Los cuentos del Testigo: De aquellos días recuerdo

Caminábamos, mientras robaba flores de los canteros. Con algo de astucia  y a veces a vista de la vecina que no podía creer el robo sin justificación. Nos reíamos, mientras juntaba las flores y el ramo se iba conformando de diversos colores, matices, primavera eterna, historia de cualquier novela romántica.

Naná, hábil como mariposa entre rosedales, me tomaba la mano para no soltarme nunca; en su interior un juego de pasiones ansiosas desdibujaban la realidad. Cruzamos Cipoletti y nos sentamos en un banco de cemento de la plazoleta Sarmiento, mirando a los que esperaban el trole, con las miradas al piso y el día gris sin lluvia, invitando a la depresión urbana. No nos dejamos llevar, nos miramos y creímos. Fue entre besos y calumnias a la moral cuando me dijo que movamos los pies en dirección sur, pero uno en una vereda, el otro en la otra. Sin comprender, acepté.

En la repartición de suerte con las manos, me tocó la vereda este. Naná caminaría por el oeste. Comenzamos la aventura, mirándonos entre los árboles, entre los transeúntes del boulevard, entre los autos de las calles, que en ambas direcciones circulaban, y nos hacían perder nuestras vistas recíprocas de deseo inmutable. No importa si el cuadro no se entiende, si es que los colores exaltan los sentidos, los dan vuelta, los acribillan y la sangre se revuelve. Era así, entre nosotros el juego y el resto del público.

Cuando cruzamos Moldes, esperando el semáforo a favor, el viento sopló fuerte, desmedido y levantando las hojas caídas víctimas de la tormenta del día anterior; como si fuera un zonda sin fundamento, porque lo reconocería en sus intenciones efímeras. Ahí vi sus ojos entre el otoño adelantado, como un símbolo de la perfección de la vida, adelantando el fin de las cosas.

Seguimos, como si nada pasara, entre las hojas elevadas en el aire. El sol del atardecer entre nubes listo para esconderse entre las montañas. Me hubiera gustado verla a ella con el sol de frente, para poder apreciar como hace que el día se vuelva brillante.

Llegamos al final, donde termina o donde empieza, dependiendo donde sea el punto de partida. Nos juntamos en el medio, tres besos, un abrazo y volvimos por el sendero calle abajo. Las nubes amigándose en el cielo prontas a  empapar de lágrimas la ciudad.

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