Fue Foul: “Esa cosa oscura en toda hembra”

Las luces amarillas de la vereda del bar salpicaban la mesa, y las cervezas brillaban como soles sobre un cielo marrón de cedro barnizado y descascarado, donde el maní y las papas fritas eran las constelaciones en ese paraíso de noche de primavera. Octubre tiene el regalo de que, algunas noches, uno puede abrir un poco la ventana y no entra viento, sino aroma, no entra calor sino tibieza, y uno no se ríe, sino que desboca una rabiosa sonrisa inocultable. El bar tenía en sus paredes una boisserie de madera patinada de colores pastel que me hacían sentir con Eli en una mesita sobre el empedrado de una calle en Salvador de Bahía. Las cortinas livianas y translúcidas ondulaban exageradas a la brisa que nos mimaba.

Eli miró por la ventana y corrió con su mano el pesado telón de pelo oscuro que ocultaba su oreja y su aro redondo y cobrizo, con plumas y pelotitas de colores. ¡Me encantan estas noches! Noches cálidas, de una cerveza, sonrisas, miradas, y su mano sobre la mía mientras se escucha de fondo una viejísima canción. La gente está lógicamente afuera, donde la música de fondo son los vasos, una carcajada suelta, voces de mujeres animosas, cubiertos y un avión que cada tanto pasa alto por encima de nuestras cabezas. Con Eli estamos adentro donde casi no hay nadie, donde la música se escucha, donde podemos hablar. Y escucharnos. Un piano; “El… me quiso tanto… y aún sigo enamorada…”. Serrat.

– Tenés los ojos tan lindos hoy… -le dije por qué sí, no sé por qué.

– Gracias, Marquitos. Tengo los ojos llenos de mucha cosa linda me parece.

Una carcajada fuerte nos robó las miradas hacia afuera, donde un tipo se levantaba verde de mostaza y el resto se desarmaba de risa.

– Marcos…, me siento muy bien con vos -dijo mirándome relajada.

– Yo también, Eli. Recién pensaba que es la primera vez que estamos como callados, y lo estoy disfrutando tanto…

– La última vez que salimos también estuvimos callados, Marcos.

Me molesta ocultar cosas cuando me meten la mano en el alma. La última vez estuve callado porque tenía bien frescas las palabras de Teresita diciéndome que iba a “darse su oportunidad”, y me sentía incómodo. No lo disfruté en absoluto, pero me alegraba que Eli lo hubiese tomado de esa manera. El mozo dijo fuerte que hicieran un tostado para la mesa de la puerta.

– ¿Querés un tostado, Eli? Yo me voy a pedir uno.

– No, quiero que hagamos un viaje –me dijo con la sonrisa con la que siempre le dicen que sí.

– ¿Un viaje? Pero… recién nos conocemos, Eli. No sé…

– Marcos, vayámonos a cualquier lado, qué se yo… ¿Conocés Colombia? Yo tengo ganas de conocer Cartagena.

De pronto el diálogo se había salido de mi “todoslosdías”. La idea de viajar era lindísima, pero yo no tenía para nada la plata para viajar. Ella lo hablaba como el que pregunta quién va a comprar cigarrillos. La mirada era la misma, sus manos bailaban como siempre. Me corté un huevo y lo dije.

– Eli, yo no tengo la plata para viajar.

– Marquitos, ya lo sé. No te preocupes. Te voy a ser sincera. El departamento donde vivo es de mis viejos, y yo no pago nada. No pago estudios, ni comida, porque los viejos lo suman a sus gastos. Mis viejos son gente sencilla, pero están muy bien económicamente y ellos quieren que yo ahorre lo que gano trabajando. Mi viejo siempre me dice que lo que él ganó laburando lo hizo para nosotros. Y yo, Marcos, haría lo mismo.

– Sí, claro…

– Yo no soy gastadora, Marcos. No gasto en nada, pero porque gasto en cosas que me gustan, como un viaje, o alguna ropa. Y con lo que tengo apolillándose en el banco podríamos recorrer América, Marcos. De verdad te lo digo, para mí no es un gran esfuerzo invitarte… ¡Pensá en el momento que viviríamos juntos…!

Hay lugares inexplorados en mi conciencia que se ponen de pie sin presentarse. Algo en mi cabeza me decía que no estaba todo bien en ese planteo, pero por más que repasaba y repasaba las palabras no podía encontrar qué era.

– Marcos, no me digas que vos sos de los que no se banca que una mujer pague una cuenta…

Un murmullo que ya estaba nos sacó del trance y giramos para ver cómo la gente que estaba afuera empezaba a acomodarse dentro de las mesas del bar. De pronto la música tranquila cambió y todo se empezó a poner más movido. Mientras las personas se sentaban los mozos del lugar corrieron mesas, acomodaron bancos… Estaban preparando un lugar para presentar algo. Con Eli habíamos venido varias veces a este bar y recordé que cuando hacía un tiempo se lo conté a Teresita ella me dijo que tenía una amiga que a veces cantaba acá. Que cantaba blues. Con Eli era la primera vez que íbamos a ver un espectáculo en este barcito que ya era un “nuestro bar”. Eli giró y me volvió a mirar.

– Marcos, dale. ¿Cuándo podrías viajar vos? ¿En las vacaciones? ¿Enero?

