Cuentos del Testigo: Los desechos de un porvenir

Recuerdo los tiempos de gloria. Éramos la provincia más bella del oeste. El orgullo de las alturas nos volaba la chapa y nos quedaba corto el ego. La conjugación del verbo en pretérito me asalta por las mañanas, cuando el sol del este ilumina la llanura. Antes el espejo era marrón verdoso. Los cerros eran nuestra postal, la marca de identidad.

Me viene la memoria una imagen solemne. Había un partido político liderado por un hombre de fealdades superiores que pretendía imitar a ese lugar que llamábamos provincia de San Juan (usted, lector del presente, me tildará de apocalíptico), que ahora es solo parte de los libros de historia. Esos sujetos de trajes elegantes y perfume de confitería, instalaron distintos emprendimientos de extracción de minerales en diversos puntos de la Cordillera. Primero fue Uspallata. El éxito rotundo amplio los horizontes económicos, el progreso dio dinero, poder, más trabajo de ramas de todo tipo; eso que describen como desarrollo había llegado.

Respirábamos el polvo sin darnos cuenta. La plata y la muerte vinieron de la mano. Una analogía se me permite: como una araña se fue arrastrando por la tierra, bajando cimas a nivel del mar, robando caricias a los mortales, echando de su tierra a los verdaderos dueños, aquellos que la trabajaron: la planta que bebió el agua.

Fue un día exacto en que vi caerse las montañas y al diablo reírse en mi cara.

Desperté con sed. Unos funcionarios hablan fanfarronadas por la televisión. Me pregunto qué les deparará el tiempo.

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