En una semana donde se había hablado mucho del arbitraje argentino (Las denuncias de corrupción y arreglos del ex colegiado Javier Ruiz, las declaraciones de Arredondo sobre la orden de que perjudicara a Maipú, el arbitraje de Lousteau en el Boca – River y el pedido de Passarella por la cabeza de Grondona), se sumó la polémica y vergonzosa actuación del juez Saúl Laverni y sus colaboradores en el partido entre Godoy Cruz y Banfield, disputado en el sur de Buenos Aires.

No voy a entrar en detalle de las jugadas que crearon discordia, porque las imágenes hablan por sí solas y las pruebas son evidentes. Los intelectualoides deportivos afirmarán que acá no hay nada raro, que no busquemos fantasmas, que son errores humanos sin intención, que se perjudica y favorece a todos por igual. A ver, hasta el viernes pasado, aunque me costaba convencerme, yo también lo creía así. Siempre intenté ser objetivo y me obligaba a pensar que en el fútbol de AFA no hay mala leche ni malas intenciones, sólo pifies arbitrales, algunas veces imperdonables (como lo del Huracán del pelotudo de Cappa), pero accidentales al fin.

Lamentablemente, el análisis que puedo hacer hoy, es que las decisiones  parecieran ser tomadas “arriba” y los secuaces sólo acatan, recibiendo su premio bien merecido. Julio Humberto “Don Corleone” Grondona, El Padrino, lleva las riendas de todo. Y ojo con caerle mal o no cumplir con el señor, porque puede haber “Vendetta” y agarrate Catalina: penales no cobrados, goles mal anulados, jugadores suspendidos, etc. Aún así, si te tocó la desgracia de ser el apuntado, agacha la cabeza y acepta tu condena, no vaya a ser que después se venga peor por rebelde.

El Fútbol Argentino se transformó en un círculo mafioso, habitado por las peores lacras (directivos corruptos, representantes, intermediarios, jueces comprados, técnicos compradores) y donde no se ve una salida. Si miramos hacia delante se observan los hijos del Don o los lamebotas del mismo, decididos a seguir con las políticas que dejará como legado.

¿Y del otro lado de la vereda? ¡¡¡Siiii, la luz!!!! Nop, mi amigo. Nos encontramos con el mafioso “namber guan” de nuestra querida provincia. El dueño de UNO medios, el que se apropió de los terrenos de la UNC, el que manejó de manera turbia un ascenso leproso, Don Vila, el jefe de la otra familia. Empecinado en desprestigiar a Don Julio y de endiosar su imagen, es capaz de aceptar el descenso del club del cual es presidente para ganar la elección en AFA. ¿O no usará el descenso para victimizarse ante el país? Y los hinchas leprosos ¿qué? Y bue, cuando sea presidente los subo de nuevo – dirá él.

A eso quería llegar… el hincha del fútbol, el que sufre por sus colores, el que vive por el club de sus amores, el que arriesga su integridad física dejando a la doña sola un día de la madre por ir a la cancha, el que gasta los pocos morlacos por su pasión, al que usan de chivo expiatorio para sus oscuros planes, el que se estresa cuando las cosas no salen, pero apoya al fin. ¿Qué necesidad de pasar por este sufrimiento si ya está todo calculado de antemano? Pero inútilmente nos convenceremos que no es así y seguiremos persiguiendo ese sentimiento llamado fulbo, que, pobrecito él, nada tiene que ver con esta realidad.

Lo que quiero reflejar es que es hora de un cambio, de una limpieza profunda, de dejar de embarrar al fútbol y ensuciar la pelota, de defender nuestra pasión más grande y aprender a cuidarla.

Jorge Luis Borges (anti-fútbol por naturaleza y convicción) se animó a publicar alguna vez un cuento que describía un mundo donde los estadios eran sólo ruinas de cemento, y el resultado del Domingo era consensuado entre los presidentes de los clubes, delegando la emoción al relator de Radio, que debía imaginar un desarrollo emocionante para que el hincha disfrute. Yo, que soy de la otra vereda del bueno de don Jorge, de los que defendía eso de que “la pelota no se mancha”, aceptaría que por un par de años se adopte el sistema planteado en el relato del escritor. Por lo menos para darle tiempo al efecto limpiador del CIF sobre el balón, para que cuando larguemos de nuevo, empecemos de cero y lo mantengamos blanquito para siempre.

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