En alguna plaza donde había una rayuela dibujada

Arrojó la piedra en el uno y comenzamos a jugar. Me miró con aires de triunfo y pegó el salto. La sucesión de casilleros fue solemne, porque sabía cómo hacerlo desde niña y no anduvo con vueltas. Llegó al cielo y pegó la vuelta. Tomó la piedra, la arrojó en el casillero dos y siguió. El vino nos acompañaba y “siempre es bueno para compartir con almas ajenas”  me dijo, mientras me sonreía cuando sus pies se enredaron en el cielo y trató de volver, tentada ante el error cometido.

Es su sana costumbre ante las adversidades. Se despidió con un beso antes de partir por el cinco, donde la piedrita reposaba tranquila, luego de volar contra el frío de una noche mendocina y casi perfecta. El vino en la mano, flotando en la copa y el color rubí no se distinguía con la débil luz de mercurio de la plaza. Soberbia ante el tiempo, se quedó en el cielo, porque ahí fue donde la conocí y donde siempre estuvo.

Me recosté para ver el perfil en el piso de esa imagen única: la piedra, repetida tantas veces en el relato, no es casualidad. Está ahí, en un lugar marcado con pintura de mala calidad y un cinco que es parte de un juego de diez pasos; nueve en la tierra.

Los duendes de misteriosos zapatos murmuraron cosas que no entendí y no importa, tengo el vino que me acompaña. Aunque la farola ilumine poco, las imágenes se repiten una tras otra, impresas en el tiempo perpetuo de un momento que jamás acaba, que se reinicia una y otra vez, mientras unos hombres de blancas camisas se adivinan en el callejón.

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