Aquella tarde había salido a caminar como de costumbre, al atardecer, por los senderos de la estancia. Agotado por el trabajo del día. Su cuerpo cayó rendido a los pies de un ombú.

Bajo ese árbol había pasado gran parte de su infancia, miles de soles y lunas lo habían acompañado, junto a otras personas o en la más absoluta soledad. Treinta años después solía volver y revolver el baúl de los recuerdos y rememorar tiempos de niño. Pasadas algunas escenas, entró en un sueño profundo, con la pereza de los rayos del sol de aquellas horas, tibios, iluminándole la cara.

El paisaje onírico lo llevó a un estado placentero, a lo lejos logró divisar una figura que se deslizaba sobre las plantaciones, lo asustó un poco, pero no tuvo fuerzas para enderezarse. La figura se acercó hasta que logró ver el rostro de una mujer. La seriedad de sus facciones lo aterraba, pero a la vez algo le inspiraba seguridad y tranquilidad, una sensación de nostalgia, de saber el porqué de estos sentimientos. La mujer lo miró unos instantes y fríamente le dijo: “Te voy a venir a buscar cuando hayas cumplido todos tus sueños”.

Entonces un torrente gélido lo despertó. Manuel se puso de pié agitado, perdido, su mente no lograba ubicarse en tiempo y lugar. No sabía si había estado despierto o soñando, estaba desorientado, asustado y mareado. Llegó a su casa aún confundido. Aquella noche no pudo dormir ni un solo instante, sentimientos de terror comenzaron a acosarlo. “Cuando hayas cumplido todos tus sueños”, pensaba y se decía para sí mismo. La frase era devastadora. La incertidumbre sobre la muerte pesa casi tanto como la certeza.

Por la mañana, aún atemorizado, tomó papel y lápiz e hizo una lista de todos los sueños que le quedaban por cumplir, para jamás intentar llevarlos a cabo. Entre líneas aparecían sus títulos no conseguidos, sus amores no correspondidos, sus viajes pendientes, sus idas, sus vueltas, sus anhelos y su porvenir idealizado. Todo lo que había planeado durante años, todo lo que había soñado de niño, de joven, todo lo que siempre había querido estaba en aquella hoja.

Manuel se sorprendió cuando tuvo que pasar a otra hoja para completar su listado de sueños, uno tras otro los transcribió, la lista era completa y exhaustiva. No se le había pasado el más mínimo detalle. “Tanto tiempo pensando en mi futuro”, reflexionó. “Es obvio que no se me iba a olvidar nada”. Su vida actual, ordenada para cumplir sus expectativas, ya no tenía sentido si no las iba a satisfacer.

Ese mismo día llamó a todos sus seres queridos. Amigos y familiares. Los invitó a todos a una gran cena en casa. Solamente faltaron aquellos que nunca estuvieron. Gastó gran parte de sus ahorros en regalos y en el agasajo. Estaban todas las personas que llenaban su vida de felicidad y de motivos. En medio de la cena, Manuel les comunicó que partiría, con rumbo incierto, para, quizás, nunca más volver. Solo pidió que nadie le preguntase nada y que nadie tratase de buscarlo.

Terminada la cena, como en una especie de anticipó de herencia, les obsequió todas sus pertenencias a cada uno de sus seres queridos. Con sus ahorros le había comprado un departamento a su hermano y un auto para su hermana menor. Les pagó un pasaje a la playa a sus papas y le amobló parte de la casa a su mejor amigo recién casado. Ahí se le fue el total de su dinero.

Solamente cargó en una valija la ropa indispensable para andar, algo de dinero para moverse y algunos libros. Esa misma noche, luego de la repartija y los abrazos, partió rápidamente, sin mucha pompa… ya que odiaba las despedidas. Emprendió un viaje sin llegada, sin escalas, sin postas ni instancias. En cada lugar que su cuerpo caía, entablaba relaciones profundas pero pasajeras, se hacía de amigos y amores sin prometer más nada que un hermoso presente. No era de ninguna parte y a la vez de todos lados, no tenía más nacionalidad que ser un hombre de mundo, un hombre de todos los territorios, manchada su alma del color de todas las banderas y colores. Se dedicó a vivir el presente.

Recorrió cientos de kilómetros, miles de lugares distintos, bajo el mismo sol y bajo la misma luna, con tantos amigos y momentos esplendidos como el presente le ofrecía. Vivía con lo puesto, jamás mendigaba nada, ya que lo necesario estaba ahí, al alcance de sus manos. Su vida estaba tan vacía de problemas, su andar era tan liviano, su alma era tan transparente que nunca le faltaron manos que le ofrecieran alimento, refugio, amor y compañía.

Había olvidado todos los sueños por los que había huido. Nada de lo que había planeado con tantos años, por lo que había luchado tantas veces había valido la pena, nada habría justificado el gasto de tiempo y esfuerzo invertido. Su vida era única y sin pesos, su ambición era solamente pasar un día más, continuar con su viaje de ida y vivir el presente sin más estorbos que su propio cuerpo.

Habían pasado ya diez años de su partida, cuando una tarde, en los prados de aquel lejano país, se sintió observado. Habiendo recorrido tanto, ya nada lo sorprendía, ni nadie lo asustaba. Cortante y decidido dijo suavemente…

– Quien quiera que seas, salí de allá atrás porque hace rato que se que me seguís.

Tras los arbustos apareció aquella mujer. Solamente que esta vez, el rostro duro y serio se había transformado en una mirada dulce y reconfortante.

La mujer caminó lentamente hasta donde estaba Manuel, se arrodilló ante él y le acarició suavemente las arrugas de la frente, curtida por el sol de kilómetros, de gente, de vida y felicidad. El hombre la miró tranquilo y relajado, luego de un suspiro profundo, con la voz firme y decidida, le dijo:

– Sueño vivir lo que me queda de vida, así… como la he vivido.

Lentamente la mujer se fue alejando y Manuel poco a poco fue reposándose sobre la tierra, despacito, sin apuros. Cuando su rostro rozó el suelo, sus ojos se cerraron y su alma, radiante y llena de vida, abandonó aquel cuerpo que acababa de cumplir todos sus sueños.

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