En la vida hay personas que logran sacar  lo peor de cada uno. O bien, hay situaciones que te terminan de hinchar las pelotas, esas que te vienen inflando desde hace años. Uno se refugia en su necesidad de ser buena persona, de perdonar, de olvidar, de comprender, de ponerse en el lugar de otro, de dormir tranquilo por el hecho de decir “el forro es él, demasiado tendrá con bancarse su estupidez a diario y mirarse al espejo sabiendo lo basura que es”; pero llega un momento en el que ese consuelo de tonto no alcanza. Y se instala el deseo de venganza. Aunque sea una chiquita.

El sábado luego de la fiesta mendolotuda, que demás está decir que fue espectacular, soberbia, increíble, divertida, que comí mucho y muy rico, que tomé un blanco y un champagne espectaculares, que me gané dos vinitos ricos, que bailé lo que pude porque tuve que retirarme antes, mi paciencia llegó a ese oscuro límite. El chico con el que fui, que conozco hace casi tres años, bebió de más por primera vez desde que salimos, quedó roto y lo tuve que llevar a mi casa, perdiéndome el resto de la fiesta; pero por el cariño que le tuve siempre no me molestó, me pareció una guachada dejarlo durmiendo en el auto y por eso partimos. Llegó y se durmió en el acto. Yo aproveché para revisarle el celular, para enterarme algo más de su vida, porque soy muy curiosa y porque se me cantó el orto.  Y ahí los vi.

Eran mensajitos de otras chicas, algunas que lo sacaban cagando, otras que lo invitaban a tal o cual lugar, y uno en especial muy sugestivo que decía entre otras cositas “su saldo sexual está por agotarse, tenga sexo en menos de una semana o …” blablablabla, no pude seguir leyendo porque una rabia ciega se apoderó de mí, y por primera vez en mi vida deseé ser un varoncito y caerle a patadas como nunca antes una persona había pateado a otra, o bien seguir siendo yo y quemarle el bocho diciéndole todas las atrocidades que pasaban por mi cabeza. Opté por lo segundo, ya que el cambio de sexo lleva su tiempo y las hormonas masculinas te sacan unos cardos terribles. Lo desperté a medias, estaba pálido y no tenía mucha conciencia de lo que le gritaba, lo que me daba más y más bronca, le decía que se vaya y el vago no se podía levantar, lo quería matar en serio.

Párrafo aparte: Cualquiera pensará “si salían y nada más, es obvio que era una relación abierta y no pretendería que el vago no quisiera salir con otras chicas”. Pero lo cierto es que el salió cuando quiso con otras chicas, estuvimos muchas veces alejados, pero después nos volvíamos a reunir, siempre con la consigna de la sinceridad, no íbamos a ir más allá de la salida y de pasarla bien, pero si queríamos salir con otra gente, o bien no queríamos ver al otro por un tiempo, lo íbamos a aclarar, que para eso somos gente grande y libre de hacer lo que se nos de la gana. Yo era sincera, y esperaba que él lo fuera. No lo perseguía porque mi pensamiento siempre fue: “Tarde o temprano uno se entera.” ¡La puta madre, qué razón tenía!

En fin que como no le podía pegar a mi gusto me la agarré con su celular y lo revoleé por el aire, lo volví a agarrar y lo volví a revolear, al son de mi retahíla de insultos, todos los que se me ocurrían y todos los que me acordaba. También me acordaba de lo celoso que supuestamente estaba de mis nuevos amigos y mis nuevas salidas, del supuesto viaje a Chile que iba a hacer con su hermano, de los supuestos asados con sus amigos… me lo imaginaba babeándose por las otras chicas, haciéndose el galán y diciéndole las mismas cosas que a mí, poniéndoles excusas chotas para no decir que iba a salir conmigo, inventando más viajes y más juntadas con amigos para llenar el tiempo. No podía creer lo relajado que estaba cuando estábamos en la cama, con la cara de piedra que me decía lo que le gustaba estar conmigo, que lo que yo le daba era todo lo que necesitaba. Todas esas sensaciones me daban vueltas en la cabeza mientras trataba de herirlo, aunque sabía que cualquier cosa que le dijera iba a ser una pizca de lo herida que yo estaba en ese momento.

A esta altura él se había incorporado y me pedía que lo dejara irse, pero yo me interpuse en su camino exhortándolo a que me explicara por qué se cagaba en mí de esa manera, por qué le daba placer hacerme esa guachada, por qué sabiendo lo harta que yo estaba de que me cagaran él elegía cagarme también, cuando no nos debíamos nada y nos podíamos dejar de ver tan fácilmente, sin explicaciones ni planteos. Al no obtener respuesta, por supuesto, porque él es de esas personas que les gusta hacer cosas pero no hablar de ellas, mi desesperación se multiplicó por mil. Le dije entonces que se fuera, y mientras él buscaba su campera yo le desarmé el celular y le saqué el chip, volví a armarlo y se lo dí, después de anotar los teléfonos de las chicas para ponerlas, después, al tanto de la situación. Apenas se fue, tiré el chip al inodoro y tiré la cadena 5 veces seguidas, como un ritual de purificación inventado en ese momento. Mientras el agua se iba con el chip, entré en una especie de calma temporal. Hasta esbocé una sonrisita pícara, y tuve una falsa sensación de justicia por mano propia… Un sentimiento de asesinato en primer grado por emoción violenta. Un sentimiento de dulce, dulce venganza.

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