Fue Foul: Volver a cantar Envido

Después de un mes y monedas que no pasaba por el club ahí me encontré nuevamente, sentado en la mesa, escuchándolo al Morsa contar sobre su decisión de hacer teatro…

– …y en serio que está bueno. Sacás todo para afuera, hay como una catarsis histérica cuando uno interpreta un papel, o algo así, que te libera de qué se yo cuánta mierda que tenemos en el mate. ¡Y no lo digo yo! Goyico, un amigo que…

– ¿Goyequé? –preguntó el Tano-. Pero ¿qué mierda es ese nombre?

– Se llama Gregorio y no sé por qué carajo le dicen así.

– Y ¿Giyoco es gay? –preguntó Toni.

– Goyico. No, no es gay, le gusta actuar nomás. Es que…

– Pero si este Giyoto actúa…

– Goyico, Traviata.

– Sí, ese. Si el tipo actúa es para que lo miren, y eso es de gay, Morsa.

– No, boludo –dijo Morsa-, si yo voy a actuar y no es para que me miren. Goyico…

– Guilloto –quiso corregir el Tano.

– ¡No! ¡Goyico es! Goyico actúa para sentirse bien con él mismo. Cuando uno actúa…

– Morsa, actuar es de puto, no jodas –dijo Toni-. Goyete, tu amigo, se la come con arena.

– Su sobrenombre es por eso, Morsa –dijo Traviata mientras agarraba un puñado de maní-. Goyete del ojete.

– ¡Goyico es su sobrenombre, pelotudo! –contestó el Morsa ya bastante alterado- ¡Goyete tu vieja, forro!

– Si te ponés así por Gojete, será porque algo sentís por él… –dijo Acuña en su primera frase de la noche, tal vez la más desafortunada del año.

El Morsa como un resorte se puso de pie él y toda su masa grasosa que quedó unos segundos en un movimiento acuoso advertido por el flamear sin viento de su remera. Al instante se levantaron el Toni y el Tano.

– ¡Pará, Morsa! –dijo el Tano, con mesura- ¡No te pongas así, boludo! Está bueno lo del teatro. Lo raro es tu amigo, pero si te va el tipo, todo bien, Morsa…

El Morsa no le sacaba los ojos de encima a Acuña que picoteaba aceitunas haciéndose el boludo como perro en asado. De pronto, como si me hubiese olvidado de la historia de mi vida, apareció Teresita con la bandeja. Claro, cuando trajo las cervezas yo estaba en la cancha, no la había visto todavía. Se acercaba caminando, cara seria, la bandeja como valija, un repasador metida la punta en la cintura de su pantalón, jeans celestes, remera blanca suelta, rodete, y su cadera que se hamacaba como un barco en plena tempestad pero visto en cámara rápida.

– ¿Les traigo algo más? –preguntó mirando a todos menos a mí.

– No sé, Teresita. ¿Alguien quiere algo más? –preguntó Traviata, y todos explicaron que nos estábamos yendo.

Teresita fue juntando las botellas con esa manera tan natural que tenía para sostener con una mano una bandeja llena de botellas y vasos de vidrio, sacó el trapo de su cintura y lo pasó por la mesa.

– Mi primo estudia teatro… –dijo como al pasar Teresita.

– ¿En serio? –preguntó el Morsa.

– …y es gay –concluyó mientras volvía a poner su trapo en el borde de su jean y contenía una sonrisa pícara; el Morsa volvió de piedra su cara y el Tano se rió para adentro ya levantado de la mesa.

Teresita giró con su bandeja y se fue mirando mientras se alejaba las otras mesas vacías del bar. Salió Traviata con el Tano, se fue el Morsa, el Toni… se fueron todos y recién ahí me empecé a levantar. Después de un mes de ver casi a diario a la Elisa y de no ver a Teresita no recordaba lo que sentía por ella, y en el breve tiempo que estuvo en la mesa no me dio tiempo a sentir nada. Tal vez ya no sentía nada por ella. Tampoco la vi coqueteando con Traviata como antes, lo que me llamó la atención. Agarré mis llaves, el celular, los puchos y salí.

Llegué a mi Renault 18 y mientras metía la llave y empujaba con la rodilla cerca de la cerradura (mañas de los autos viejos) me dijo “Claro, ya no me necesitás más, ¿no?”. Giré y la vi. Teresita tenía los brazos en jarra, una pierna bajaba verticalmente mientras la otra salía en una semi diagonal como la patita de la “R”, el rodete se veía en penumbra, como toda ella, aunque había estrellas de brillo en su pelo. Una brisa me trajo el aroma de los jazmines del cerco de las canchas.

