Historia sobre ella y yo dejando de ser nosotros

El día se configuró perfecto para encausar una despedida anunciada. Ella intuía, lo leí en su mirada y dejé que los hechos solos se fueran dando. Decidimos caminar por el centro. La calle San Martín un domingo a la noche muestra sus verdades, sus persianas bajas, sus luces naranjas completan el panorama poco prometedor.  Adquirimos algunos víveres que disfrutamos como tantas otras ocasiones y subimos al auto. Tenía la insana costumbre de no dejarme escuchar mis discos.

Llegamos al parque pero no era necesaria ninguna presentación. Le comenté sobre sus celos, su obsesión amorosa. Me explicó que había mejorado pero el punto era más profundo. A veces es mejor actuar antes y me arrepiento de haberme permitido hurgar en algo que parecía un juego pero se convirtió en un sentimiento.  Me miró enojada, contuvo sus lágrimas. Fueron horas tranquilas, sin dialogar. El largo camino a casa y la vuelta en soledad, como tantas veces, una más y  tal vez no sea la última.

Buscamos un lugar donde entregarnos al amor pero ¿de qué amor estoy hablando? No existe tal concepto. Es ilusorio. Puede uno idolatrar otro ser  y colocarlo en un lugar superior, digno de apreciación de semidios.  Tardé tiempo en entender como uno puede caer en reiteradas ocasiones en una misma encrucijada. Es un lugar común decir que el humano puede tropezar dos veces con la misma piedra.  O más bien, el camino es de piedra.

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