Mitos celestiales

Desde épocas lejanas hasta la actualidad, el hombre ha mirado hacia arriba y (antes de caerse en un pozo) ha construido mitos y leyendas para explicar lo que veía. Les dejo cuatro a modo de muestra y sin compromiso de compra.

Constelaciones

Cuando hablamos de los signos del zodíaco, en una nota pasada, les comenté que en realidad las constelaciones no existen como grupos de estrellas. No sólo porque nadie en su sano juicio ve las formas que veían en ellas los griegos, sino porque las estrellas que las componen no están cerca unas de otras. Se ven así desde la Tierra, pero en realidad todo es una cuestión de perspectiva. El mejor ejemplo que ví hasta el momento para demostrar este hecho es la Constelación dinámica de Orión en el Parque Astronómico La Punta, provincia de San Luis. En ese lugar se puede observar un modelo a escala de las estrellas que componen esta constelación (la de las Tres Marías, que forman el cinturón del personaje mitológico). Si las vemos a través de un marco ubicado en un extremo, tenemos la misma perspectiva que cuando miramos estas estrellas desde la Tierra, mientras que si nos movemos alrededor del modelo vemos que existen distancias de muchos años luz entre ellas. A pesar de no ser grupos reales de estrellas, las constelaciones están catalogadas y la Unión Astronómica Internacional reconoce 88 de ellas, mezcla de las clásicas con otras definidas más recientemente. Todas ellas se encuentran claramente delimitadas en mapas estelares, tienen asignado su nombre y forma. Las estrellas que las componen se nombran de acuerdo con su brillo: la más intensa es “alfa”, la siguiente “beta” y así sucesivamente.

Aunque parezca una obviedad, cabe aclarar que los nombres y las formas nos fueron legadas por los padres de nuestra (in)civilización occidental (y cristiana). Otras culturas vieron formas diferentes en las mismas estrellas. Sin ir muy lejos, la Cruz del Sur era la pisada de un choique para los mapuches o un ñandú para los pampas. Los chinos dividían el cielo en tres recintos y veintiocho casas, con nombres de objetos y animales. Una de las constelaciones más llamativas por su tamaño, Escorpio, era Colotl Ixayac para los aztecas, Zinaan Ek para los mayas y los incas la unían con la Cruz del Sur y parte de la constelación de Centauro para formar una llama.

Estrellas fugaces

¿Quién no ha pedido un deseo al ver una estrella fugaz? Estos objetos tienen un nombre que despista, porque son fugaces pero no estrellas. Existía la creencia popular de que se trata de estrellas que se “caen” del cielo. Esto es obviamente imposible, ya que las estrellas que vemos están a una enorme distancia de la Tierra y, por otro lado, son muchísimo más grandes que nuestro planeta. Si alguna se acercara a nosotros por algún motivo extraño, nos tragaría en lugar de caer.

La realidad es que se trata de pedazos de roca que se ponen incandescentes al caer, debido al rozamiento con la atmósfera. El nombre adecuado sería meteoro. Algunos de ellos son suficientemente grandes como para no consumirse totalmente y llegar a la superficie de la Tierra. En ese caso se los llama meteoritos. Se originan en su mayoría en cometas pequeños que tienen órbitas que atraviesan la de la Tierra. Algunas lluvias de meteoritos se producen regularmente en ciertas épocas del año, cuando la órbita de nuestro planeta se cruza con la de enjambres de cometas.

En cuanto a los deseos, no creo que haya pruebas de que se cumplan. Igual tampoco perdemos nada al pedirlos, ¿no?

Auroras

Las auroras polares se producen cuando algunas partículas (protones y electrones) provenientes del Sol se desvían en el campo magnético de la Tierra y se dirigen hacia los polos. No los geográficos sino los magnéticos, que no están en el mismo lugar pero tampoco están muy lejos. Los choques con las moléculas de nitrógeno y oxígeno producen luces de colores que se ven en las noches claras y sin luna. Es más fácil ver las que se producen cerca de Polo Norte (boreales) que las que se producen en el sur (australes), ya que la cantidad de lugares habitados es mayor en el norte de nuestro planeta. En el sur sólo pueden verse desde la Antártida.

Sería de esperar que estas “luces del norte” fueran mencionadas en la mitología, especialmente en la vikinga. Estos rudos habitantes de Escandinavia creían que las luces eran reflejos en las armaduras de las valkirias, vírgenes guerreras que llevaba a los muertos en batalla al Valhalla, para que lucharan junto al dios Odín en la batalla del fin de mundo (Ragnarök). Los esquimales creen que se trata de espíritus que ascienden al cielo o juegan cuando el Sol no está y en Finlandia la tradición dice que las colas de los zorros que corren por la montaña producen chispas contra la nieve (?) e iluminan el cielo.

Eclipses

Si bien en la actualidad podemos predecir el comienzo y finalización de un eclipse con precisión de segundos, en la antigüedad se tomaban como presagio de desgracias y calamidades. En los eclipses de Sol se temía que el astro que nos da vida no volviera a brillar, mientras que en los de Luna el color rojo del que se tiñe nuestro satélite recordaba a la sangre. Ninguno de los dos podía significar algo bueno…

Un eclipse de Sol se produce cuando la Luna se coloca delante de nuestra estrella. Dado que la distancia entre la Tierra y la Luna varía, es posible que el disco quede cubierto total o parcialmente. También es posible que el trayecto de la Luna no pase exactamente por el centro del disco solar, lo cual también produce un eclipse parcial. El eclipse se ve desde el lugar de la Tierra donde se proyecte la sombra de la Luna.

Un eclipse de Luna, por su parte, se produce cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna. Se puede ver a simple vista y desde cualquier lugar del planeta desde donde se vea la Luna en ese momento. El color rojo en el momento de máxio ocultamiento se debe a un efecto de la atmósfera de nuestro planeta. Algo de la luz solar se desvía al atravesar el aire y, tal como al amanecer o atardecer, los colores que más fácilmente se ven son los rojizo-anaranjados.

Los chinos creían que un dragón devoraba al Sol en cada eclipse y organizaban rituales para obligarlo a que lo soltara. Pero mucho más romántica es la leyenda inca. Cuando el dios Viracocha creó el Sol y la Luna, estos se enamoraron. Tuvieron que separarse para iluminar el día y la noche, pero la Luna quedó tan triste que nunca pudo ofrecer más que una luz tenue y gris. Viendo esto, el dios les permitió volver a estar juntos en determinados momentos, que ambos esperan ansiosamente para demostrarse todo su amor.

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