Creo que todos hemos leído o escuchado alguna vez un relato que nos pone la piel de gallina. Esta vez quiero contar una vivencia propia, la cual tenía detrás una desconocida historia que merece ser contada.

Hace unos 5 años atrás me dedicaba a la venta de libros de todo tipo; profesión que me permitió viajar y conocer muchísimos lugares desconocidos para gran mayoría de las personas. Era una fría mañana del mes de Julio en la que decidí dirigirme a la provincia de San Juan, destino ya cotidiano para quienes nos dedicábamos a este negocio. Cuando llegue a Media Agua me detuve en una Estación de Servicio muy conocida por todo viajante, parador casi obligatorio por sus famosos sándwiches  de jamón crudo. En vez de seguir con rumbo al Norte, decidí tomar la ruta al Oeste sin saber a dónde ésta me iba a conducir. Viajé unos 25 minutos por curvas cerradas, subidas y bajadas; el camino y el aire se teñían más y más de blanco a medida que avanzaba; era la Cal del ambiente que provenía de compañías que se dedican a la minería es esa zona. Después de un rato de manejar x una calle de piedras me encontré de frente con un cartel que decía “Pedernal”.

Una pequeña villa con casas antiguas casi al pie de la Cordillera, un lugar remoto donde la señal de mi teléfono se perdió por completo. La huella de un antiguo arroyo era el camino que debía seguir para llegar al lugar más poblado de casas y allí poder empezar a trabajar…

El lugar estaba invadido por el silencio, solamente se escuchaba algunos perros ladrar. Estuve caminando y hablando con la gente que por cierto eran muy amables, gente humilde que sin conocerte te invita a pasar a su casa y te convida con mates y lo que sea que tengan en su mesa. Llegando casi las 3 de la tarde me encontraba en medio de esa villa sin haber logrado vender un solo libro. Subí al auto y seguí por una huella angosta hacia el oeste. Al subir a un cerro encontré una vieja casa, parecía sacada de un cuento, una cerca alrededor, el humo que salía de la chimenea…

En ese momento me convencí de que esa era la primera venta del día. Bajé del auto, golpee mis manos un par de veces mientras me acercaba a la puerta… nadie salía. Después de haber golpeado la puerta varias veces y cuando ya pensaba en retirarme, una anciana de unos 70 años se asomó por la ventana. Me acerqué para hablarle y ahí nomás abrió la puerta. Al igual que el resto de las personas del lugar, sin mediar más que el saludo, me invito a pasar a su casa. A pesar de que el invierno se hacía sentir en el aire, debo confesar que sentía mucho más frio en el interior de la casa que afuera. Me pareció raro que la chimenea no estaba encendida, yo había visto el humo salir desde afuera. Pero eso no era lo más importante, yo necesitaba vender…

Empecé a indagar para saber si la Señora tenía nietos o hijos que estuvieran estudiando ya que mi intención era venderle una enciclopedia escolar.

-No hijo, mis nietos ya no están, mi hija ya no viene por acá, me dijo mientras agachaba la cabeza y las lágrimas brotaban de sus ojos cansados

Con cierta tristeza le pregunté por qué ya no iban a verla…

-Mis nietos vienen a veces. Por lo general en las noches… hace tiempo que no se ven de día…

-¿Usted vende biblias? – Me dijo, y sin dudarlo un segundo respondí.

-¡Si abuela! ¡Claro! Tengo una que le va a encantar, aguárdeme un momento que se la traigo para que la vea…

Fui hasta el auto a buscar el libro… cuando me dirigía nuevamente a la casa de la viejita sentí gran agotamiento en mis piernas, apenas podía caminar… un fuerte dolor en mi frente me hizo casi cerrar los ojos por completo.

