Teoría sobre el Diablo

Diablo era un ángel del Señor. Un día se cansó de tanta opresión y tanto aburrimiento, así que le propuso a Dios que le regale una parcela en el cielo donde poner un lugar para los seres humanos mas alegres y divertidos, esos que se portaron como en culo en la tierra, pero que zafaron haciendo una buena obra y ahora están condenados al embole del cielo. Dios se lo negó, porque le parecía absurdo, porque era un viejo facho y porque sostenía que el cielo era un lugar de descanso y paz.

Diablo siguió insistiendo y su petición siempre fue denegada, hasta que un día se cansó y puso un bolichito entre unas nubes, bien rasca y mandinga, servían vino patero y tenía porrones helados, los findes había happy hour de ferne y campari. Tenía cuatro o cinco mesitas pelagato y un par de fotos del Che y de Olmedo. Diablo trabajaba tras la barra, suerte de fardos de pasto apilados sobre una tabla de planchar. Había un par de mozas recauchutadas y putonas que servían, mucho humo y rock y jazz de fondo.

Dios al toque se dio cuenta, así que le calló con unos ángeles inspectores y le cerraron el bulín a la mierda, además lo escracharon y se mofaron de él y de sus locas e insípidas ideas. Le pusieron un cartel de “clausurado” de punta a punta. ¿Dónde se ha visto disturbio en un lugar de paz eterna?

El Diablo, abatido y humillado, se exilió del Cielo y vagabundeo errante por los desiertos del reino del señor, corriendo a cientos de kilómetros por hora en una Chevy destartalada que tenía, escuchando Papo y fumando marihuana. Saliendo de la ciudad capital solo había desierto y soledad, miles de hectáreas que Dios tenía en su haber para poder ir agrandado el cielo a medida que pasaban los años. Atravesó enormes planicies y eternas sequías, hasta que se paró a descansar en una cuevita que encontró. La soledad lo abrumaba, pero prefería estar solo a seguir sintiéndose humillado y ajeno en aquel armonioso lugar.

Al entrar a la cuevita se sintió a gusto, hacia calor, y tenía mucho espacio. Decidió explorarla un poco y se dio cuenta de que era gigante. Llena de recovecos, estalactitas y ríos peligrosos de agua y lava. Las luces y sombras producían un efecto mágico en las paredes, misterioso y tenebroso, que a los pobres e iluminados ojos de Diablo le parecían magistrales. Prendió la radio y sonaba “Sympathy for the devil” y el eco hacía que vibrara en toda la cueva. Así que aparco la Chevy y se puso a flashar un rato.

Con un martillo y el calor de la lava, forjó un portón de rejas, para que no le cayeran los inspectores ortivas de su jefe Dios, clavó contestador eléctrico y se armó una oficinita en el fondo de la cueva. No habían muchos lugares así en el reino de Dios, sumado a lo notorio de su ausencia, fue poco el tiempo que paso sin que en el cielo se enteraran de que algo se tramaba. Al tiempo Dios se enteró y le calló en persona.

Luego de una charla cordial y amistosa, Dios se dio cuenta de que Diablo era feliz en ese lugar, que no jodia a nadie. Además estaba lejos de la civilización y la música no iba a molestar a ninguna señora ni viejo oxidado, podía plantar yerba y tampoco entorpecía el tránsito (como una vez pasó). También se sintió un poco a gusto en la cueva, por el calorcito y por los llamativos rojos de las paredes. Así que le prestó el terreno al Diablo, ya que Dios pensaba hacer una especia de sauna en aquel solitario lugar pero todavía no estaba en sus planes a corto plazo. También pensó que a varias personas les gustaría tomarse un finde en ese lugar, para salir un poco de la rutina. Incluso se tentó de quedarse unos días ahí y cometer una que otra picardía que se le cruzaba por la cabeza y que no podía hacer porque siempre estaba al lado del vigilante de San Pedro y del goruta Gabriel. Había un par de juegos profanos de la play que lo tenían muy tentado, además de las muchas ganas que tenía de tirarse unos fichines o unos dados, pero su embestidura no se lo permitía. Su linaje menos, Jesús era un pendejo embole que lo miraba medio con cara de culo por haberlo abandonado.