Me sentía desnudo. Entendía lo que me planteaba Eli, no me parecía un disparate que teniendo la plata quiera hacer el viaje conmigo… ¿Puede ser que sea una reacción machista, yo que siempre me ufané en que no creo en el machismo ni el feminismo? Pero, ¿cómo es una mujer que tiene la plata y te invita a Colombia? ¡Una mujer que me conoce hace casi dos meses! Una lluvia de aplausos y mesas de pie recibieron a cuatro personas que se acomodaron en el lugar que ya tenía preparados micrófonos, batería, parlantes y banquitos. Tres tipos y una mina ocuparon sus lugares.

– Buenas noches –dijo el bombón de baja estatura que me sacudió de las solapas desde el micrófono con un top que parecía apenas enfundar un par de gomas semi perfectas y dejaba al desnudo una cintura lisa y delgada-. Gracias por acompañarnos esta noche. Les presento a los integrantes de Forofo, nuestro grupo: Polumpa Chevesio en la guitarra, Zalmínido Creshi en la batería, Oscar Alonso en el órgano y yo, Maribel Mish, en voz y chasquido con los dedos. Espero que disfruten de esta noche espectacular. Gracias… -y su voz se ahogó entre los aplausos.

Eli me agarró de la mano divertida y empezamos a escuchar una muy buena canción de una cosa como flamenco con un aire de rock. Muy buena. La mina sacaba unas voces impresionantes y hacía los falsetes flamencos con agudos geniales. Cada tanto tenía que mirar a la Elisa para no caer en el hechizo de esta mini mujer. Terminó la canción, reventó el bar en aplausos y gritos, y la petisa calentona volvió a agarrar el micrófono.

– Pero ¿es que nadie se anima a bailar? ¿No da para bailar esto?

Claro, era rara la música como para largarse a bailar. La miré a la Elisa, me miró, y nos reímos con vergüenza. “¿Querés que bailemos?”, le pregunté, pero volvieron a sonar los aplausos y miramos.

– ¡Muy bien! ¡Una valiente! A ver ¿quién se anima a acompañarla?

– Gracias –dijo la mujer-, pero yo voy a buscar mi pareja.

Me quedé helado. Teresita avanzaba entre escombros de hombres, apartándolos con las manos. Nunca, nunca la había visto así. Nunca la había visto fuera del club. Con una naturalidad placentera caminaba casi bailando con la cadencia de una canción muda. Sonreía. Sonreía y eso le permitía exagerar el vaivén de esa cadera que daba un leve golpe cada vez que revertía el proceso. Sus manos libres iban tocando hombros y cabezas de tipos que esa noche dormirían mal. Una simplísima camisa a cuadros con un botón desabrochado más de lo aconsejable y arremangada demostraban que esas tetas no necesitaban mostrarse más de lo que eran para declararlas monumentales. El jean gastado parecía nacido con ella aunque lo llevase un poco flojo. Hasta su cinturón marrón de cuero le quedaba terriblemente sensual. Estaba vestida de nada, pero caminaba y a los hombres se nos doblaban un poco las espaldas. Su culo… su culo era el molde de los culos. Con ese culo Dios decidió hacer más culos. De pronto, aunque nadie hablaba mucho pero entre tanta tensión y voces levantó los brazos, quebró sus muñecas en el aire, tiró su cabeza para atrás y su pelo reventó como una aurora boreal en miles de rayos marrones. Pude ver un tipo cerca que tuvo un desacertado grito medio histérico. Paró, giró, su sonrisa era otra mañana, sus ojos eran un día de sol. Yo quería estar ahí, en ese verano, en esa fuerza de ¡tanta belleza! Nos reíamos un poco todos, me hablaban tipos desconocidos para decirme “¿Viste?, ¿Viste eso?”. Era una hermandad masculina que teníamos en común, en lugar de la sangre, a una Venus mejorada, completa. Todos queríamos ser más buenos, mejores personas. De pronto Teresita agarró a un tipo de la mandíbula y el bar enmudeció. El tipo dejó de reírse. Sus ojos vidriosos miraban desde su silla a la Afrodita que, de pie, le dirigía la cara a donde tenía que mirar.

– Si estás demasiado caliente, me busco otro. Quiero un hombre, no un pajero –le dijo, pero el tipo no supo qué hacer. La maldad femenina, esa cosa oscura que circula en venas paralelas en toda hembra, hizo que se quedara dos segundos sosteniéndole la mandíbula al infeliz que no pudo decir nada y la largó, como quien tira un paquete de puchos vacío.

Varios tipos empezaron a decirle que ellos se animaban, aunque ninguno se movía de su asiento. Teresita caminaba e iba regando con mieles de sus labios sonrientes a cada cara que examinaba. Nadie largó una mano, nadie le tocó el culo, ni el hombro, ni el pelo. Ella avanzaba y donde había sillas aparecía un pasillo amplio en segundos. Y de pronto me miró. Me miró y empezó a avanzar hacia mí. Los tipos me miraban, buscaban qué era lo que esa Monalisa argentina había descubierto. Las mesas se corrían, las piernas se doblaban, el pasillo se iba abriendo hasta donde estaba yo. Y mientras miraba a Teresita que venía derecho, sentí una mano que me agarró el antebrazo.

– Marcos… ¿te vas a animar a bailar con esta mina?

Era la voz, entre divertida y angustiada, de la Elisa.


(Continuará…)

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