– Hola, Teresita.

– ¿Cómo vienen las cosas con la Elisa?

– Bien, Teresita –contesté en un murmullo-. Gracias.

Ella se me acercó. Cuando la vi tan cerca, cuando acercó su cara a veinte centímetros de la mía, supe que era realmente lindísima. Y supe que me gustaba más la Elisa. Ella…, ella también lo supo.

– ¿Sabés, Marquitos? Nunca me gustó Traviata. Siempre me resultaste atractivo, siempre fuiste el único con alguna sensibilidad en esa mesa de machotes orangutanes…

– Bueno, pará, ¿qué tienen Acuña o el Toni de machotes orangután?

Teresita me miró con alguna caridad intelectual y, para no putearme, obvió mi pregunta.

– Siempre evitaba mirarte para que no encuentres en mis ojos las ganas que te tuve en el silencio. Pero sabía también que vos, como Acuña, sos un cagón, y que el hacer chistes con tus amigos en la mesa no te animó tampoco a que me digas nada. Vos decís que me gustaba Traviata… seguramente lo admires al pelotudo ese.

Teresita hablaba con una decisión que no le conocía. Se acercó tres centímetros más y ya estábamos en zona de alientos y respiraciones en la piel.

– La única oportunidad que encontré para acercarme a vos fue la Elisa –dijo mirándome los labios.

– Pero ¿fuiste capaz de cagar a una mina solo para que hablemos? –le dije sin perder el hábito de ser tan pelotudo. Teresita dio un paso para atrás y pareció que se había ido a San Petersburgo.

– Ah, bueno. ¡Estás como la Dra. Lí del Mendolotudo! ¡Yo no la cagué, Marcos! Jamás haría eso. Al contrario, le preparé una salida excelente que cualquier mina me habría agradecido de por vida. Te mostré los pasos para que ella la pase bárbaro. ¿Qué mina no quiere coger con un tipo que le dé una noche inolvidable? Lo que nunca me imaginé es que, habiendo salido vos con su amiga, pudiese permitirse pensar en algo con vos. Y no es que estuvo mal, ¡su amiga es de oro! Cualquier otra mina no le perdonaría salir con el flaco con el que ella salió. Y, además, yo podría haberte aconsejado mal, sin embargo seguí ayudando a que todo salga bien, y la prueba es cómo están.

Y después de decir eso llegó el viento, hablaron las plantas, silbaron los cercos de alambre, pero su voz se guardó en sus ojos y su mirada me dijo que estaba arrepentida, que no era tan fuerte como yo creía, que algo tenía que hacer, que no me iba a dejar ir así, que quería llorar, que se sentía sola… Luego sus ojos se callaron, se aplastaron sobre los pómulos que crecían con su sonrisa, llevó sus manos a la espalda y su pierna se abrió volviendo a quedar en “R”.

– La Elisa tuvo su oportunidad. Y la ganó bien…, muy bien.

– Es muy buena mina, Eli.

– Eli…

– Sí, Eli es muy buena mina. La quiero mucho.

– Pero yo no tuve mi oportunidad, Marcos.

– Teresita, no se trata de oportunidades. A mí me gusta la…

– Todo… –me interrumpió-, todo se trata de oportunidades, Marcos. Ella tuvo la suya. Se la di yo. Ahora…, ahora me voy a dar la mía… Puedo perder el envido, o volver a cantarlo y doblar la apuesta.

Esas palabras en esos labios sonrientes, con esa patita en “R”, con sus manos en la espalda aplastando contra su remera esas tetas redondas, con esa cintura, con los jazmines de los cercos, con la brisa de la vida, con tanta estrella sobre nuestras cabezas me obligaron a respirar hondo. Teresita, con un resplandor nuevo sobre el contorno de su cuerpo quiso girar pero se quedó de perfil y, girando su cabeza, me miró.

– No tengo plata, Marcos, ni una familia feliz para contarte historias, ni tengo un pasado simpático, ni tengo buena ropa… pero tengo todo lo que necesitás para que te vuelva loquito. Solo me faltaba darme mi oportunidad.

Y apenas dijo eso tosió una risa, miró el cielo, terminó de girar y, alejándose, dijo fuerte contra el viento, “No voy a perder nada en esta vida sin saber que hice todo lo posible por conseguirlo”.

(Continuará…)

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