Pasaron los años y Diablo se empezó a aburrir de la soledad, necesitaba algún cumpa para romper las bolas. Por ahí aparecía uno que otro chusmeta como para zondear el lugar, pero estaba dos o tres días y se aburría, porque no había con quien conversar. No había más atracciones que la propia cueva.

Diablo tenía que pensar algo. Así que se disfrazó con unos cuernos, se coloreo a tono con su bar/spa/motel/hotel para llamar la atención y se fue al cielo para hacer promoción de su lugar. Al llegar ahí se buscó un par de promotoras y salió a repartir folletos por lad calles del cielo, cosa que fue mal vista por Dios. Todo ese derroche de fetichismo le parecía de mal gusto, así que bajó de su sillón y le pegó una cagada a pedos de puta madre. Diablo se puso a llorar desconsoladamente y la gente sintió pena por él, así que como para no hacerlo sentir taaaaaan mal le prometieron acompañarlo a su piringündin unos días. También los convenció contándoles que de chico lo habían marginado por gordo en la primaria, así que esto enterneció a abogados y prostitutas que andaban por ahí.


Una vez en la cueva, llegaron varios turistas y se armó un festival re copado, mucho escavio, mucha música, algo de sexo a escondidas, alguna que otra vomitona, piñaderas, y una fiesta sin fin. A esa joda la llamaron “pecado”, porque aún no había nombre para la diversión. Un par se fueron de vuelta al cielo, quebrados y quemados, pero varios se quedaron, sobre todo los abogados y las putas. En eso un licenciado en marketing le propuso un buen plan. Este consistía en bajar a la tierra y enseñarles el “pecado” a los seres humanos, para que éstos, al conocerlo, gocen de él y quieran seguir cayendo en sus redes por los siglos de los siglos, eligiendo el lugar del Diablo antes que el de Dios.

Les mostró su vida a los seres humanos, y fue tanta su emoción que sin querer contradijo todo lo aprendido con su jefe. Confundió a todos y les mostró en carne propia lo que era el pecado y lo que en su cueva disfrutarían todo el tiempo. La gente estaba entusiasmadísima con la idea de que cuando se mueran iba a haber baile, comida, autitos chocadores, strippers, piletas enteras de ferne y de cerveza, todo el día fiesta, sexo, mujeres, hombres, alcohol, drogas, música, recitales de todo tipo, autos veloces, lugares pecaminosos y mucha joda. Así que decidieron portarse como si estuviesen en el infierno, como para ir entrando en calor.

Dios se calentó y armó una reunión con Diablo. Luego de discutir cordialmente, de tomar unos martinis y de mirar unos partidos de fobal en el tele de plasma de Dios (de 54.000 pulgadas) llegaron a un acuerdo razonable. Además Dios tenía mucha gente ya en el cielo, había superpoblación y no se podía ni manejar tranquilo. Así que decidió que Diablo siguiera con las suyas.

Al tiempo el infierno se llenó de gente y Diablo, capo en negocios, se puso un par de sucursales en la tierra, ya que Dios también las tenía bajo el nombre de iglesias. Así que desde ahí le gente tenía una puertita directa al infierno.


Ahora Diablo disfrutaba sus días, con todos los atorrantes del mundo que estaban cansados de sufrir en la tierra, de laburar como perros, se ser fieles, de cuidar su figura interna y externa, de hacer las cosas bien y de no caer en pecado. De vez en cuando el jefe caía a supervisar que las instalaciones estén de acuerdo a las leyes, que hallan matafuegos, que no superen la capacidad de las habitaciones (7 personas por cada una), que hallan expendedoras de condones en todos lados, etc, etc. Por ahí se tomaba uno que otro güisquicito con su amigote agitador, rebelde y revolucionario, pero todo muy en silencio y en forma discreta. Hasta un día intercambiaron puestos y se coparon con sus laburos.

Y así continúa el cielo, en paz y armonía para algunos y de joda y exceso para otros, todo depende del cristal con que se lo mire.

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