizás un cobarde, porque algunos se resignan a espiar y observar lo bello en los demás, otros prefieren disfrutar lo que tienen a su alrededor sin prejuicio de ser observados ni criticados.

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