Y las flores aun…

Fue un martes por la mañana, previo a dirigirse a su habitual entrevista de todas las semanas. “Una vez que este cauterizada esa insana obsesión, volverás a tener una vida social normal”. Esa frase resumió el encuentro.

Maletín en mano, se encaminó hacia lo de un amigo en las cercanías. Entre tazas de café y la ansiedad de fumar un cigarrillo (previa prohibición de terceros) confesó su humilde sensación de repulsión cariñosa con una expresión carente de sutileza alguna: “siento asco cuando recibo expresión de cariño alguno”. Su amigo bebió un largo sorbo del café, dejó la taza en la mesa y finalizó la conversación excusándose en próximos compromisos.

Monedas justas para el micro y los auriculares incrustados en los oídos, esperando para volver a casa y seguir con la rutina, un hecho poco frecuente bifurcó el camino. Al mirar una flor solitaria en un jardín de yuyos se dijo a si mismo “las flores de la primavera aún no se marchitan”. Con la musicalización de fondo de una famosa melodía de Gardel interpretada por un cuarteto de cuerdas el micro llegó.

Creyó que fue una simple casualidad. Las altas temperaturas quizás hicieron que esa flor siguiera estando viva a pesar de la época del año, porque otra explicación lógica no encontró y que todas las hojas de la arboleda de la ciudad se hayan fugado con los vientos de abril no lo hizo cambiar de opinión.

Caminando por su barrio, luego del viaje, una vez más, en un jardín ajeno al cual nunca prestó atención, se presentó una situación similar. Una flor solitaria abandonada entre plantas descoloridas y desgraciadas, brillante a causa del sol, lo saludó al pasar. Siguió su caminó y repitió, mientras Blind Faith sonaba en sus orejas: “las flores de la primavera aun no se marchitan”.

Llegó a casa ignorando todo efecto de lo que aconteció previamente. Bebió dos vasos de agua para aplacar la sed, comió unas galletas y cargando el cuaderno en la mochila, cerró la puerta y se fue.

El resto del día no tuvo sobresaltos y olvidó por completo el evento de las flores. Volvió a casa exhausto, aturdido por el cansancio de una larga jornada.

Antes de dormir es habitual en él que salga afuera de casa a buscar alguna que otra estrella invisible en el cielo y prender el último cigarrillo del día. A la mitad de su tabaco, luego de exhalar y buscar formas en el humo, su mirada y su cuerpo se dejaron llevar por el instinto. Dio media vuelta, moviendo las secas plantas del cantero, encontró una flor solitaria igual a las demás. Se detuvo el tiempo por una fracción decimal de segundo, en la que repitió la misma oración que pensó las anteriores ocasiones. Pero esta vez tomó la flor, la apretó fuerte en su mano y la desintegró en pedacitos pequeños en el suelo.

Su sueño se interrumpió por la luz. Aun no amanecía. Sospechó que era el fin. Preparó su habitual bebida y escapó hacia el patio. Bajo un árbol iluminado por la luz del sur, proveniente de un lejano acorde, que se mezclo con el frío, el café, la garganta raspada por el humo y la frecuente ansiedad; se despertó con ganas de enamorarse.

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