Abrí la puerta y la anciana no estaba… la casa parecía abandonada, oscura… la llamé varias veces y ante la falta de respuesta caminé por un pasillo hasta una puerta negra. A pesar de estar cerrada, parecía haber sido violentada… No entendía para nada lo que estaba pasando, pero en ningún momento solté la Biblia. Cuando quise golpear la puerta de esa habitación el cuerpo se me congeló por dentro y un sudor espantoso me recorrió  la espalda… Eran llantos de niños, llantos desgarradores y el grito de una mujer desesperada… Al principio quedé paralizado y no sabía qué hacer… Después quise empujar la puerta para abrirla pero era imposible… Lo que más recuerdo de ese momento es  que me aferré tanto a esa biblia que no había manera de que la soltara. Los gritos no cesaban y el miedo ya jugaba conmigo como quería… cuando baje la mirada note que algo salía por debajo de la puerta… era sangre… quería retroceder pero estaba tan paralizado y aturdido por esos llantos que lejos de cesar se escuchaban cada vez más fuerte…

En un momento tuve un impulso y atiné a salir de la casa, pero el cansancio en mis piernas se volvió a sentir a tal punto que mis rodillas se doblaban solas… Como pude y sacando fuerzas no sé de donde, volví a la sala donde me había recibido la viejita. Fue ahí cuando una presión en mi cuello me empezó a impedir respirar… después de ver todo nublado caí al piso.

Cuando levante la mirada en dirección a la puerta de salida, ahí estaba… parada frente a mí, y observando cómo casi me arrastraba sin poder respirar una perversa sonrisa se le dibujaba en el rostro… Señalando la biblia, que yo aún llevaba pegada a mi pecho, me dijo:

-Creeme que eso no te va a salvar… – Y con una carcajada casi tan macabra como los gritos y llantos que venían de la habitación, se alejó caminando lento… sin sacar por un segundo esa mirada perdida de mis ojos…

La puerta de salida se abrió sola… y no me pregunten como hice para levantarme y correr hasta el auto… Me fui lo más rápido que pude.

Bajando de nuevo a la villa vi cómo la gente por la calle me miraba de una forma extraña. Ya era demasiado para mi… Me detuve frente a una pequeña y vieja iglesia, sentí más que nunca la necesidad de entrar, pero antes d cruzar la puerta salió el “Padre Antonio” el cura del pueblo, un anciano de unos 65 años que lo primero que me dijo fue:

-¿Usted es el que subió a la casa de Doña Delia?

– La verdad, no sé cómo se llama la señora que vive ahí… pero no quiero volver.

-Hijo, la casa lleva abandonada más de 5 años. Doña Delia murió ahí…

El frio espantoso de pies a cabeza volvió a mí al escuchar las palabras del Padre Antonio, sin embargo quise saber más…

-Doña Delia era la mujer más creyente de Pedernal. En el año 1998, tras la muerte de su marido quien fue atropellado por un vehículo cuando iba a trabajar en su bicicleta, quedo sola con su hija Paula (madre soltera) y 2 nietos de 4 y 3 años… Económicamente afrontó esa situación tanto como pudo… No faltaba un solo día a la Iglesia a pesar de que cada vez las cosas se hacían más difíciles… Doña Delia horneaba pan y Paula salía a venderlo mientras ella cuidaba de sus nietos. Pero esto no dio resultado y las cosas empeoraban cada vez más. La desesperación y la angustia hicieron que Delia haga un pacto con el diablo donde, a cambio de su alma en cierto momento de la vida, tendría progreso y bienestar económico.

Este pacto no duro mucho, y como tal, fue solo a conveniencia del ser maligno. Las ventas empezaron a crecer de manera agigantada y el dinero empezaba a notarse. Pero una mañana que parecía normal, Paula salió a vender como todos los días pero nunca más volvió… y para Delia la ausencia de su única hija fue insuperable… La depresión hizo que la anciana no quisiera saber nada ni de sus nietos. En Julio de ese mismo año los niños lloraban en la habitación desconsolados, y en un momento de furia e impotencia, Doña Delia entró en la alcoba y con dos disparos certeros en la cabeza asesinó a los pequeños, desafío al diablo a no poder causarle más dolor a su alma y sosteniendo una biblia en una de sus manos se disparó en la boca encontrando la muerte de manera inmediata…

A partir de ese día ninguno de los habitantes de Pedernal ha vuelto a la casa, pero cada vez que llega el mes de Julio, en las cercanías de la vivienda se puede oír el llanto de los nietos de Doña Delia.

Cuando decidí emprender mi viaje de vuelta, note que el santo libro ya no estaba conmigo… Pero si de algo estaba seguro era de que no quería volver por él.

Escrito por Ezequiel Andino para la sección:

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