Los cuentos del Testigo: Vestigios de julio

Cuando el tiempo no indica la hora que uno espera, la impaciencia toma por completo la aventura. Me senté a esperar. El cuadro hablaba sólo, en un paisaje de siempre, que se repite en cada rincón.

Una mujer y un carrito con niño incluido por la vereda. Detrás de mí la puerta de madera, alta, imponente, de casa entrada en años. Desconozco que clase de construcción; no es mi arte. Los árboles secos por el paso del otoño y la cruda benevolencia del invierno que todo castiga. Sentado en el escalón de canto rodado me pregunto si es mi culpa golpear y que nadie me atienda. Del otro lado alguien apoya la oreja y trata de escuchar. Se agacha para ver por la rendija, si es que queda algo de quien escribe.

Decido levantarme, dejar de lado los vicios y emprender la caminata. Las calles se cruzan, la organización en damero imperfecto por momentos me aniquila la razón. Una cuadra de cincuenta metros, otra de cien, y así, variación indeterminada. Me quejo de más; el problema está radicado y tal vez nunca más se aleje.

En las calles de Mendoza el frío esconde las pasiones, acobarda a los valientes y solo nos queda un mate amargo. La desdicha de un vino de medianoche que es descorchado con dificultad. Las papilas gustativas explotadas por los aromas del varietal; sus ojos verdes aparecen pidiendo disculpas, sus comisuras se ahuecan para dibujar una sonrisa y me roba la tristeza.

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