Los grandes secretos se guardan en cajas de silencio

El sol sale de a ratos, intermitente, mientras los niños juegan con un balón o simplemente conversan bajo la fría sombra de un álamo. Un amigo de teatros y corazones nuevos por semana, llegó haciendo mímicas de una canción francesa que desconozco. El acto duró más de lo esperado pero nos robó una sonrisa. Éramos tres y luego cada uno por su lado. Así lo indica el manual de diligencias de la tarde

Me compongo, camino por el pasillo angosto y al costado la vista solemne por la altura, invita a una panorámica de Dorrego. Pero los tiempos corren y un mensaje me invita a bajar la mirada. La encuentro en forma de ícono pequeño, pero con palabras concretas, puras, de un desorden interior. Combativos, dialogamos sobre periodismo, la teoría de agenda setting, de la falta de investigación y de trivialidades. Pero hubo un error no calculado que cambió el rumbo.

Fue la jugada justa, la estocada mágica donde no hay heridos. Me contó de sus aburrimientos y ópticas de amor, sobre sus panegíricos olvidados en borras de café, con una luz tenue de acompañamiento le ofrecí mis credenciales.

No es un capricho mi nombre. Escondido, mirando los alrededores, hurgando sus secretos, narrador omnisciente, testigo de su muerte en cada beso y su renacer al abrir los ojos.

El tiempo corría y le toqué el hombro, se dio vuelta, nos reconocimos y caminamos en silencio. Como fraternos amigos que disfrutan el momento de estar sin aparentar rasgos, sin pedir ayuda a los diccionarios. El sol fue cómplice, testigo oculto en el pedemonte de una tarde de junio: “regalame un si y el vino será nuestro invitado”. Dejó su rastro en mis comisuras y partió.

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